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Emeberis

Viejas Heridas

El gimnasta pide silencio. Apoya en el suelo el dedo gordo del pie favoreciendo la libertad de movimiento del tobillo. Primero uno, después el otro. Se frota las manos con resina. Coge carrerilla. Con la potencia de un toro pisa el trampolín y dibuja en el aire una pirueta de libélula. El cuerpo pequeño y musculoso aterriza sobre la colchoneta con un golpe seco. La ovación del público confirma su primer oro olímpico. El gimnasta se deja caer de rodillas con los brazos al cielo. Su entrenador se acerca, lo abraza. Se dan beso tierno y largo en la boca que se retrasmite a través de las pantallas del estadio. De ahí, al mundo. El gimnasta se coloca sobre su espalda la bandera roja con la luna menguante y la estrella. Se seca las lágrimas con la mano y empieza un trote ligero por la pista del estadio. Saluda a los espectadores. Un periodista se acerca por detrás con el micrófono en la mano, le felicita.

—¿A quién dedicas tu primer oro olímpico?

El gimnasta de detiene. Gira la cara y señala a cámara la cicatriz que le atraviesa la mejilla.

—Gracias, malditos, por hacerme más fuerte —dice con la mirada de un náufrago. Acto seguido, se aleja trotando con la estrella sobre la espalda.

Publicado la semana 8. 19/02/2020
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Género
Relato
Año
I
Semana
08
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