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Fernando Portolés

Los titiriteros (2 de 2)

La noche desmaquillada de nubes iluminaba a Benjamín en su vuelta a casa desde la fonda. Aunque no era mudo de nacimiento, lo cierto era que no había vuelto a salir una palabra de su garganta desde quince años atrás. Desde aquella aterradora noche de tormenta que alternando cielos negros con claridades de mañana, un rayo afilado y certero le partió la cabeza en dos a su padre ante sus ojos horrorizados. Desde entonces sólo había sido capaz de emitir unos gañidos guturales y cavernosos.

Cuando llegó a su casa, sólo encontró luz en la habitación del fondo donde dormía su madre. Le extrañó no verla sentada en la salita esperándole como hacía cada noche. Se asomó al dormitorio y encontró a la pobre mujer medio desnuda, recogida como un ovillo y sollozando con angustia sobre la cama deshecha. Benjamín sintió oleadas de sangre caliente hirviéndole en las venas. Sus manos se tensaron como garfios y todo su cuerpo comenzó a temblar de ira. Un aullido, hondo y sobrecogedor, rasgó la noche como una pesada guillotina.

 

Después de su visita a doña Benita, objeto, una vez más, de comentarios entre las parroquianas, Salvatierra encaminó su penoso deambular hacia la carreta de los titiriteros, sin percatarse de que era seguido a cierta distancia por Benjamín cuya furia ciega parecía despuntar sus nervios de acero sobre la piel.

Mientras Aida y Diana estiraban colchones y mantas en el interior del carromato para pasar la última noche en Vega de Burión, Igor terminaba de recoger las herramientas que tras la representación habían quedado junto a la hoguera, todavía humeante.

- Buenas noches – dijo amablemente don Ignacio pasándose el pañuelo sobre la frente.

Igor enfrentó su tez cetrina a aquel hombre obeso de carnes blandas y se preguntó en silencio si aquel cuerpo grasiento tendría sitio para albergar un par de pulmones con los que respirar.

- He estado viendo su espectáculo y he creído adivinar que la función no ha sido tan ventajosa como usted esperaba – don Ignacio hizo una mueca de fastidio – Esta gente no tiene dinero. Claro que tampoco lo tienen en Turiel, ni en Villamanzo... Ha elegido usted un mal oficio, amigo mío.

El cacique dio especial énfasis a sus palabras cuando le espetó al feriante:

- Tiene usted una hija preciosa – Igor, ceñudo, se puso en guardia - ¿Cree usted que es feliz tragando polvo y comiendo lagartos?

- Diana es feliz porque nos tiene a nosotros – contestó secamente el padre de la chiquilla al tiempo que se incorporaba hinchando el pecho.

- ¡Diana! ¡La Artemisa griega! ¡La Diosa de la naturaleza salvaje! – recitó pomposamente el hombre gordo engolando la voz – Mire amigo, haría bien en procurarle un futuro a su hija – suavizó su tono, condescendiente.

En medio de un silencio espeso, Igor comenzó a comprender y sintió su corazón bombeando sangre con gran fuerza hacia sus sienes.

- Yo no tengo hijos, pero sí una gran hacienda y mucho dinero – dijo Salvatierra entornando los ojos y acercando su hediondo aliento a la cara del titiritero.

- Está usted loco – dijo Igor con voz trémula.

A unos pasos de distancia, oculto tras las paredes del molino, Benjamín observaba la escena con atención.

- Lo que yo podría darle a su hija no lo conseguiría usted ni en dos mil años de títeres estúpidos. Ponga usted el precio – concluyó con vehemente fastidio.

- Escúcheme bien – comenzó a decir Igor apretando los dientes – esa chiquilla es nuestra. Y si algo he querido enseñarle, es a despreciar a gente como usted. No. Ella nunca sentiría por usted más que desprecio. Si se fuera con alguien así, sería toda su vida una desgraciada, esclava de su mala conciencia. No necesito su dinero. Y, créame, ella tampoco.

Al tiempo que hablaba, Igor había ido acercándose cada vez más a Salvatierra obligándole a retroceder torpemente hacia la acequia.

- ¡Perro vagabundo! ¡Haré que te encierren y que las ratas del calabozo sean tu único público! ¡No permitiré que hagas de esa mocosa una maleante tragacaminos! ¡A mí me servirá mejor que a ti! – mientras gritaba blandía su mano sebosa ante las narices de su oponente - ¡No conoces mi poder! – concluyó babeante.

Igor, fuera de sí, cerró sus manos aceradas sobre el cuello fofo y húmedo del cacique. Sintió como sus dedos se hundían en la carne, casi perforándola. Siguió apretando hasta que la lengua de don Ignacio casi le tocaba la barbilla. Su rostro fue perdiendo palidez hasta convertirse en una bola morada de ojos saltones. De repente, le soltó, asustado, y el cuerpo exánime del tirano cayó con gran estrépito sobre la ciénaga. Tras unos instantes de duda, Igor dio media vuelta y amontonando los enseres de cualquier forma sobre la parte trasera del carromato, ató las cinchas de Tosca y Gracia y sin más espera se lanzó al camino ante la mirada atónita de las soñolientas Aida y Diana.

Benjamín, aterrorizado, seguía oculto tras el molino. No sabía si sacar el cuerpo flotante de don Ignacio o salir corriendo tras el carromato. Nada le preocupaba la muerte de Salvatierra, pero no era difícil imaginar todo lo que vendría después. ¿Quién conocía al errante Igor del “Circo de los Zares”? A él sí le conocían todos. Y a su madre. Y el odio visceral que él sentía por ese malnacido. Todos le acusarían. Y a él le faltaba hasta la voz para defenderse.

 

Benjamín salió a la luz dolorosa del mediodía escoltado por los guardias civiles que le habían colocado grilletes sobre las muñecas. Su mente hervía angustiada. Tenía que hacer saber a todos que era inocente. Repentinamente tuvo una idea. Separándose bruscamente de sus guardianes comenzó a bailar de forma grotesca. Primero, sobre un pie, luego sobre el otro, al tiempo que sus chillidos trataban de modular una canción de feria. Ante la atónita mirada de los vecinos, que nada comprendían e ignorando el autoritario “¡alto!” gritado por el corpulento capitán, Benjamín se lanzó al borde del camino tratando de alcanzar tres piedras para hacerlas bailar sobre su cabeza. Pero cuando los guardias le vieron armado con aquellos tres pedruscos, montaron sus fusiles sobre el hombro y sin darle tiempo a ejecutar su número, descargaron sobre él toda la muerte de sus cañones. Benjamín cayó de bruces. Su aliento, mortecino y estéril, agonizaba sangrante sobre la grava del camino mientras dos postreras lágrimas abrían surco en sus mejillas. Trató de levantar la cabeza. El sol era inmenso. Entonces, con voz quebrada y moribunda, arrastró dos últimas palabras sobre la tierra teñida de rojo:

- Los titiriteros...

Publicado la semana 6. 08/02/2020
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