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Emeberis

Ley Natural

Los chicos se divertían en los alrededores de la poza. En las tardes del mes de mayo el sol ponía a hervir la tierra y la sangre volcánica de los adolescentes entraba en el punto de ebullición. Era viernes y aprovechaban el tiempo libre después de las clases para chapotear en el agua,  descansar o pelear entre ellos como fieras salvajes. Los cuerpos musculados y blancos, algunos completamente desnudos buscaban nuevas sensaciones, el contacto con el aire, la hierba, el agua y la piel ajena. Todo se abría y despertaba cuando llegaba la primavera y con ella sus cuerpos aletargados durante el invierno.

El griterío se escuchaba desde la distancia por encima de los trinos de los  mirlos,  las tórtolas y algún cuco. Ella se acercaba sigilosa. Escondida detrás de los anchos troncos de los robles y espesos arbustos de helechos los espiaba y miraba abstraída, embelesada, hechizada.

Ellos reían escandalosos y ella se ajustaba las gafas para distinguirles.  Aquellos cuerpos que invitaban a ser mordisqueados, besados y acariciados, siempre en silencio y siempre al cerrar los ojos. No debía estar aquí, lo sabía, no estaría bien visto. Y mucho menos por las madres de sus alumnos. Era su tiempo de ocio , no debía perseguirles, pero llegada la tarde y el buen tiempo,  salía a dar un paseo y vencida por sus impulsos se encaminaba a la poza donde se juntaban los chicos, sólo por ver si estaban allí. La vocecilla interior le machacaba la parte superior de la cabeza y le pronosticaba fatales consecuencias, pero si  sólo es mirar, contemplarlos unos minutos nadas más, nada más que eso. La naturalidad, su espontaneidad,  ese fundirse con la naturaleza, ese dejarse llevar sin pensar, sentir sin pensar, solo sentir. Lo pagarás, ya verás, sentenció su enemiga íntima.

—Vaya señorita Guzmán. ¿Qué hace aquí, observando especímenes raros?  —le sorprendió por detrás uno de los chicos.

Ella se giró con rapidez y sintió que algunos mechones del moño se le desajustaban por delante del rostro sin poderle mirar directamente a la cara. Había reconocido la voz de Enrique que se acercaba a la poza con retraso.

— ¿Qué le pasa señorita Guzmán? ¿Le ha comido la lengua el gato?

Ella quería salir corriendo pero su propia voz le amonestaba tajante que no era un buen ejemplo huir como una colegiala y que ya le había advertido que eso de espiar a sus alumnos no era propio de una profesora decente. No quedaba otra que aguantar estoicamente el chaparrón.

Enrique silbó con fuerza y el resto de sus amigos fueron llegando atolondrados,  jadeando,  algunos desnudos. Ella se mantenía cabizbaja y aunque solo podía ver las pantorrillas fornidas, atléticas y cubiertas de vello de los muchachos distinguía a la perfección la voz del que hablaba en cada momento.

—Venga señorita Guzmán, venga a darse un chapuzón con nosotros. Esto está lleno de Pelophylax perezy.

—Eso señorita Guzmán, que hace mucho calor, venga y refrésquese.

Ella hizo un amago de querer escapar pero la sujetaron dos de los chicos que le sacaban una cabeza.

—No tiene calor señorita Guzmán, quítese, quítese la chaqueta.

La llevaron casi arrastras hacia la campa. Ella intentó escapar en diferentes ocasiones pero la volvieron a atrapar. Le ordenaron que se sentara sobre al mantel cerca de la cesta de comida.

—¿No le apetece comer nada? Mi madre hace un pastel de manzana exquisito.

—Si quiere también tenemos un poco de vino. Mire pruebe,  pruebe.

Ella se negó, evitaba mirarles a la cara, avergonzada y temerosa de lo que podría pasar. Alea jacta est.

Los chicos gastaban bromas imitando la voz de la profesora y su forma de moverse en clase. Siempre tan estirada. Subían la voz y ella se sobresaltaba y se encogía sobre sí misma como si fuera un ovillo.

— ¡Quítese las gafas señorita Guzmán! Queremos admirar sus preciosos ojos caramelo.

—No se quede ahí, vamos quítese el vestido, y venga a disfrutar del agua fresquita.

—Venga  no se haga la remolona. O quiere que le ponga un cero.

—No nos va a quedar más remedio que diseccionarla y pincharla con un alfiler.

El trino bullicioso de los pájaros se entremezclaba con el murmullo de las hojas y el chapoteo en el agua. Las risas, los jadeos se confundían con un leve y continuado gimoteo.

Empezó a anochecer y los chicos se vistieron.

—Hagamos un trato —dijo Enrique antes de regresar—. ¿Qué le parece señorita Guzmán?

El lunes por la mañana a la hora de la clase de biología los muchachos divertidos esperaban sentados en sus pupitres a que la señorita Guzmán entrara por la puerta y les pusiera el examen. Por una vez,  ellos tenían ventaja en clase, se sabían todas las preguntas.

La puerta se abrió y entró el director. Los chicos se miraron entre ellos,  sorprendidos y descolocados.

—Señores,  la señorita Guzmán ha dejado la escuela y ayer por la noche marchó del pueblo. En su lugar, yo impartiré las clases de biología hasta que encontremos un sustituto. Seguiremos adelante con el examen que les anunció la señorita, por decir algo. Yo mismo he preparado las preguntas. Vayan cogiendo sus bolígrafos que se las voy a ir dictando. Por cierto,  los señores Acosta, Aguirre, Mora, Nieto, Peña, Segura y Ulloa pasen por mi despacho una vez terminen el examen.

Publicado la semana 50. 08/12/2020
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