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Fernando Portolés

Los titiriteros (1 de 2)

ESPAÑA, 1913

Apenas dos o tres camisas era cuanto Benjamín el mudo había tenido tiempo de meter apresuradamente en la vieja maleta de su padre, cuando la Guardia Civil irrumpió violentamente en la modesta casucha donde el muchacho vivía con su madre.

En pocos segundos, Benjamín tuvo ante sus ojos aterrados a un fornido capitán de rostro severo. Un tupido mostacho remataba unas espesas patillas negras, que perfilaban su pétreo semblante. Su mirada, cortante y fría, le presentaba como un hombre autoritario y poco dado a la clemencia.

Le seguían dos guardias jóvenes, de gesto igualmente adusto. Tras ellos, la madre de Benjamín sollozaba sintiéndose culpable por la desdicha que asolaba su casa. El capitán movió eléctricamente su brazo izquierdo y los dos guardias de la escolta apresaron a Benjamín, quien por toda defensa, y presa de la desesperación, se limitó a cubrirse el rostro con las manos.

No habían pasado aún veinticuatro horas desde que el cuerpo hinchado y violáceo de Don Ignacio Salvatierra apareciera flotando boca abajo entre las cenagosas aguas de una acequia próxima al molino, cuando ya todos señalaban el brazo verdugo de Benjamín. Aquella escena, por tanto, no era sino el lógico desenlace de cuanto había ocurrido en los dos últimos días...

 

Las chirriantes ruedas de madera del tosco carromato levantaban una poco piadosa nube de polvo que iba pegándose a los pulmones de los titiriteros, obligándoles a dar grandes bocanadas en busca de algún vestigio de aire mínimamente respirable. Tosca y Gracia, las dos resignadas mulas del tiro, mantenían un paso arrastrado y pesado que alimentaba aquella espesa nebulosa parda en medio de un calor asfixiante. Sólo cuando el carruaje se detenía bajo la sombra protectora de alguna encina, parecía aquella polvareda disiparse avergonzada. Y era entonces cuando la luz hiriente del día se mostraba con vanidad sobre aquellos campos tostados, dejando ver desde surcos de tierra estéril y harinosa hasta extensas alfombras de olivar que peinaban con rayas perfectas los cerros más lejanos.

Toda la pretendida excelencia del “Circo de los Zares” se escondía tras las maderas despintadas de un carro viejo cuyos laterales dibujaban con letras de trazado chinesco tan pomposo nombre. El techo de la caravana, mellado de tablones como una boca anciana y desdentada, cubría su vergüenza con una lona tiesa que apenas filtraba los rayos del tórrido sol agosteño. Groseros cajones de colores, pelotas de goma y mazas cabezudas, desafinados instrumentos musicales, aros, falsas barras de hierro y hasta una cabra barbuda y chillona formaban la tramoya de aquel espectáculo de saltimbanquis. Igor era la cabeza visible de la compañía. Su tez aceitunada, sus ojos oscuros y mandíbula cuadrada, desmentían su más que dudosa proximidad a zar alguno. De hecho, se llamaba Manuel y había nacido en un pueblecito de la Mancha. Unos brazos musculosos y un velludo pecho de roca equilibraban un cuidado porte de atleta. Sus piernas graníticas completaban un físico realmente extraordinario. Su vestuario se adornaba generalmente con oscuras guerreras abotonadas hasta el cuello, pantalones acampanados de tonos claros, apresados bajo las rodillas por unas ajadas botas de piel de caña alta y hasta un morrión tártaro. De este modo, creía dar una imagen próxima a la de un auténtico cosaco. De ánimo sereno y monocorde, éste sólo se alteraba ante el más mínimo signo de amenaza que pudiera señalar a su familia, auténtico y único puntal de su existencia.

Aída su mujer. Manchega como él, su aspecto frágil desmentía la dura vida que soportaba desde que uniera su destino al de Igor. Guapa como era, la lejanía de una vida acomodada comenzaba a marchitar su mirada dulce y serena dibujando un rostro prematuramente avejentado. Solía vestir largas faldas floreadas que escondían unas rudas botas cuarteadas, camisolas amplias con escotes redondos y despejados y apretados pañolones anudados sobre la cerviz.

Diana era la hija de ambos y su corta edad no le concedía aún la suficiente madurez para comprender el sufrimiento de aquella dura existencia dictada por el desarraigo. Morena y vivaracha, retrataba con perfección la belleza de su madre y el nervio vivo de su padre.

Este era el Circo de los Zares. No había más, aparte de las mulas, la cabra y el camino por delante.

Tras varias horas de camino fatigoso, los titiriteros divisaron, al fin, la silueta afilada del campanario de Vega de Burión, que apuntaba al cielo con indisimulada arrogancia. A su alrededor se arracimaban un puñado de casas blancas y cuadradas. A la entrada del pueblo se erguía, agónico, un anciano molino. Y a la derecha, y rodeado de unos bien cuidados campos de labranza, se levantaba un impresionante caserón blasonado, con enormes ventanales en la planta baja y una formidable balconada en el piso superior. Pese a la estampa más bien triste y tediosa que el pueblo ofrecía, Igor decidió que aquel lugar era tan bueno como cualquier otro para sus cabriolas y malabares. Después de todo, el camino que ahora dejaban seguía dibujando curvas, con altanera soberbia, hasta la próxima población, en la que seguramente se dibujaban el mismo campanario, las mismas casas y, probablemente, el mismo molino.

 

 

Don Ignacio Salvatierra, un hombre gordo y rosado, era el propietario de todas las tierras cultivables del entorno. Iba de un lado a otro conduciendo un pulcro Renault cupé landolet 1908, regalo, según le gustaba presumir, del mismísimo Alfonso XIII. Todos los brazos del pueblo capaces de empuñar una azada trabajaban para él. Su mujer, una señorona robusta y afrancesada, se pasaba más tiempo en Madrid que en el pueblo, brujuleando entre aburridas reuniones burguesas de té donde se criticaban con hiriente mordacidad las nuevas modas centroeuropeas en el vestir. Aunque en aquellos reproches subyacía una mal camuflada envidia por los esbeltos figurines que la mujer moderna iba imponiendo a su fisonomía.   

Aquella noche había llegado más calurosa que de costumbre. Una desmedida luna plateada suavizaba con su luz azulona las regueras de la huerta, y sacaba destellos entrecanos al inmenso olivar. Una enorme hoguera encendía las paredes blancas del pueblo alargando las sombras de modo siniestro. Igor daba vueltas a su alrededor haciendo malabares mientras Aída y Diana hacían sonar tambores y trompetas, dando en cada momento a la melodía las inflexiones que la situación requería. Una tropa de chiquillos iba formando un corro alrededor de los artistas, mientras los mayores quedaban a cierta distancia midiendo con cuidado los pasos que les separaban del refugio más cercano donde escabullirse con disimulo cuando cesara la música y la joven Diana se paseara ante ellos con la bolsa. También observaba desde su balcón el orondo Don Ignacio. Acodado sobre la barandilla, se daba aire con movimientos cansinos, utilizando un abanico de su mujer mientras sostenía con la otra mano un enorme vaso de limonada. Cada cierto tiempo se enjugaba los sudores con un arrugado pañuelo blanco que pasaba blandamente por su frente y su papada grasienta. Al fin, cuando el fuego ya moría y las ascuas apagaban su luz escarlata convirtiendo la hoguera en una sombría montaña de cenizas grises, los saltimbanquis cesaron en su representación. Pero la exhibición quedó sin premio ante los rápidos reflejos de los vecinos que desaparecieron con la misma agilidad con que Igor movía sus pies danzarines. Don Ignacio dibujó una sonrisilla babeante en su congestionado rostro y se dispuso a salir.

Su caminar fatigoso guió sus pasos de elefante hacia las últimas casas del pueblo. Al pasar junto a los titiriteros no quiso ahorrarles una mirada desdeñosa que se transformó dócilmente cuando sus ojos chispeantes recayeron en la pequeña Diana. Pero ante la figura erguida de su padre, dudó unos instantes y optó por seguir su camino. Se detuvo ante una puerta oscura tachonada con grandes clavos herrumbrosos. La fachada de la casa, blanca como todas, no dejaba espacio en su pequeñez más que para un ventanuco enrejado y florido. Golpeó el portalón con su mano abierta y esperó mientras se secaba la nuca empapada y miraba distraídamente calle abajo. Se abrió la puerta, llorando sobre sus goznes, y apareció el cuerpo enjuto de una mujer de no más de cincuenta años, pero cuya mirada triste parecía tener más de mil. Entró Salvatierra sin esperar invitación y cerrando la puerta con el pie, miró a aquella aldeana con fijeza antes de hablar.

- Mi mujer ha vuelto a marcharse a Madrid. Empezaba a temer que no se iría nunca.

Aquel hombre mantecoso se movía despreocupadamente alrededor de una mesa camilla vestida con faldas de ganchillo verde oscuro. Su comportamiento trataba de ser natural y familiar. La mujer, por su parte, permanecía inmóvil, con las manos recogidas sobre su delantal y la mirada clavada en el suelo de baldosa.

- ¿Es que vas a quedarte ahí toda la noche? – vociferó nervioso don Ignacio.

La mujer, con asustada resignación, levantó la vista y, sin decir palabra, se encaminó lentamente al fondo del pasillo oscuro. El cacique, con la respiración ahogada por la lascivia, echó una última mirada a la sala y fue tras ella al tiempo que deslizaba sobre sus hombros sus sucios tirantes de goma.

(Continuará)

Publicado la semana 5. 28/01/2020
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