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Fer

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Nosotros ya no éramos los mismos. No tenía ninguna duda al respecto de eso, estaba clarísimo. Si habíamos cambiado para mejor o para peor, era algo que solo el paso del tiempo podría revelar con claridad. Sin embargo, no dude un segundo en aceptar cuando me llamo ese miércoles por la tarde para vernos. 

No me reprocho el aceptar sin pensar. ¿Acaso tendría que haber dudado? La verdad es que no. Siendo completamente honesto conmigo, sé que le hubiera devuelto la llamada para decirle que sí. De hecho, uno de los grandes problemas de mi prolongada, y alocada relación con ella es que nunca supe, nunca pude decirle que no.

No la veía hace un año y medio, cuando se apareció en el bar para el cumpleaños del gordo con aquel pelotudo de la mano. De más está decir que aguanté todo lo que pude y después me fui casi corriendo. 

Al otro día le pedí disculpas al gordo, que, por suerte, en su pedo de cumpleaños no se había percatado de mi ausencia hasta que yo se lo mencioné. No, no piensen eso. Es un gran amigo. Es más, es el único que además de mi sabe todas las idas y vueltas y los devaneos de mi relación con ella. Hasta me ha soportado unas cuantas noches, cerveza de por medio, hablando del tema hasta que la madrugada se nos hacía mañana con el salir del sol.

Así que acá estoy. Como un pelotudo, preparándome para ir a su encuentro. 

Para ir a su encuentro, una vez más. Pero no me malentiendan. Soy un pelotudo, pero no soy más aquel pelotudo. Al principio de mi relato les aclare que, gracias a (o por culpa de) ella ya no soy el mismo. 

No voy a volver, a pesar de lo que me proponga. Bueno, tal vez sí. Pero si vuelvo voy a poner mis propias reglas, no voy a dejar que haga de mi lo que quiera ¿A quién engaño? Ustedes me conocen hace solo algunos párrafos y saben tan bien como yo que si la veo no voy a dudar en volver, y que voy a creer cada cosa que salga de su boca. Simplemente porque para mí es como la religión, elijo creer en todo lo que me diga. Quiero creerle.

Todavía me acuerdo de la primera vez que salí con ella. Yo venía en el colectivo, volviendo de una fiesta. La luz del sol inauguraba un nuevo sábado sobre la ciudad y en el bondi nos mezclábamos los que no habíamos dormido y los que deseaban seguir durmiendo, pero tenían que ir a trabajar. El celular me vibro en el bolsillo y vi su nombre en la pantalla. Después de una conversación intranscendente comentando un programa de radio que nos gustaba a los dos, me invito a desayunar. Dos paradas más y me baje del colectivo sin dudar. Y ahí la vi, en la esquina, esperándome. 

Después de aquella mañana perfecta, en la que por momentos todo era tan ideal que creí que alguien me estaba jugando una broma, cada vez que quedábamos en vernos no podía creer que esa mujer esperaba por mí y solo por mí. Ahora dudo y no sé si de verdad lo creía o es lo que más bien quería creer.

La cosa es que ella siempre llegaba primero a los encuentros, así que hoy voy a salir temprano. Por una vez, voy a ser yo quien la espere para sorprenderla. Quiero ver de nuevo esa mueca que hace con la boca cuando está realmente asombrada por algo. 

Una vez le escribí un poema, en el que hablaba de esa mueca. "Esos labios donde mueren las promesas, y empieza el arrepentimiento", decía.

Se me cago de risa, por su puesto. Pero resulta que el bendito poema gano un premio en un concurso, y hasta fue la pieza estrella de mi primer libro. Sí, soy escritor. En parte también se lo debo a ella. Pase muchas madrugadas pensando en donde estaría y con quien. Pronto me di cuenta de que la escritura me ayudaba a llenar mejor esas horas. Al menos me permitía no morir de desesperación y soledad cada vez que no podía dormir porque ella dejaba de responderme los mensajes, y de contestar mis llamadas.

Mientras me afeitaba creí percibir un leve temblor en mis manos. Casi imperceptible. “No tendrás miedo”, me dije mirándome al espejo. Ya no somos los mismos, recordalo. 

Mientras bajo en el ascensor me vuelvo a mirar en el espejo. Mis ojos llorosos y el nudo en el estómago me confirman lo que no quiero admitir: sí, tengo miedo. 

Me siento ridículo por estar así. Asustado y arreglado como cuando mi vieja que mandaba a algún cumpleaños. El jean de salir, el pelo peinadito con esmero, las zapatillas nuevas.

Mientras camino hacía el bar pienso en que se va a dar cuenta de que estoy sobre arreglado para la ocasión. Se va a reír de mí, va a pensar que soy absurdo. Empiezo a entrar en pánico y me despeino con los dedos, como para sentirme un poco más casual. De eso también se va a dar cuenta, me conoce como nadie.

¿Para qué me habrá llamado después de todo? ¿Se habrá dado cuenta de que se portó mal conmigo innecesariamente, conmigo que la ame (la amo?) tanto? 

Espero en el semáforo para cruzar la avenida. Ahora pienso lo contrario. ¿Y si se va a casar y quiere que me entere por ella y no por alguien más? No, no es eso ¿Por qué se tomaría esa molestia si formo parte de su pasado? Porque soy solo eso. El pasado. Tal vez deba conformarme con eso. Soy su pasado, el de ella. Por siempre de ella. 

Pero para mí volvió a ser presente desde el miércoles en que atendí el teléfono sin mirar, y su voz desde el otro lado de la línea me atravesó como un camión. 

Estoy a solo dos cuadras, y me siento mal. Se me nubla la vista. Una chica en la parada del colectivo me mira con cara de pena, como a un cachorro perdido que se llevaría a casa sin dudar.

Si me prometiera un nuevo comienzo, me iría con esa extraña sin titubear.

Me pregunto qué es lo que ve en mi cara para mirarme así. Me miro en una vidriera como al pasar. De golpe tengo diez años más de los que tenía al salir de casa. Tengo los ojos llenos de lágrimas, pero me le resisto al llanto. Hago tanta fuerza que me siento un gladiador.

Pero digamos la verdad. Sé muy bien lo que tengo que hacer. Busco en mi cuerpo hasta la última gota de voluntad. Me refriego los ojos y respirando profundo, paso de largo por la puerta del bar.

Una vez más, será ella quien me espera solo a mí. A mí, que nunca voy a llegar.

 

 

Publicado la semana 7. 16/02/2020
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No importa, ahora, Siempre
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