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Ignacievij

S.A.P. La Raíz del Árbol: 8

8. Del Negociante.

 

Ochsenkopf, frontera entre Liechtenstein y Austria, 3 de agosto de 1915.

De frente al corral, expulsando el humo del cigarro y observando como las gallinas se corretean en tre sí, Peter no se percata de que Hugo se le acerca por la espalda con un hacha entre sus manos. Deteniendo humo dentro de sus pulmones, el alemán aleja la mano que sostiene el cigarro, sin saber que Hugo acomoda el hacha de tal manera que la sostiene con ambas manos al aire, lista para ser clavada en cualquier superficie. El filo se incrusta en uno de los barrotes del corral, asustando a Peter apenas escucha el crujido de la leña cortándose:

            –Te toca hacer la cena –Hugo le señala el hacha incrustada con una mirada a la par que mete sus manos en los bolsillos del pantalón–; puedes elegir cualquier gallina, excepto la gris con manchas blancas. Esa es Helga; ni se te ocurra agarrarla.

            –¿Qué tiene de especial esa gallina? –Peter apaga su cigarro en el mismo barrote donde está el hacha clavada, removiéndola con ambas manos.

            –Esa es mi gallina favorita…

Hugo se aleja dejando a Peter con la decisión de tomar la vida de algún ave, por lo que este entra al corral y después de pensarlo por unos minutos, decide a sujetar del cuello a una gallina de plumas rojas, regordeta y ruidosa.

Usando un pedazo de tronco a las afueras del corral, Peter coloca el cuello de la gorda gallina asustada de tal manera que no cause problemas al momento de decapitarla, acción que sucede en un santiamén, cuando Peter, después de asegurarse que el cuello del ave está inmovilizado, levanta el hecha de la mitad del mango, dejando caer el filo sobre la yugular de la gallina tan rápido, que apenas intenta cantar del susto.

 

Sargans, Suiza, ese mismo día.

Antes de que la maquinaria del tren frene por completo al llegar a la estación, Romina y Rosa saltan cuidadosamente del vagón que sirve de bodega, en el que se habían subido de manera ilegal. Romina, todavía preocupada, levanta a Rosa de la verde vereda pastosa que amortiguó su caída, para después encaminarse sigilosamente a un establo cercano, en donde Romina intenta desamarrar un caballo negro, no sin antes indicarle a Rosa que vigile en lo que comete el pequeño crimen necesario:

            –Esto no está bien –susurra Rosa sin dejar de hacer la guardia.

            –¡Shhh! Tenemos que llegar a Malbun lo antes posible.

Romina deshace el último nudo de la cuerda del caballo, guiándolo afuera del establo, montándose primero ella y después Rosa, quien tiene un pequeño problema por su estatura.

            –¿Cuánto tiempo crees que tome llegar hasta allá?

Rosa entrelaza sus brazos en la cadera de Romina para evitar caerse después de que el equino comienza a cabalgar a todo galope, atravesando el pueblo de Sargans, dejando atrás al imponente castillo en la colina característico de dicha localidad.

            –A lo mucho tres horas –Romina evita desviar la mirada del camino, dirigiéndose a la salida de Sargans–. Pero espero que sea pronto; no quiero que la noche nos atrape.

La preocupación de Rosa se empieza a reflejar en su rostro, el cual apoya sobre la espalda de Romina, balbuceando después una melodía.

 

            –¡Sí que sabes cocinar! –Hugo le quita los últimos pedazos de carne al hueso de la pierna de pollo, tomando enseguida una servilleta naranja con la que se limpia la grasa que rodea su fina boca– Y yo que pensaba que era un simple Junker.

            –Gracias –responde Peter en lo que consume la pechuga asada con un tenedor.

            –Y dime, Peter, ¿qué planeas hacer mientras la guerra dure? –Hugo se levanta de su silla para encaminarse a la cocina, de donde toma una taza de barro para un poco de café en su interior– La guerra va a durar mucho, por lo que veo…

            –No lo sé, la verdad.

Peter clava su mirada en su plato mientras el tenedor danza sobre la pieza casi completa de pollo. Hugo no evita mirar lo que su invitado hace y se da cuenta de la inquietud que lo atormenta, por lo que le da un gran sorbo a su bebida caliente y se encamina a la puerta:

            –Ven

Peter se levanta de un salto, siguiendo a Hugo hasta el establo en el que previamente había escondido el cadáver del soldado ejecutado, cubierto ahora por un pedazo de tela.

            –¿Qué piensas hacer con él? –pregunta Peter al ver al bávaro remover el pedazo de tela del cadáver– ¿No deberíamos enterrarlo ya?

            –Antes que nada, déjame decirte, Alexander, que me sorprende mucho que, a pesar de lo que has visto el día de hoy, tienes una resistencia emocional envidiable –le comenta Hugo al mismo tiempo que lo señala agitando su dedo–. No cualquiera sobrevive a un hombre-lobo y se la pasa tan tranquilo.

            –Pensé que era un lobo normal –Peter se encoje de hombros tras justificarse, viendo a Hugo dirigirle una mirada de credulidad y cinismo– ¿Cómo iba a saber que era esa cosa?

            –Y además de eso; ver a un tipo ser ejecutado a sangre fría, eso tampoco no cualquiera –Hugo toma la bayoneta del soldado y se corta la muñeca, dejando que un gran flujo de sangre escape de la profunda herida–. Pero, ahora verás que no todo es lo que parece ser.

Hugo extiende su muñeca herida sobre la boca y ojos abiertos del cadáver, cuya piel gris da un aspecto aterrador a la ya deteriorada del uniformado. Peter se acerca para apreciar lo que el bávaro realiza y una gran ola de sorpresa le enchina la piel al ver como el cadáver retoma un poco de vitalidad, haciendo que su piel obtenga la palidez que tenía en vida.

            –Sorprendente, ¿no crees? –Hugo toma un pedazo de tela tirado en establo con el que cubre su herida–. Ahora, mira esto. Ojalá no ensucies esos pantalones esta vez…

Hugo levanta su puño y lo deja caer sobre el pecho del soldado, a la altura del corazón, estimulando a que este libere un fuerte suspiro acompañado por un grito de dolor.

            –¿Qué pasó? –pregunta en un alemán roto el militar, jadeando al respirar.

            –Eso ya no importa, amigo mío –Hugo lo ayuda a levantarse de la paja–. ¿Tienes algún mensaje para mí? ¿Algo? ¿Nada?

El soldado lo mira extrañado mientras revisa su pecho con ambas manos, volteando en seguida a ver a Peter, quien se encuentra más que sorprendido:

            –¿Cómo hiciste eso…?

Hugo le responde a Peter con una señal de mano indicándole que espere.

            –Te repito, ¿tienes algún mensaje para mí?

            –No sé de lo que habla –el soldado mira el interior del establo, dirigiéndose una vez más a Hugo– Tengo hambre…

Un poco decepcionado, Hugo le da una palmada en el hombro al soldado, indicándole que deben de salir del establo. El soldado lo obedece, acercándose hasta la salida de la estructura de madera, desde donde aprecia como el sol se esconde entre los picos de las montañas:

            –No te pasará nada; sólo el sol del amanecer hará que mueras.

Peter no entiende exactamente qué es lo que está sucediendo, así que sólo se dedica a seguirlos dentro de la cabaña, en donde el soldado se abalanza sobre la comida que fue dejada sin siquiera tener la decencia de preguntar.

            –Creo que me daré un baño en lo que come –le dice Hugo a Peter, el cual muestra confusión y miedo en su rostro.

            –¿Me vas a dejar con él? –le pregunta Peter asustado.

            –Ve y pon más leña al calentador –es la única respuesta que le da Hugo, por lo que Peter extiende sus manos al aire resignado justo antes de salir de la cabaña.

 

El caballo luce brutalmente agotado, deteniendo su alentado paso, lo que obliga a que Romina le haga un chasquido con sus labios.

            –¡Maldito caballo!

Romina le da un último golpe con las cuerdas al equino, para después bajarse de él.

            –¡Romina, mira! –Rosa señala un letrero que indica que están cerca de Malbun.

            –¡Tenemos que apresurarnos! –Romina acelera su paso limitado por sus tacones bajos y la tierra lodosa.

Rosa la sigue sin tener problemas por su calzado, rebasándola; Romina se detiene para observar al sol esconderse en el horizonte adornado por las montañas de la región.

Ya en el pueblo, las jóvenes encuentran al primer hotel de la villa, en donde los recibe el encargado, un tipo joven, rubio con entradas y delgado:

            –¿Kann ich Ihnen helfen? –pregunta el amable rubio con una sonrisa en su rostro.

            –Keine Deutsch –responde Rosa, asistiendo a Romina quien se quitó los zapatos y los trae colgando en una de sus manos–. ¿Sprechen Sie Spanisch?

            –¡Oh! Nein, nein, die einzige Person wer Spanisch sprechen lebt da drüben…

El encargado señala una montaña a través de la ventana, preocupando a Romina de inmediato, indicándole a Rosa que se dirijan hasta allá y dejando al encargado confundido.

 

Mientras espera que su anfitrión salga de bañarse, Peter observa el pequeño estante de Hugo, en el cual están colocados diversos objetos dignos de una galería de algún museo de historia. Peter se sorprende al apreciar los detalles de cada pieza, siendo uno de esos objetos lo que llama la atención por los detalles: una pequeña moneda plateada, en cuyo interior hay una cruz celta con un águila devorando una serpiente atrás de este y rodeados por las palabras “Al heroico batallón de San Patricio, 1847”.

            –¿Qué miras? –pregunta Hugo después de que este abre la puerta del baño.

            –Sólo apreciaba tu colección –Peter desvía su atención tras escuchar a las gallinas.

            –¿Y ese húngaro? –intrigado, Hugo se asoma por la ventana guiado por el intenso alboroto proveniente del corral– Dime que no lo dejaste salir.

            –Dijo que necesitaba aire fresco –Peter muestra nerviosismo al justificarse.

No sintiéndose satisfecho con la respuesta, Hugo sale para averiguar si el soldado es la causa del malestar en el corral.

            –¡HELGA! –Hugo se lleva las manos a su cabeza empapada tras ver a su preciada gallina despedazada sobre el lodo– ¡Mi pobre Helga!

En los ojos de Hugo se refleja una gran tristeza, pero esa sensación se transforma en ira al ver salir al soldado húngaro de la parte lateral del corral, con plumas de diferentes aves en su rostro. Hugo no le dice nada, tan sólo se adentra a su modesta cabaña, saliendo un par de minutos después con una escopeta de doble cañón, con la que le apunta al soldado.

            –Corre…

El soldado huye al escuchar la voz serena del bávaro, corriendo hacia el camino principal, evitando que los primeros tiros de la escopeta le perforen su cuerpo.

            –¿Es en serio? –pregunta Peter entre el sonido de las detonaciones.

            –Era mi gallina favorita. ¡Mi Helga!

Hugo persigue a paso rápido al soldado, recargando su arma en el proceso. Finalmente, Hugo le da un certero disparo en el tobillo izquierdo al militar, quien grita de dolor y ve a Hugo llegar hasta él, acompañado por Peter. Apenas se acerca una corta distancia, el bávaro de tirantes usa el último cartucho de la escopeta, dándole un certero tiro en la espalda, causando que este en agonía empiece a gritar.

            –¡Mataste a mi Helga!

Le reclama a regañadientes el bávaro, quien, tras tirar la escopeta, sujeta del brazo derecho al uniformado ensangrentado para estirarlo de tal manera que se escucha como se disloca, girando enseguida la extremidad sobre su eje hasta que un cruje, crujido que, junto a los gritos de dolor del húngaro, se opaca por el sonido de carne, cartílago y musculo separándose lentamente. Peter contempla la escena impactado y disgustado al ver que Hugo le arranca el brazo derecho al húngaro y se dispone a acostarlo sobre el brazo que quedó intacto, colocando su pie derecho sobre el tobillo malherido del soldado y levantando con sus manos la otra pierna, para que, con un movimiento rápido de fuerza e impulso, se escuche como los huesos de la cadera se rompen, obligando a que el desafortunado grite toda su agonía.

            –¡Sí lo vas a matar hazlo rápido! –Peter traga saliva al ver la mirada serena de Hugo.

            –Mató a mi Helga –se expresa Hugo crujiendo de sus dientes– ¡MI HELGA!

Hugo suelta las piernas inutilizadas del soldado húngaro, introduciendo ahora ambas manos en la boca del infeliz, para después romper de un sólo movimiento la mandíbula, arrancándola en el proceso, dejando expuesta la lengua y una nube rojiza que se esfuma en segundos.

            –Dame la escopeta.

Hugo señala al arma que está casi a los pies de Peter, quien se agacha para entregársela, y este apenas la recibe, voltea a ver el cadáver despedazado en el pasto, pero con un rápido movimiento corporal golpea con la culata la quijada de Peter, tumbándolo sobre el fango.

            –Ese golpe debió haberte matado, Herr Gest…

            –¡Krampus!

Un miedo incontenible se refleja en las opacas pupilas de Peter, observando a Hugo extraer del bolsillo de su pantalón la cartera de Peter para arrojársela sobre el pecho, dejando expuesta la placa con el grabado de la cruz roja rodeada por flamas amarillas.

            –Lo dejaste en la mesa.

Hugo arroja la escopeta al suelo y se lleva su mano a la espalda para sacar una pistola Colt M1911 con la que le apunta, manteniendo la seriedad inquebrantable de su rostro en lo que le quita el seguro al arma para dispararle, pero esta se desvanece de su mano en un parpadeo. Los dedos de Hugo se mueven en su mano, como si quisiera que su pistola volviera a aparecer, pero a unos metros atrás de él se escucha al cargador del arma caer, seguido por el sonido de la cámara que se vacía con el movimiento mecánico de retroceso:

            –¿Und wer bist du? –pregunta Hugo manteniendo su característica inexpresividad.

            –Eso no importa, Krampus –responde en español Romina, quien le lanza el arma de fuego cayendo a poca distancia de él.

            –Maldición –comenta entre dientes Hugo al mismo tiempo que se cruza de brazos, llevándose los dedos de la mano izquierda sobre su nariz para presionarla ligeramente–. Kramer. ¡Les dije que era Kramer! ¡No Krampus! ¿De dónde diablos sacaron Krampus?

La dulce voz de Rosa grita el nombre de Peter, por lo que este se intenta incorporar del suelo para ver a Rosa acercándose desde la cabaña, llegando hasta donde todos se encuentran en poco tiempo. Hugo le da la espalda a Romina para ver a Rosa de frente.

            –¡Hablemos en español! ¿Quieres? –grita Romina sorprendiendo a Hugo.

            –Veo que te informaron muy bien de mí –responde Hugo en español dándole la espalda a Rosa y Peter–. Me imagino que también te informaron que tengo un cierto convenio con tus superiores.

Tras decir eso, Hugo extiende sus brazos y los mueve como si quisiera hacer un hechizo hipnótico, al mismo tiempo que hace un silbido, por lo que Peter, ya totalmente incorporado, decide enfrentarlo no sin antes frotar su quijada levemente lastimada:

            –¡Dicho convenio dejara de existir apenas se enteren de que les vendes armas a los austriacos! –Peter denota la firmeza de sus palabras atrayendo a Hugo, creándose una fuerte tensión entre los dos tras hacer contacto visual–. Pero podemos hacer un trato, si es que quieres conservar tu “convenio” y tu negocio traicionero. Al fin y al cabo, eres un negociante.

            –Tu español es muy bueno, chico –Hugo levanta su barbilla como muestra retadora– ¿Y cuál es el trato? ¿Qué me puedes ofrecer?

            –No le diremos nada a las personas que te protegen si me dices donde encontrar a Berencsi –las palabras de Peter hacen que Hugo se sobresalte tras escuchar ese apellido.

            –¿Y para que quieres saber de él? –pregunta Hugo, denotando su acento bávaro.

            –Tengo asuntos pendientes con él –Peter hace una mueca de repudio con tan sólo tener ese nombre en la mente–, asuntos personales.

Peter se mueve de tal manera que Rosa queda detrás de él, como si quisiera protegerla en caso de que su compatriota decidiera atacarlos. Romina se dedica a escucharlos, manteniéndose de pie al otro extremo, de tal manera que Hugo se encuentra en medio de los dos, dándole la espalda a Romina mientras conversa con Peter.

            –Me temo que no puedo hacer eso –Hugo se encoje de hombros y desvía su mirada hacia el cielo–. Verás, Berencsi y yo, somos socios y entre negociantes tenemos ciertos códigos de honor que no deben de romperse.

            –¡Pues parece que tu socio ya no sigue esos códigos! –exclama Romina desde el punto muerto a la vista de Hugo, por lo que este voltea a verla apenas la escucha.

            –¿A qué te refieres? –la duda se reflejar en el rostro del bávaro.

            –Si tú le vendes armas a los austrohúngaros –Peter hace una pausa para tragar un poco de saliva y calmar su sed reflejada en sus labios– ¡Él vampiriza gente para los franceses!

Los ojos negros de Hugo denotan sorpresa, pero su boca entreabierta cambia por una leve sonrisa, expresión que cubre con su mano izquierda, desviándola hacia arriba para despejar su largo cabello castaño.

            –El hecho de que él le venda “armas” a los franceses no significa nada para mí –Hugo se encamina a Peter y este se acomoda cubriendo completamente a Rosa–. Es más, nosotros no tomamos un bando en especial; si ellos compran entonces nosotros vendemos.

Hugo levanta su mano a la altura del cuello de Peter apenas queda a escasa distancia de él, pero deja de moverla al sentir las cuchillas de las uñas de Romina en su hombro derecho:

            –No venimos en plan de morir ni de ofenderte –Romina mantiene firme su mano sobre el hombro–; sólo dale una ubicación, es todo lo que pide.

Las suaves palabras de Romina hacen que Hugo dirija su mano a su hombro derecho para acomodar el tirante sobre este, guardando en seguida sus manos en los bolsillos de su pantalón. Hugo se resigna al dejar escapar un suspiro, inclinando su cabeza al suelo, pero su atención se dirige a Rosa, la cual se aferra al pantalón de Peter:

            –Qué bonita niña –una sonrisa a medias se dibuja en la mejilla de Hugo–; me recuerda mucho a una amiga.

Romina retira su mano al percatarse de que Hugo ya no es un peligro; este se encorva para poder hablar con Rosa, quien suelta el pantalón de Peter para dirigirse al bávaro:

            –Me llamo Rosa –dice temblorosa mientras le extiende la mano.

Hugo le responde el saludo, pero con una señal de inquietud en su rostro tras ver el anillo de Bertha en el dedo de Peter.

            –¿Eres española?

            –De Valencia –asiente Rosa con su cabeza.

Hugo suelta la mano a la pequeña para rascarse su barbilla; acto seguido, mira a Peter y a Romina, a quienes les muestra una certera inquietud, dirigiendo su vista nuevamente a Rosa:

            –¿Tu madre se llama Lucía?

La pregunta de Hugo cae como un balde de agua fría sobre todos los presentes, en especial sobre todo en Rosa, negando la pregunta con un meneo de cabeza.

            –Soy huérfana –responde Rosa con un nudo en su garganta, hasta que vacila, causando que Rosa arrugue su frente para después continuar–. Aunque ahora que lo pienso, sí recuerdo a mi madre. Tenía cinco años cuando me abandonó en esa casa.

Rosa se golpea levemente la cabeza con sus puños intentado ya sea recordar o suprimir sus recuerdos, mientras que Hugo suelta una leve carcajada, perturbando a Peter y Romina:

            –El castillo de Vajdahunyad, o como se diga –Hugo se incorpora para dar media vuelta y volver a su cabaña–. Hagan lo que quieran con ese idiota, la verdad no me importa.

Peter, Romina y Rosa se miran los unos a los otros; después, fijan sus miradas en Hugo, quien se retira con paso lento, recogiendo la escopeta en el camino.

 

Romina apoya su cabeza en el cristal de la ventana del vagón; sus ojos se desvían para observar el panorama de la ciudad de Roma cubierta por la noche, deslumbrada por las luces de los edificios que asimilan a las estrellas del firmamento en la tierra. Peter la observa como intenta perder su preocupación, manteniendo sus brazos y piernas cruzadas, cubiertas por un vestido negro con encajes de color blanco, resaltando la piel pálida de la eslava. Sobre su pierna izquierda yace la cabeza de Rosa, quien ya ha caído víctima del sueño tras el largo viaje; Peter coloca su mano izquierda sobre su cabeza de tal manera que con su pulgar acaricia los cabellos rubios opacos de su amiga, ignorando que sobre su pierna la pequeña ha dejado que su saliva empape el pantalón gris.

            –¿Qué tienes? –le susurra Peter a Romina tras ver como sus ojos se humedecen.

            –Han pasado muchas cosas, ¿sabes? –Romina usa el encaje blanco de su manga para limpiar las lágrimas que escurren por sus mejillas– A pesar de que hemos estado en situaciones en las que casi pudimos haber perdido la vida, siempre habrá algo que nos mantendrá preocupados sin importar lo que suceda.

            –Lo sé…

Peter baja su cabeza para ver a Rosa dormir; después voltea a ver a Romina sollozando.

            –Te amo –la expresión emocional de Romina toma de sorpresa a Peter, por lo que la mira al mismo tiempo que traga un poco de saliva en un intento de decir algo para no herirla–, pero ya no te amo como antes, cuando fuimos amantes.

Peter observa por la ventana la Basílica de San Pedro iluminada, al mismo tiempo que escucha como los rieles de la vía empiezan a hacer ese ruido característico de cuando empieza a frenar llegando a la estación más próxima. El suave movimiento de Romina que se levanta del sillón café llama su atención, más por el hecho de que ella se dirige hacia él inclinándosele de tal manera que los rostros de ambos se encuentran:

            –Te amo, Peter –las suaves manos de Romina acarician el rostro pálido de Peter, acto seguido Romina se inclina para darle un beso en la frente, dejando que unas cuantas lagrimas caigan sobre la nariz aguileña del alemán–. Perdóname. Te lo digo de corazón, perdóname…

            –¿Qué sucede? –exclama Peter muy confundido.

            –No quería decírtelo, pero hace unos meses te dieron la nacionalidad italiana –las palabras se atoran en la garganta de Romina–. Tendrás que ir a la guerra. ¡Esa maldita guerra de la que tanto huimos! ¡De la que tú tanto huyes!

El tren finalmente frena por completo en la estación, dejando escapar una inmensa estela de vapor que cubre parcialmente la plataforma. De uno de los vagones delanteros, los de primera clase, desciende Peter cargando en brazos a una somnolienta Rosa envuelta en su vestido celeste. Romina los sigue al bajar, cargando las escasas pertenencias de los tres, intentado ocultar la vergüenza de llorar de los demás pasajeros. Apenas Peter toca la plataforma de la estación, un oficial de uniforme verde olivo acompañado de otros dos militares se aproximan a él, manteniendo una postura firme y de seriedad absoluta:

            –¿Signore Gest? –pregunta el oficial de bigote recortado de manera prepotente, por lo que Peter menea su cabeza de arriba abajo–. Acompáñenos, por favor; tenía que presentarse para el adiestramiento básico hace una semana.

 

 

 

Publicado la semana 10. 02/03/2020
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