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Fernando Portolés

Azabache

Caminaba con las manos atadas, sabiendo el destino que todos habían escrito para mí.

Avanzaba con la cabeza agachada viendo un pasillo de pies anónimos apenas visibles bajo aquellas horribles túnicas blancas. Se adivinaban pies grandes, pies pequeños. Con zapatos de piel unos y con sucias zapatillas otros. Y pensaba cómo serían las caras de todas aquellas personas que ahora sólo esperaban a que mi triste suerte se cumpliese como ellos habían establecido.

Por fin el griterío, las amenazas y el odio habían dado paso a un silencio impertinente, satisfecho de sí mismo. Sólo se oía el crepitar austero y disciplinado de las antorchas.

La boca se me había secado y un sudor frio me empapaba la espalda. Pero eso ya no importaba.

Me subieron a un caballo y a mi lado alguien escaló por una gradilla de madera que llegaba hasta las primeras ramas del árbol. La turba furiosa había enmudecido, esperando a que todo acabase. El hombre que permanecía a mi lado, tan anónimo como los demás, se mostraba nervioso. Se hacía tarde.

Todo fue muy rápido después. El roce áspero de la soga alrededor del cuello, las palabras atropelladas del capellán y el chasquido seco sobre la grupa del caballo. Mis pies quedaron colgando a menos de veinte centímetros del suelo. Noté un crujido, como de madera tronchada, en mi nuca. Pero no noté dolor. Mis pulmones dejaron de pedir aire y mis ojos quedaron convertidos en dos vidrios sin vida.

Ahora daba igual ya que yo fuera inocente. Después de todo, la noche llegaría de nuevo prendiendo a un tiempo las luces del cielo y las de la ciudad. De nuevo amanecería y los barcos llenarían un día más la bahía con el triángulo de sus velas. Los coches volverían a parar, como cada mañana, en el paso de peatones del final de mi calle para que cruzaran los chiquillos del colegio de Saint Andrews.

Y todos aquellos hombres que ahora me miraban sin hablar a través de sus blancas capuchas volverían a recuperar sus vidas despreocupadas, volverían a ser padres responsables, recuperarían sus urgencias cotidianas, sus trabajos. Todo sería igual de nuevo.

Incluso su piel blanca, pura, perfecta.

Publicado la semana 4. 20/01/2020
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