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Gris Peláez

El Rey ha muerto, viva el Rey

Sufrir de daltonismo nunca había supuesto un freno en la vida del Marqués de Casarroja, amante de las artes, las bellas y las malas. Ahora ansiaba ganarse el favor del Rey y, con vistas a la próxima cena Real de gala, contactó con el mejor pintor del país, el maestro flamenco Peter Van Fleet, al cual le encargó la que debía ser la más impactante creación nunca vista. Este regalo sería el impulso definitivo para conquistar la amistad de Su Majestad, consiguiendo con ello el acceso a los más altos círculos de poder. Allí, los caballos salvajes de su ambición tendrían campo abierto para correr.

Cuando el autor dio la última pincelada y contempló su obra al completo, murió entre convulsiones. Con una mueca terrible pasó a la posteridad también, tras mirar el cuadro, el cuerpo sin vida del médico que acudió a certificar la defunción del artista. Lo mismo sucedió con todo aquel que llegó a la casa a investigar los inexplicables acontecimientos.

Tras varios días de incertidumbre y, ante la posibilidad de que se tratara de una nueva clase de epidemia, el alcalde de la ciudad ordenó clausurar e incinerar el estudio de Van Fleet. El Marqués de Casarroja, siempre bien informado, consiguió acceder por una ventana y rescatar el lienzo antes de que el fuego purificador redujera a cenizas sus esperanzas. Una vez a salvo, personalmente lo embaló —no podía permitirse que nada saliera mal— y lo dejó preparado para el evento, junto con una carta llena de loas y vacía de escrúpulos.

Llegó el gran momento y por el Palacio Real apareció el Marqués con un gran regalo bajo el brazo. Cuando consiguió reunir la atención del Monarca y de toda la Corte, allí presentes, abrió el paquete y mostró su contenido lleno de orgullo y satisfacción.

Publicado la semana 4. 20/01/2020
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Héroes del Silencio - El cuadro II
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