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Gris Peláez

Barcos sin honra

La soledad abre aún más sus aterradoras fauces en momentos como éste. Mediodía en una playa de un país en ruinas, niños persiguiendo un balón pinchado, algún pescador trayendo su exigua faena del día y un humilde bar donde dar esquinazo a un sol insaciable.

Jesús toma asiento en la barra. De un viejo radiocassette salen melodías que evocan un pasado mejor, tal vez feliz. El camarero, de piel amojamada y reluciente melancolía, le sirve la cerveza helada que ha pedido. "Primera del día a las 12, vamos mejorando" —se dice a sí mismo con lacerante sarcasmo.

Aquí pasa sus días ahora, pero no sabe hasta cuándo. Pronto volverá a cambiarse de casa. Vaga por el orbe sin un propósito. Ha recorrido ya varias veces todos los países del globo, siempre buscando algo que en el fondo sabe que ya no va a encontrar porque ya lo dejó atrás, muy atrás. En la vida de toda persona hay momentos clave, lugares donde el camino diverge y se pierde para siempre, tal vez entre árboles, o en una playa infinita, o quizá en un acantilado. Uno no es nunca el mismo a ambos lados de esos espejos de feria que llaman decisiones. En su caso, su punto de no retorno se remonta dos mil años.

Desde entonces rumia y rumia la vergüenza. Había venido a este mundo con un destino. Cuando Pilatos concedió al pueblo su deseo y liberó a Barrabás condenándole a Él, tenía que haber tragado saliva y aceptar lo que su padre había determinado. Pero no lo hizo: en un momento de humana debilidad usó su divino poder e intercambió su cuerpo por el del delincuente, escapando así del tormento de la cruz.

Jesús desde entonces es libre, sí, pero ¿libre hacia dónde?

Publicado la semana 1. 30/12/2019
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Nacha Pop - Lucha de gigantes, Serrat - Vencidos
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