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Fernando Portolés

El Peral

En el pueblo están celebrando el cumpleaños de Doña Jacinta. ¡Ochenta y dos años ya y todavía se despierta con el alba a levantar al gallo! No, aquí no. Allí, allí arriba, donde el arroyuelo se cuelga pendientes con destellos de plata nueva y el huerto acaricia el fruto maduro. Ya han sacado los mozos, fajín negro carbón e impecable camisa blanca, el cancionero de letra antigua.

Al final del camino polvoriento, unos arcos de piedra ennegrecida sostienen la plazuela con esa asimetría casual de los pueblos morunos. Y allí, el viejo ayuntamiento, reloj y mástil, pega el costado a la bodega.

- Hoy no hay dominó, ¿sabe usted? Todos están en El Peral rondando a la abuela. ¡Ochenta y dos ya y aún levanta al gallo! – me repite Armando pasando el paño sobre el mostrador, pulcro espejo de mármol rojo.

Fuera, con la tarde olvidada en un mar de luz, va Fermín el pastor, entonando entre dientes una coplilla picarona. Le veo perderse entre las callejas, camino del cerrillo de Santa Clara. Y no dejará de cantar ni aun cuando el cielo, vestido ya de noche, pinte sus estrellas sobre el collado de Las Cabrillas. Y cuando amanezca, la mañana le sorprenderá entre los riscos más altos con los ojillos colgados del último recuerdo de su amada Lola. Sólo yo parezco haberme fijado en él. Pobre viejo.

He subido al pueblo a lomos de Berbujón, el caballo del señorito Esteban, que se ha quedado cazando liebres en el cortijo. Nadie me reconoce. Me hablan como a un forastero, pero yo sí me acuerdo de ellos. Recuerdo las tardes de verano deshaciéndose en jirones escarlata y gris y la gruta sobre el arroyo donde escondí el duelo de mi primer desengaño. Las rodillas del abuelo, sus manos de roca y la vieja marinería agazapada en su pipa sin humo. Eran tiempos de paz.

Berbujón orejea nervioso bajo la arquería. ¿Dónde estabas tú viejo burraco, cuando, por San Andrés, Doña Jacinta organizaba el baile en El Peral? Todo el pueblo se reunía en torno a guitarras, tambores y coplas. Pero yo, hasta que hube cumplido los catorce, no pude sino asomarme con sigilo por encima del cercado tras el huerto. Al fondo, entre los naranjos y frente al peral, las zagalas más jóvenes se arrebujaban detrás de Doña Jacinta para cuchichear sobre el mocerío. Y a la izquierda se erguía el pozo de piedra a cuya sombra, con el cuerpo vencido por la temprana borrachera, dormitaba ya el viejo Nicolás. Dichosos días aquellos, Berbujón, en que se bailaba hasta el amanecer. Y era entonces cuando los chicos íbamos a ver clarear el día sobre la inmensa bahía. Leves olas, como suaves arrugas en una sábana limpia, se iluminaban con esas primeras luces del alba. Los matorrales cabeceaban con la suave brisa, fresquita aún a esa hora, y nadie hablaba.

El sol, redondo, púrpura, se levantaba sobre el acantilado cosiendo el horizonte con esos hilos dorados que nunca he vuelto a encontrar en ningún otro cielo. Y abajo, con esa marea recogida en un regazo de aguas dormidas, volaban mil gaviotas gris-blanco. Detrás, entre olivos y aroma de romero, quedaban las cien casuchas blancas del pueblo. Y era también allí donde volvía yo cada tarde, con la mar agitándose bajo un ocaso carmín, a ver regresar la barca del abuelo.

La voz de Armando me hace abandonar mi infancia, olvidada cualquier mañana entre aquellos olivares de líneas perfectas.

- ¿Un vinillo para limpiar la garganta?

- Venga, vale.

Me acerco a un ventanuco y reconozco la voz seca, de aguardiente, del tío Zacarías enredándose entre los requiebros de la guitarra mandona de Don Florián.

Me despido de Armando y vamos, Berbujón y yo, dejándonos caer hacia la iglesia. En el camino siguen en pie el pilón y la picota. Casonas de piedra encalada se estiran en el aire haciendo de la calle un estrecho pasaje por el que corren los niños. Me asomo al Callejón de las Ánimas y allí, segundo portalón a la derecha, cuelga el diminuto aldaboncillo testigo de aquellas lejanas madrugadas de amor atolondrado. Más oscuro y más gastado pero con la misma boca de latón. Cierro los ojos y veo un joven soldado cogiendo las manos de una moza de mirada azul, tibia, como de mar. Un suspiro se me escapa entre los dientes. Maldita guerra.

Vamos Berbujón. Las campanas han empezado a doblar detrás de la esquina. Nos asomamos y allí está la iglesia, con el viejo cementerio levantando cruces a su alrededor. Y el campanón sigue, dale que dale. Se abre la puerta y Don Manuel, el párroco, sale al camino con un ligero trotecillo remangándose los faldones de la sotana. Enfila la cuesta hacia El Peral. Le sigue una tropa de chiquillos. Ruidosamente, Armando le echa el cierre a la taberna. Los mozos dejan de cantar y el tío Zacarías se queda mudo, como la guitarra de don Florián. Que extraño silencio se produce ahora, sólo roto por el tañido inagotable de las campanas. Y de repente, lo comprendo todo.

-Vámonos – le digo a Berbujón con el crepúsculo colgando chispas sobre un arado de hierro viejo – aquí sólo me quedan recuerdos arrumbados en un rincón de mi memoria.

Las campanas siguen doblando. Hay revuelo en El Peral. ¿Oyes Berbujón? Mañana el gallo tendrá que despertarse sólo.

Publicado la semana 1. 30/12/2019
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