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Emeberis

La Frontera

Mikel pasaba el filo de la cuchilla sobre la espuma blanca que cubría su  barba, por encima del pescuezo. Había decidido afeitársela al fin. Parecería más joven. Eso le gustaría a Alejandra. Pero seguía teniendo dudas con respecto al ramo de flores. Había preparado una composición de calas moradas y rosas vendelas de un blanco rosáceo, pero no se sentía satisfecho del todo. Dudaba y la maquinilla temblaba al deslizarse por la piel.

Noticias Radio Norte, contigo al filo de la noticia…

« ¿Y si hubiera combinado  un bouquet de rosas con mini claveles amoratados, lirios del Perú e hypericum? ¿O tal vez el clásico ramo de rosas blancas? Las rojas son demasiado comunes».

Buenas tardes, arrancamos el boletín informativo de las siete.

Había días como hoy en los que Mikel prefería escuchar las noticias en su lengua materna para enterarse de lo que pasaba al otro lado de la frontera. Aunque ya no podía decir su país. Después de tantos años viviendo en Hendaya, no se sentía en casa en ninguna de las dos partes. En ambas, le faltaba algo. Hablaba perfectamente castellano, euskera y francés y los parloteaba sobre todo en su floristería entremezclándolos como si fueran una única y propia lengua. La suya.

Alejandra venía a su casa a cenar. La primera cita en muchos años. Le había pedido a Nekane que cocinara rape en salsa y que dejara la casa niquelada especialmente su dormitorio y el baño. Y por ello,  se afeitaba la barba con sumo cuidado para manchar lo menos posible. Había comprado un buen vino y picoteo rico. Ya lo tenía todo y enseguida prepararía una coqueta mesa.

Ni Alejandra ni él eran ya los mismos ¡Quién se lo iba a decir! En el instituto no se soportaban. Ella era la pijatiesa y él el borono. Un encuentro casual en una librería en Donosti muchos años después cambió el rumbo de una relación maltrecha hacia una incipiente amistad. La de dos almas solitarias.

Hoy se cumplen veinticinco años del asesinato del farmacéutico de Tolosa, Abel Montes. Sus hijos exigen la reapertura del caso para esclarecer la muerte del padre. La policía no pudo identificar a los asesinos. La hipótesis barajada en su momento fue que dos o tres hombres le asaltaron minutos antes de cerrar la farmacia y…

Mikel se raspó la cara. Una pequeña herida de sangre teñía la barba blanca. Aparatosa. Se limpió con agua, escocía. Y con la toalla sobre el moflete, tiró al suelo la radio de un manotazo, descoyuntándola. Se miró en el espejo. Y reconoció una veladura en su mirada. Una sombra de que vivía dentro de él. Su pequeño monstruo. Con el paso de los años, había comprendido que todas las personas tienen por lo menos uno. Pero hacía tiempo que no lo sentía. Estaba limpio. La herida seguía sangrando por el moflete y el lavabo se teñía de agua roja. Lo estaba poniendo todo perdido. Como se quedó el suelo de la farmacia. El recuerdo de aquel fatídico día delante de sus ojos. El monstruo de nuevo sonriendo.

Si, estaba limpio. Pero sin embargo Jon, no lo superó. Falleció a los dos meses de la muerte del farmacéutico que ni siquiera supieron su nombre hasta que escucharon el suceso en las noticias. Abel Montes. Abel Montes. Abel Montes.

Tiró la toalla al cesto de la ropa sucia. Todavía sangraba y con ella una herida abierta. De  nuevo. Una especie de ola inmensa que subía y subía por su cuerpo, como cuando el mono se apoderaba de él. Quien fue drogodependiente no lo supera, tan sólo lo controla. Si puede. Y a trancas y barrancas había podido. «Es un mal momento, solo es un mal momento, todo pasa, todo pasa». Se acercó al ramo de flores y lo olió inspirando el aroma de la naturaleza por la nariz,  directo a los pulmones,  no como un  buen chute pero algo era algo  y luego el viaje. Se quedó tumbado en el sofá con los brazos y las piernas extendidas todavía con el pantalón de pijama. « ¿Cómo se iba a presentar así ante Alejandra?».

Sintió pánico. La tiritona. Se incorporó para coger el teléfono de la mesita auxiliar.

«Le diré que me siento indispuesto, que lo dejamos para otro día. Ese otro día no llegará. Maldita sea. Respirar, respirar, controlar la  respiración. Maldita sea. Ya lo siento Alejandra, ya lo siento…pero me encuentro fatal». Ya no tenía nada para ofrecerle, no podía con ello.

—Sí, Mikel

—Alejandra, ¿Qué tal?

—Nos vemos en un rato. Ya estoy casi lista. Lo que tarde en llegar. Me mandaste la ubicación por whatsapp, ¿no?

Silencio.

—Mikel, ¿pasa algo?

— ¡Eh no! Si, si, te la pasé. Tan solo quería escuchar tu voz.

— ¡Ay qué majo! En un rato estoy ahí. Besitos.

 

Abatido, dejó el teléfono al lado del ramo. No había sido capaz de afrontar la realidad, una vez más. Si, tenía que haber combinado las calas con hortensias blancas. Y trató de no pensar en lo otro. Aunque se percató de que hoy debía de ser 20 de octubre. Tenía que vestirse y prepararlo todo. Aquel fatídico 20 de octubre lo hubiera borrado de su vida de un plumazo. Y así evitar lo que vino después. Vagar por otro país, ganándose la vida de cualquier manera, solo, siempre solo, escapando constantemente. Pero aquel día el mono pudo con él. Miró el reloj. La hora se le estaba echando encima. Y sintió el reflejo de aquellos latigazos en el pecho, en el estómago, que aparecían cuando se ponía nervioso. Pero estaba limpio, gracias a las flores con las que había podido tirar para adelante. ¡Les fleurs! Había que poner la mesa y preparar el picoteo. No se tenían citas así todos los días. Y hoy casualidad era 20 de octubre. Pero no podía levantarse. De nuevo el monstruo delante de sus ojos. Y quería ir a vestirse. Necesitaba un poco más de tiempo. Ya no podía escapar, la ola se le había echado encima. Cerró los ojos.

Sonó el timbre. «Pero ¿cómo? ¿Qué hora es?». Mikel se incorporó de un salto en pijama y  con una herida todavía tierna en el moflete. La mesa sin preparar y la cena  dentro del frigorífico.

Abrió la puerta y Alejandra entró en la casa glamurosa y con paso firme,  la melena juguetona.

—Alejandra ponte cómoda, vuelvo en un momento. Perdona,  me he quedado dormido.

—Pero chico ¿qué te ha pasado en la cara?

—Un corte superfluo. ¡Ay, este bouquet es para ti! Te hubiera preparado un ramo clásico de rosas blancas pero quise ponerle algo de color… vuelvo, vuelvo enseguida—dijo Mikel acelerado.

—Gracias. ¡Qué detalle! Es precioso. Tienes una amplia casa —comentó Alejandra mirando hacia el ventanal del jardín,  cuando ya se encontraba sola en el salón con el ramo entre los brazos.

Alejandra se sentó en el sofá. Observó y olió las flores. Después se levantó para ver más de cerca reproducciones colgadas en la pared de los Nenúfares de Monet con  aquellos luminosos toques de rojos, malvas, amarillos y blancos sobre el agua verde estancada y husmeó entre los libros de flora y decoración de la amplia biblioteca. « ¡Cómo había cambiado, este chico!» Pensó que  se había vuelto muy tierno.

 Oyó un pequeño sollozo. Se acercó por el pasillo hasta el dormitorio y preguntó:

—Mikel ¿te encuentras bien?

Alejandra empujó la puerta entreabierta y lo encontró tirado en la cama bocabajo llorando bajito.

—Pero ¿qué te pasa?—preguntó mientras se sentaba al borde de la cama.

Y Mikel se dio media vuelta. Le oprimía el pecho y vomitó de carrerilla todo lo que tenía dentro. Lo que le tenía preso.

—Solo robé la metadona nada más y  cuando ya tenía la mochila repleta de dosis, a Jon se le fue la mano con el cuchillo. Por los nervios, Jon no era un mal tipo. Pero se le fue la olla, de repente. El puto mono. Si, robé la metadona pero no lo maté. Se llamaba Abel Montes. Lo supe después.

Mikel se quedó sollozando, con los brazos sobre los ojos.

—Estoy limpio, Alejandra. No maté a nadie. Estoy limpio. Desde hace años. Pero a Jon, se le fue la olla.

Alejandra se levantó. Mikel entendía que se fuera. Era inevitable. Curiosamente se sentía un poco más tranquilo, más ligero. Pero Alejandra se acercó desde el  otro lado de la cama y lo  abrazó, manchando levemente su blusa inmaculada de sangre fresca del moflete de Mikel. Y así, meciéndole suavemente,  se mantuvieron en silencio un buen rato.

—Tengo que ir a la policía — dijo Mikel, al fin.

—Te acompaño.

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¡¡¡Reto superado!!!! Gracias a los 52golpes por confiar en mi para participar en esta aventura en un año que no olvidaremos. Esta cita semanal ha sido la excusa perfecta para sentarme a escribir en momentos especialmente delicados.

Gracias a tod@s l@s que habéis leído mis relatos, por vuestros ánimos y por las generosas palabras.

Y creo que ahora si se podría decir eso de  “Ray Bradbury estaría orgulloso”.

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Publicado la semana 52. 27/12/2020
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Serie Los Nenúfares de Monet
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