03
Fernando Portolés

Un banco en el andén

Soy un gastado banco de estación vestido de madera y hierro viejo. Mi única morada nace y muere bajo un porche verde musgo, adosado a modo de visera a un blanco caserón de teja granate y gruesos muros de piedra. Clavado fui al recio piso junto a las vías, en Pola de Lena, en el camino que conduce al ferrocarril de León a Gijón. Ni una ni otra ciudad vi nunca pero son tantos los viajeros que sobre mis listones han dejado morir su fatiga y tantas las historias contadas en mi ya resquebrajada veta, que podría dibujar en el aire las siluetas de una y otra.

Sí, son muchas las historias que me han regalado el mudo privilegio de ser su testigo. Recuerdo hace ya mucho tiempo, cuando aún vestía los mejores brillos de mi pintura verde, a un joven mozo de buena planta al que veía todas las mañanas por aquí, justo antes de la llegada de un tren cercano. Sin embargo, nunca subía en él. Cuando el convoy proseguía su marcha, despachados ya los viajeros en el andén, esperaba unos instantes y desaparecía. No dejaba de asombrarme su actitud y, sin embargo, su presencia se había hecho ya habitual para mí.

Siempre actuaba de igual manera. Se reclinaba sobre mi brazo y cuando el penetrante silbido del ferrocarril daba paso a la silueta rotunda y desafiante de la máquina, se plantaba en pie de un salto y permanecía en estatua inmóvil hasta que el tren se detenía. Entonces escudriñaba con mal disimulada ansiedad a cuantos se apeaban y acababa dirigiéndose con rígida celeridad a situarse frente a las escalerillas de una de las puertas de algún vagón. No siempre era el mismo. Fingía estar allí por casualidad, mirando distraídamente a su alrededor, ojeando de vez en cuando un ajado volumen de poemas de amor que siempre llevaba consigo, y cuando se quedaba sólo, parecía abatirse sobre él la pesada carga de un nuevo fracaso. Entonces, ya sin prisa, se marchaba cabizbajo y su figura se perdía a mis espaldas. ¿Qué era todo aquel teatro? La ventaja de ser objeto inmóvil es que no habiendo urgencias que atender puedes emplear tu tiempo en afinar los detalles de cuanto pasa a tu alrededor. Y fue así como llegue a descubrir lo que se guardaba detrás de aquella escenificación. No era el azar lo que conducía a aquel joven un día a un vagón y otro día a otro. Siempre había algo en común. Una forma de joven y bella mujer morena, casi niña, desenvuelta y jovial. Allá donde ella aparecía colocaba el muchacho sus poco pulidas tablas de actor. Actor de cine mudo, por cierto. Nunca le dijo nada.

Seguramente ni la conocía y se limitaba a esperar que el milagro de sus ojos oscuros cayera sobre él. La misma escena con los mismos personajes se repetía función tras función como si se tratara de uno de esos grandes musicales representados con gran éxito de público en cualquier teatro del West End londinense. Y no es que haya sido nunca banco en Picadilly Circus, pero entre las posaderas que calientan mi veta en invierno, se cuentan las de un orondo director de escena muy viajado y siempre dispuesto a dar una conferencia sobre Shakespeare o Molière.

Todo se repetía según el mismo guión hasta un día que sucedió algo. Era una mañana fría y la niebla, en su afán de despegarse del suelo y mostrarnos un cielo limpio, iba haciéndose hilachos entre la tupida arboleda que adorna el monte frente a mí. Como era habitual, llegó el zagal por mi derecha y permaneció en pie con la espalda pegada al muro y las manos metidas en los bolsillos del abrigo. Bajo su brazo derecho sostenía sus poemas de amor. Pasado un rato, aquel silencio temprano vino a romperse con el eco familiar del pitido del tren, rebotando en cada ladera y en cada hoyo. Siguiendo los usos de un rito bien aprendido, el joven se ajustó el cuello de su abrigo, se sacudió las solapas en un gesto instintivo y esperó a que las chirriantes ruedas del ferrocarril cesaran en su vaivén.

Estiró el cuello como de costumbre y oteó rápidamente entre los viajeros.

Pero se cerró la última portezuela y no apareció quién, sin saberlo, había estado acudiendo sin falta a una cita diaria con él desde hacía casi un año. El imprevisto cambio de guión pilló fuera de sitio al primer actor que tan bien aprendido tenía su papel. Nervioso, miraba de un lado a otro, ya sin disimulo, buscando a aquella muchacha. Corrió al interior del vestíbulo, volvió a salir, miró a través de las ventanillas el interior de cada vagón. Al fin, el lacerante silbido que anunciaba que la ruta proseguía, debió convencerle de que ella no había venido. Tal vez, pensó que había perdido su tren y aparecería en el siguiente, porque se arrebujó en el gastado paño de su abrigo, se sentó sobre mí y se dispuso a una paciente, aunque no acostumbrada espera. Pero tampoco llegó en el siguiente, ni en el siguiente. Cada tren que pasaba le iba haciendo olvidar su representación tan estudiada y cada nuevo silbido lejano le empujaba al borde del andén oteando el horizonte de la vía. Cuando comprendió que no la vería, se acunó en mi regazo con el alma doliente. Así permaneció retirado de todo durante un largo rato. Finalmente, se levantó y se fue. Durante unos días el mozo siguió fiel a su cita, pero nunca más volvió a verla. Y después de aquello tampoco he vuelto yo a ver a aquel mudo galán, incapaz ni tan siquiera de preguntar el nombre a la fuente de sus anhelos.

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Ha venido hoy el día frío, como de costumbre, y una leve llovizna vela tenuemente la claridad de la mañana. El alborotado trasiego de pasajeros ha comenzado temprano, antes incluso del albor, aunque ahora, mediada ya la jornada, un blando sosiego acompaña el abandono de estas horas huérfanas.

En el otro extremo del andén una madre paciente trata de controlar el desbocado cabreteo de sus dos chiquillos. El reloj de la estación, colgado a modo de banderola del techo de la galería, va marcando los minutos con movimientos eléctricos, y desde el vestíbulo llega quedamente el murmullo de los que allí esperan. Un anciano de caminar vacilante ha venido a sentarse sobre mí. Apoyándose sobre un tosco bastón, ha reclinado su tembloroso cuerpo sobre mi respaldo. Una gruesa bufanda se enrosca alrededor de un cuello curtido y seco como la badana. Cubre su cabeza con una gorrilla de visera breve que dibuja sobre la tela multitud de cuadritos oscuros. Las manos enguantadas coronan sobre la cachava la actitud serena de quien, como a él, no van quedándole ya más que unos pequeños trocitos de vida. Con una mirada profunda y melancólica parece poner en orden lo que le rodea. No es la primera vez que viene. De hecho, es bastante frecuente verle pasar las mañanas aquí, observando en silencio el ajetreo de los viajeros y el ruidoso zarandeo de los trenes. Nada altera, sin embargo, la cadencia fatigosa de su respiración.

La megafonía viene anunciando la pronta llegada de un cercanías que, zigzagueando entre bosques y desfiladeros, peina la comarca de norte a sur. Un familiar y agudo chiflido da paso al ferrocarril, cuya maciza presencia lo llena todo de repente. Hasta parece que hace menos frío. De las vías salen vapores humeantes que acompañan el súbito griterío, y el desacompasado claqueteo de un sinnúmero de zapatos sobre el andén va llevando el tumulto hacía las salidas de la terminal.

Mi anciano inquilino va desgajando con mirada indiferente toda esa riada cuya vitalidad parece quedarle algo lejana.

De súbito, sus ojos de agua quedan enganchados en un punto.

Noto una gran agitación en su hálito entrecortado. Rezagada sobre el gentío avanza hacia el vestíbulo una anciana cuyos rasgos, ya marchitos, dejan entrever una belleza no del todo olvidada. El viejo la ve perderse entre la muchedumbre y un profundo desasosiego va prendiendo en su débil corazón latidos cada vez más furiosos. En un movimiento reflejo y rápido, sus manos se crispan sobre su pecho, dejando caer el bastón al suelo. Con los ojos en blanco, su cabeza va cayendo hacia atrás como buscando un apoyo que no encuentra. La boca, muy abierta, trata de buscar aire con inspiraciones profundas y agónicas. De repente, todo su cuerpo se relaja y cae pesadamente sobre mí, dejando escapar su último aliento de vida. Nadie queda ya en el andén. Únicamente, el anciano muerto. A sus pies, su bastón y un poco más allá algo que ha caído del bolsillo de su abrigo con el último estertor. Es un libro, en el que a pesar de la fina lluvia que cae sobre su raída cubierta, aún puede leerse, escrito con gastadas letras púrpuras, un sencillo título: “Poemas de Amor”.

Publicado la semana 3. 13/01/2020
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