06
Emeberis

¡Qué olor a pescado!

Despertó desorientada. Presionó los párpados, no quería traspasar la frontera del sueño en el que encarnaba a la reina Ester rodeada de su séquito. ¿Qué día es hoy? Le pasaba siempre que trabajaba de noche. La vida se había convertido en una pesadilla.

Encendió la tele. Las noticias corroboraron que era domingo y también tocaba currar. El frigorífico estaba prácticamente vacío porque llevaba tiempo sin hacer la compra. Así que cogió un poco de embutido. Sacó una zanahoria y un pimiento podridos del interior y los tiró a la basura. Preparó café y comió chorizo con pan duro. No le apetecía bajar al bar de Paco. Llovía como en el día del diluvio.

Metió el uniforme de la víspera en la lavadora y aireó en el balcón la mochila, junto con las botas de goma que le cocían los pies. ¡Que tufo a pescado! Diez años en la conservera y no se había acostumbrado. En cambio, no distinguía el aroma suave y dulce de una rosa. Había envejecido como si llevara veinte años trabajando a turnos y había engordado otros veinte kilos. Su cuerpo no aguantaría mucho más con este trastorno de horarios. ¡Debería buscar otro trabajo! Pero con el medio siglo de vida, las oportunidades se reducían a mujer de la limpieza o cuidadora de ancianos. A decir verdad, su casa muy limpia no estaba y ella tampoco se cuidaba demasiado. Así que lo tenía complicado. La titulación de filóloga le venía bien para adornar la otra habitación. ¡Total para lo que le sirvió! El mejor trabajo que consiguió fue chica para todo en una empresa de transporte que terminó quebrando.

No aguantaba más ese olor a podrido, ¡Qué peste! Se metió en la ducha. Frotó su cuerpo a conciencia y se jabonó tres veces el pelo grasiento. La piel no había estado nunca tan irritada.

Con los turnos de trabajo carecía de vida social. Solía quedar con alguna compañera de la conservera a tomar una copa de vez en cuando y con algún amigo con derecho a roce, pero después de lo Manuel ya ni eso. Borró también su perfil de las páginas de contactos, no fuera a acabar descuartizada en una maleta.

El muy capullo, Manuel, le susurró una vez en plena faena que olía almeja podrida. ¡Se ponía todo loco cuando decía esas cosas! Lo echó al descansillo medio desnudo. Desde entonces no se volvió a acostar con nadie. Cuando apretaban las ganas, se lo resolvía por su cuenta.

Se puso un chándal, los tenía de todos los tamaños y colores. Cogió una bolsa de patatas y se tiró al sofá a pasar la tarde. En la tele, los supervivientes discutían a gritos porque alguien les había robado la comida. Estos programas eran tan adictivos como las patatas, una vez que se abre la bolsa ya no se puede parar de comer hasta terminarla. ¿Sería capaz de sobrevivir en una isla desierta? En unas horas estaría de nuevo en la conservera. ¡Qué tristeza de vida! Se estaba volviendo una amargada. ¿Cómo sería pasar hambre? ¿Y las tormentas tropicales al raso? ¿Y convivir con doce tarados? En la conservera tampoco trabajaban los más cuerdos. Lo peor convivir con ese maldito olor, eso sí que le dejaba noqueada. Los pies cocidos en las botas de goma. La piel con su picor constante.

Durmió mientras los supervivientes seguían dando gritos. Despertó después de dos horas de siesta de muy mal genio. Ya se había hecho de noche y tenía que empezar a preparar la mochila, la ropa de trabajo recién lavada olía a hierro oxidado, aunque le echara un litro de suavizante ¡Qué pereza, qué picor y qué asco todo!

No tenía nada para cenar y no le daba tiempo a pedir una pizza. Se preparó un café caliente con unas galletas. Mientras mojaba las galletas, los rótulos de la tele mostraban el número para concursar en la nueva edición del reality. Se quedó quieta, trató de memorizar. Miró el reloj. En menos de media hora tenía que salir. Con lo cansada que estaba. El número volvió a aparecer varias veces. Lo apuntó en la palma de la mano.

Cogió la mochila del trabajo y se la colgó al hombro. Al pasar por el recibidor se miró en el espejo y vio una mujer desconocida de ojeras pronunciadas. Nunca había estado tan gorda. Aquella imagen no le pertenecía. Y no reconocerse en el espejo era lo peor que le podía pasar. «¿Pero ¿quién soy? ¿En qué especie de monstruo me he convertido?». Se apartó del espejo con agobio. Dejó la maleta en el suelo y lloró cubriéndose la cara con las manos. Las lágrimas se escurrían por las manos y al querer secárselas vio el número de teléfono. No lo dudó y llamó. Al otro lado de la línea una telefonista con acento latino recogió todos los datos.

—Ahorita, queda esperar. Llamaremos a los seleccionados para el casting. Mucha suerte, señora y que pase buena  noche.

A continuación, llamó a la pizzería. Encendió la tele para ver qué narices pasaba con los supervivientes si seguían enfadados o si ya habían empezado a nominar. No volvió por la conservera.

-Estoy deseando de vivir la mayor aventura de mi vida —le dijo a la presentadora del reality. A continuación, se lanzó desde el helicóptero para zambullirse en el agua y nadar acompañada de los peces hasta la orilla de la isla.

Publicado la semana 6. 07/02/2020
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Cuadro de Edwin Long " La Reina Ester"
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