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Fernando Portolés

Casa antigua en calle antigua

Me dicen que estuve en Málaga ya antes que mi memoria. Recuerdos de un cuarto oscuro y desordenado. Casa antigua en calle antigua. Vetustas calles de vieja historia. Playa y parque. Cines de verano.

Mi memoria primera está en aquella enorme casa de calle Álvarez. El último piso que casi era el primero. Siempre me gustó aquel pasamanos perdido de otro siglo. Grandes piñas doradas sobre hierro viejo. Al llegar, el enorme portón me mira y desde lo más alto ve como yo, de puntillas, lucho con la distancia de aquella gran aldaba. Se abre la puerta y flaquea mi memoria. Todo es penumbra. Distingo el patio al fondo. A la izquierda, la escalera. La misma de siempre. Dura piedra que antes que los míos vieron otros pasos y otras vidas. Subo saltando los peldaños de dos en dos. Llego el primero al final y me quedo mirando aquellos dos ventanucos interiores, el del cuarto de baño y el del corredor. Sentado junto a la puerta de madera (la historia vieja es siempre historia de madera) espero a que lleguen mis padres. Los adultos siempre suben los peldaños de uno en uno. Estarán cansados del viaje. Atrás quedaron la madrugada, Córdoba, Bailén y Despeñaperros. Los Órganos. La entrada a Málaga por los montes y abajo el infinito azul de claroscuros.

La yaya Josefina abre la puerta. Besos, abrazos, jolgorio de un tiempo feliz. Recuerdo cada rincón, cada mesa, cada silla. El recibidor, punto de partida. El bargueño, ya con mi madre. El enorme perchero de madera, hierro y años. Ennegrecidos tintes de oro para la vieja bala de cañón y más puertas. Más puertas y una cortina. De la Alpujarra granadina. Tierras altas suspendidas de la luna y el sol.

La primera puerta, al frente y, detrás, un pequeño cuarto de luz amarilla. El gabinete lo llamaba mi madre. Algunos recuerdos. El espejo, ornato y filigrana. Mil reflejos y mil historias que contar. “A la tita Mercedes le gusta mucho”. Me lo dijo el tío Guillermo el año en que murió la yaya.

El biombo, celoso guardián de un viejo rincón. Presencia viva de marfil. Algún sitio para sentarse, alguna mesa y retratos de años sin memoria. Me siento y me cuelgan los pies. Todo está en sombra. Me llegan voces “¿Qué tal el viaje? Bien, bien.” Al final del camino siempre el sur. Así era entonces.

A la izquierda una doble puerta. Cortinas blancas tras el blanco cristal. Dos camas, el armario y el balcón estrecho. Barandilla vieja, barrotes viejos. Estampa ocre de tiempos primeros. Y desde allí, calles entrañables. Cuantos paseos, cuantas miradas. Calle Gigantes y al fondo, Carretería. Ahora caen las sombras de la tarde. Roja y mediterránea. Húmeda. Malagueña. Rápidos suspiros de las primeras luces y la noche nos atenaza. Hace tanto calor. Entro y me agarro a la espesa negrura. Paso a la izquierda a otra habitación. A nuestra habitación. De Miguel y mía.

Espigados payasos de vivos colores en cuadros sobre la pared. Miniaturas de coches antiguos y una foto desubicada, furtiva, de la Costa da Morte: roca alta y cortada, horizonte limpio y mar bravo. Y la cama. Una para los dos. No necesitábamos más. Aún éramos pequeños. Uno hacia la ventana y el otro hacia los rojos y negros del cortinón alpujarreño.

Y más allá, la habitación de la yaya. Como si sólo existiera en verano. Me asomo despacio. Una cama excesiva, un armario prohibido y el tocador. Pero, sobre todo, aquella música. “Para Elisa”. Carreras furtivas para destapar los sones de aquella vieja polvera plateada.

Doy la vuelta y un corto andar me lleva al corredor. Tiene forma de L. Luminosa galería y campo de juegos de mi infancia. Muchas tardes, durante el asfixiante calor de las siestas, mi hermano Miguel y yo jugábamos a los serenos. Muchas puertas y muchas llaves. “¡Serenooo!¡Plas!¡Plas!” Y siempre el mismo final. El vértigo de poder despertar a papá. Llave maestra de portales infantiles. Un mueble blanco ocupa mi memoria de aquel pasillo. Dos finales para un mismo corredor. Al fondo del brazo largo, una estrecha pieza con lavadora y lavadero. Dos generaciones de un mismo fin. Al fondo del brazo corto, el armario y un poco de memoria prestada. La trenza de mi madre niña.

Aún cinco habitaciones y mil ventanas para el mismo pasillo.

El comedor, reminiscencia desvencijada de calores anteriores. Conciencia de madera, platos de cerámica, hoy en otras paredes. Una nevera con cálidos recuerdos. Jarabe de fresa, polos de cien sabores y el tío Carlos comiendo hielo como si fueran boquerones. Y en el congelador el primer fruto que un día le arranqué al mar. Una lisa más grande, me temo, en mi memoria que en el plato. Y la salamanquesa, anfitriona de banquetes olvidados. Tal vez hoy única guardián de un pedazo de historia malagueña.

La cocina. Suelo de arlequín. Y sobre el fregadero, dos grifos: el del agua caliente y el del agua menos caliente. Mil olores. Mil sabores. Agua densa y gorda. La despensa de techo alto y entrañas repletas. La yaya está haciendo la cena. Chanquetes para que los recién llegados tomen conciencia de la nueva tierra. Mamá mira sin ver y pregunta “Y Guille, ¿qué tal?” No oigo la respuesta. Otra carrera y por fin aquel cuarto.

Siempre recordaré aquella habitación oscura y misteriosa de techos altísimos, mucho más altos que los del resto de la casa. Un incómodo sofá verde de ángulos severos. Toallas de playa y sombrillas, promesas de mar y fiesta. Recuerdo a la yaya planchando mientras yo, intrépido, luchaba con secretos ocultos en exagerados escondites de tiempos viejos. Pero sobre todo, oscuridad. Oscuridad y silencio. Paisajes de otras vidas, olvidados sobre el suelo de aquella habitación. Recuerdos acumulados por generaciones. La oscuridad de aquel cuarto siempre me pareció reflejar la asustada faz del mudo testigo de historias jamás contadas. Si alguna vez hubo luz en aquel cuarto no es cosa que haga cambiar la imagen que aún perdura en mí. Oscuridad y desorden. Misterio.

Oigo la televisión. Graves noticias. Carretera y vacaciones. Tumba de inocentes. Viaje de ida y a veces de vuelta.

Recuerdos de anaquel. La mesa camilla se viste con largas faldas, un día traicioneras, sobre el brasero. Me siento y me doy cuenta de que yo también noto el cansancio de la primera jornada. Me pierdo en el fácil sueño de la súbita fatiga infantil. Reencuentro con la memoria. Sudores de plata. Sentimiento de dicha.

En Álvarez. Casa antigua en calle antigua.

Publicado la semana 2. 07/01/2020
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