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Emeberis

Desvelo

En los últimos días el recuerdo de mamá va y viene. Con frecuencia. No es como antes. Cuando sólo pensar en ella desataba toda mi furia. Tras los años de terapia su recuerdo ya no duele, podría incluso decir que he llegado a perdonarla. Es más, he pensado seriamente en buscarla en saber que habrá sido de ella, si sigue viva y si reside, como creo, en Argentina.

Quisiera preguntarle:

—¿Por qué hiciste lo que hiciste? ¿Por qué te fuiste? ¿Mereció la pena? ¿Lo volverías a hacer?

La maternidad cambia la perspectiva de las cosas. Te coloca del otro lado y no sabes cuándo ha pasado ni cómo ha sido, pero te escuchas hablando como tu madre; diciendo lo que nunca pensé que diría, comprendiendo que es un papel agotador y disculpando sus torpezas como espero que mis hijas disculpen las mías.

El día ha sido duro. La planificación de la auditoria en el curro me ha puesto dolor de cabeza, llevar a las niñas al entrenamiento, la compra, la cena, tareas rutinarias que cada vez se me hacen más cuesta arriba. Las niñas duermen en su habitación. Por fin, el silencio. Me meto en la cama antes que Edu comience con su sinfonía de ronquidos y no me deje pegar ojo. Con el nacimiento de las niñas nuestra relación también se ha convertido en otra cosa. Ahora somos una pareja en blanco y negro, descolorida.

Doy vueltas sobre el colchón, me pesan las piernas, los brazos y parece que me escurro dentro del látex. Con una noche de descanso no va a ser suficiente, me quedaría todo el día aquí tumbada. Así pasó mama sus últimos días en casa. Tirada entre el sofá y su cama, con el semblante cansado y triste, en su mundo. Recuerdo cada detalle del último día. Por las veces que lo he revivido, supongo.  

Aquella tarde del 14 abril después del cole, un mensajero entregó en casa un sobre a mamá. En silencio se acercó a la chimenea para leer los documentos de espaldas a Terry y a mí. La pelota estaba llena de babas. «¡Qué no se entere mamá que estamos jugando dentro del salón! Nos largaría al instante al jardín». No quería hacer ruido, pero Terry saltaba y ladraba como un loco para atrapar la pelota. Mama ni se inmutaba. ¡Cómo adivinar a aquella edad el barullo que se estaba cociendo en su cabeza! Permaneció de espaldas con su melena pelirroja recogida en una voluminosa cola de caballo, baja. A mí, en cambio, me peinaba con dos tristes coletas a ambos lados de la cabeza y bien altas, para que abultara mi pelo ralo. La luz que entraba por la ventana se posaba en forma de rectángulos sobre el suelo y en la falda estampada de flores de mamá resaltando las vetas de hilo dorado, como las luces intermitentes de un árbol en Navidad. Cuando terminó de revisar los papeles apoyó el brazo sobre la repisa de la chimenea para descansar la cabeza mientras con la otra mano apretaba los documentos. Temblaba un poco. Terry curioso, se acercó por detrás meneando la cola. Miraba a mamá con la cabeza alta, el pelo rojizo reluciente.

—Mama, ¿te encuentras bien?  —le dije al acercarme. Me fijé que el sobre tenía el logotipo de un avión.

—Id a jugar al jardín y dejadme un rato tranquila.

—Mamá ¿te encuentras bien?

—¡Que me dejéis tranquila un rato, por favor!

Mamá salió del salón y subió las escaleras. El llanto era inconsolable. Al rato escuchamos un portazo. Terry jadeaba dejando al descubierto su enorme lengua roja. Después, salimos a jugar al jardín, como si nada.

Por la noche, cenamos con papá. Nos comentó con el rostro duro y entre dientes que mamá se encontraba otra vez indispuesta. Por aquel entonces papa ya dormía en la habitación de invitados y me explicaron que mi madre necesitaba descansar a solas. Y yo me lo tragué.

A la mañana siguiente, mamá ya no estaba. De madrugada, creo recordar, la puerta de mi habitación se abrió dejando paso a un hilo de luz. Un golpe seco en el suelo por el peso de una maleta y a continuación un beso suave y mojado. Sin palabras. Pero ahora dudo si realmente se despidió o simplemente lo soñé.

Edu se viene a la cama. Silencioso, como si tuviera almohadillas en los pies. Y yo todavía sin poder dormir. Antes necesitaba que me abrazara por la espalda para quedarme dormida. Ahora cuanto menos me toque mejor.

En unos minutos, comenzará la dichosa sinfonía, de momento suena el preludio de una respiración acompasada que poco a poco irá in crescendo. No puedo dormir. ¿Qué sentiría mi madre aquella tarde? ¿Angustia por tener que decidir entre su familia y su amante? ¿Culpa? Como Ana Karenina cuando se escapó con Vronsky. Leí la novela a regañadientes por recomendación de mi psicóloga y la verdad sea dicha, me impactó. Vislumbré el trance en que se encontraba mi madre aquella tarde y poco a poco según iba avanzando en la lectura la venda que tenía en los ojos con respecto a lo que hizo, se fue aflojando. ¿Y si me pasara a mí algo así? A mí eso, no me iba pasar nunca, no de ninguna manera. Eso pensaba. Ahora tengo el libro de nuevo en la mesilla. Lo releo a ratos. Sin embargo, yo no abandonaría a mis hijas.

¿Sentiría fuego en los ojos al verlo?, ¿el deseo correspondido en la mirada? Y del fuego de los ojos a la voluptuosidad de los labios carnosos. La dulzura en el gesto cuando me mira. Todo lo que dice me interesa. El asiente cuando yo hablo. Y esa sonrisa constante. Bobalicona. En la reunión de hoy he tenido que apartar la mirada hacia la pared en varias ocasiones para que el resto de los compañeros no se dieran cuenta del rubor de mis mejillas, del sofoco. He tardado más de lo habitual en recoger todos los papeles de la mesa, y él se ha entretenido al guardar el ordenador en la funda. Nos hemos quedado a solas en la sala, para hablar de nada relevante y con la mirada fija en el otro. Como dos tórtolos.

¿A mi madre también le pasaría algo así?

—¿Tomamos un café en el comedor? —.Como si siguiéramos planificando detalles de la auditoría para la semana que viene. Y ese gesto caballeroso de dejar pasar, poniendo la mano izquierda hacia delante y rozando con la mano derecha mi espalda, ¡ay! como una caricia en la piel desnuda. El escalofrío se manifiesta en carne de gallina. Él podía haberse quedado detrás sin más. ¿Por qué esa necesidad de tocar?

¿Ellos también sintieron algo así?

Y sigo dando vueltas mientras Edu ruge como un león. Le doy un par de patadas, no vaya a despertar a las niñas. Imagino, sin embargo, que él no ronca y que me abraza por detrás. Parece que me voy quedando dormida entre los brazos de Morfeo.

¡Yo no abandonaría a mis hijas! Aunque a lo mejor sólo le caigo bien y me considera una buena compañera de trabajo, sin más. Fantaseo que me besa, siento un latigazo en el bajo vientre. Y entonces ¿por qué me mira así? Con un infierno en los ojos.

¡Ay! sigo sin poder dormir. Mañana le volveré a ver. ¡Ay! mamá si estuvieras aquí.

Publicado la semana 5. 30/01/2020
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Ana Karenina de Tolstoi, Cuadro de Arthur Hughes "Una nube pasajera"
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