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Emeberis

Shanghai Fashion Week

Tras la discusión con Mei Ling, Cecilia se dirigió al Jardin de Yuyuan para airearse un poco antes de regresar al hotel. Era verano y el recinto estaba abarrotado de visitantes en su mayoría de origen asiático. Desde la pasarela en torno al estanque observaba cómo los turistas daban de comer a los peces que teñían las aguas con sus escamas naranjas, plateadas, amarillas y marrones.  

 

Mientras paseaba, Cecilia buscaba un poco de sosiego en las formas sinuosas de las antiguas residencias reales. Observó con detenimiento los pabellones de ladrillo de baja altura coronados con graciosos tejados en forma de cuerno. Las fachadas se cubrían de filigranas doradas y de motivos geométricos a modo de celosías. Al fondo, por encima de los árboles sobresalían los rascacielos acristalados. Desde este punto, los turistas se apelotonaban como los peces para inmortalizar la perspectiva perfecta de una ciudad que transitaba a dos velocidades.

 

Cecilia prosiguió su camino de vuelta al hotel atravesando el mercadillo. Había intentado contactar con Eneko en varias ocasiones, sin éxito desde la última vez que hablaron cuando ella se encontraba en al aeropuerto de Nueva York antes de volar a Shanghai. ¿Estaría haciendo ya las maletas? Esta vez parecía que iba en serio. Cecilia le prometió que éste era el último marrón en el que le metía su jefa. En cuanto terminaran los desfiles de la Shanghai Fashion Week, volvería a Bilbao y se irían de vacaciones. No le sirvió de mucho, Eneko le contestó que se acabó y le colgó el teléfono.

 

El olor a comida dulzona y empalagosa que impregnaba todo el bazar, le provocaba náuseas. Los puestos se adornaban con banderolas, lámparas de papel rojas y doradas, de las que colgaban manojos de hilos, también rojos. En los estantes se disponían filas ilimitadas de relojes, bolígrafos, carteras, pañuelos, zapatillas, pulseras, pendientes y demás amuletos a los que Cecilia miraba de reojo para no ser asaltada por los vendedores chillones. El ruido a estas horas de la tarde le molestaba en exceso. Se adentró en el corazón del bazar donde las callejuelas se estrechaban y se oscurecían. Algunos puestos ya habían encendido las luces.

 

Todavía tenía muy presente la discusión por los últimos detalles del desfile. ¿Qué significaría Xià dìyù? Así se despidió Mei Ling antes de salir de la oficina dando un portazo. Sonó a amenaza. Los compañeros bajaron la mirada y guardaron un profundo silencio. No iba permitir que esta china testaruda le boicoteara el desfile. De momento, con una crisis sentimental ya tenía suficiente. A su vuelta, hablaría muy seriamente con su jefa. Este trabajo ya no le compensaba.

 

De frente, por encima del alero del edificio descubrió dos grandes y preciosos dragones entrelazados. Años atrás, cuando empezó a viajar por Asia, Cecilia había leído en alguna guía que los dragones orientales estaban compuestos de atributos de nueve animales diferentes: melena de león, cuernos de ciervo, ojos de langosta, nariz de perro, morro de camello, bigotes de bagre, escamas de pez, cola de serpiente y garras de águila. ¡Qué cosas más curiosas retiene la mente! Estos dos ejemplares contaban con todas ellas. A diferencia de los dragones occidentales no echaban fuego por la boca, ni tenían alas, no las necesitaban. Representaban la delicadeza pura.

 

Bajo los dragones, vió un escaparate repleto de modelos de tatuajes: calaveras, mariposas, tigres, estrellas, geométricos. Era una tienda pequeña y oscura. A través de los espacios existentes entre los tatuajes, detectó movimiento. Miró el reloj, se estaba haciendo tarde, pero sintió curiosidad y decidió entrar. Una chica joven sonriente le atendió tras un pequeño mostrador decorado con un exótico jarrón de orquídeas blancas. Le invitó a sentarse en una de las sillas disponibles y le alcanzó un muestrario muy pesado. Cecilia lo hojeó. Siempre había querido hacerse un tatuaje pero nunca se había atrevido. La chica no paraba de sonreír y eso le tranquilizó. El último cliente salió cojeando de la pierna derecha con toda la pantorrilla recién tatuada y enrojecida. Cecilia sintió los músculos en tensión preparados para salir corriendo. Al poco, apareció una anciana de baja estatura con una mascarilla de papel sobre la garganta. Le llamó tanto la atención aquella venerable mujer que decidió quedarse. La anciana murmuró algo. Cecilia lo único que entendió fue que hablaban de dinero. Cuando el cliente salió, la anciana se sentó a su lado poniéndole la mano en la espalda y le hizo muecas para que le indicara el tatuaje que prefería. Cecilia sintió tanta paz que se dejó llevar. Abrió el libro al azar por la página de una pareja de dragones idénticos a los que colgaban en la fachada del edificio.  Cecilia lo señaló. La anciana se levantó y le indicó que le siguiera. Ya dentro en la habitación, la chica limpió el hombro izquierdo de Cecilia con un líquido muy frío mientras la anciana preparaba el instrumental.

 

—No pain —dijo la anciana antes de subirse la mascarilla.

 

El primer pinchazo fue como la picadura de una abeja, le pilló desprevenida.  Cecilia comenzó a sudar y sintió un gran escozor en el hombro. La anciana murmuraba unas palabras en chino.

 

—Bǎochí lěngjìng.

 

—Relaja — tradujo la chica con mucho acento—. Estate en paz o el dragón te dominará al entrar en piel —concluyó mientras le abanicaba.

 

El zumbido constante de la máquina y los pinchazos cada vez más seguidos, hicieron que se le fuera la cabeza como si flotara sobre un barco que sorteaba olas cada vez más grandes.

 

Cecilia despertó al día siguiente en la habitación del hotel sin saber muy bien dónde estaba ni como había llegado allí. Estaba desnuda. Tenía la lengua pastosa y agujetas por todo el cuerpo. Como si hubiera pasado toda la noche trajinando de aquí para allá. Cecilia no recordaba con claridad. Tan sólo pequeños fogonazos de la noche y un ruido constante de rugidos y zumbidos. Todo le parecía muy raro, el cansancio extremo, el cuerpo descompuesto, ¿se habría pegado la gran juerga y no se acordaba de nada? ¿Le habrían echado algo en la bebida?

 

Encendió el móvil y descubrió más de quince llamadas de Mei Ling. Ninguna de Eneko. Al ver la hora se dio cuenta de que había pasado casi todo el día durmiendo. Intentó darse prisa, el desfile estaba a punto de comenzar, pero el cuerpo no le seguía. Volvió a llamar a Eneko. El teléfono seguía apagado o sin cobertura.

 

¿Y qué iba a hacer ahora? Otra vez, la triste soltería. Adiós a sus vacaciones de lujo por Egipto y a su deseo de ser madre. El tiempo se le había echado encima en todos los sentidos. Se miró al espejo ¡Qué mala cara! La melena morena electrizada le recordaba un autorretrato de Leonora Carrington que había visto la semana anterior, en el Metropolitan de Nueva York. Parecía una leona. La piel de la cara la tenía muy seca y las facciones muy duras, casi parecía una cara cubista, descompuesta. Todo el cuerpo estaba recubierto por una película blanca repleta de pequeñas escamitas, le tiraba mucho la piel. Fue en ese momento cuando se percató de los dos dragones enrojecidos tatuados en su hombro izquierdo y envueltos en un plástico fino. Se pasó la mano. Todavía escocía.

 

La sintonía del móvil la apartó de sus pensamientos. Mei Ling echaba pestes chinas que a duras penas traducía al inglés. Cecilia sin levantar la voz le dijo que se relajara y que se fuera al cuerno con su desfile. Y cortó la llamada. Había decidido en ese mismo instante que se iba a tomar las cosas con más tranquilidad. Además, no estaba presentable para nadie con este careto. El móvil se le escurrió de las manos. Juraría que las uñas le habían crecido unos milímetros desde que se había levantado y que estaban retorciéndose un poco hacia delante. Le costó coger un vaso de agua que no atinó a llevar a la boca. Se miró de nuevo en el espejo. Se asustó al comprobar que el maxilar se había convertido en un morro voluptuoso y los ojos verdes fosforito se habían agrandado. ¡No lo podía creer! Se estaba transformando en una especie de dragón que se estaba adueñando de su cuerpo. No sabía cómo pararlo. La piel empezaba a coger un tono pálido verdoso mientras una hilera de vello brotaba lentamente por la espalda. Se retiró del espejo porque se daba miedo. Seguro que habría sido la maldición perversa de Mei Ling. Se dirigió a la ventana y la abrió de par en par para respirar. El sol empezaba a acostarse. El aire ondulaba su melena. Los cuernos asomaban tras la pelambrera. Las manos y pies se habían convertido en garras. Quiso llorar, pero no salieron las lágrimas. Se subió al marco de la ventana y desde esa perspectiva las personas y los coches parecían hormiguitas. Miró al horizonte urbano. ¡Sintió unas ganas irresistibles de volar y dejar todo atrás! Cogió impulso y con arrojo se abalanzó al vacío. Perdió el equilibrio y dio un sinfín de volteretas en el aire, como una trapecista aturdida. Cerró los ojos y se dejó llevar, consciente de que en cuestión de segundos se estamparía contra el suelo. El impacto, sin embargo, no se produjo y advirtió en ese momento que el vuelo era más horizontal que vertical. Abrió los ojos. Un dragón enorme como el que había visto en la fachada del bazar la arrastraba y la iba soltando poco a poco. ¡Volaba! Ella sola. ¡Volaba! A veces daba tumbos.  

 

Había desaparecido el asfalto, las hormigas y los rascacielos. El cielo era azul eléctrico, limpio sin ninguna nube. Sobrevolaba las montañas pobladas de vegetación y ya se veía el lago. El dragón le seguía por detrás. Sus cuerpos escamosos aleteaban como banderas al viento. Otros dragones los adelantaban por arriba o por debajo. Cecilia quería sonreír, pero solo gruñía. Era una sensación maravillosa. El dragón rugió con fuerza. Poco a poco, emprendieron el descenso. Aterrizaron en la orilla del lago. Se acurrucaron sobre la tierra mojada y permanecieron así, inmóviles durante mucho tiempo dejando impresa la huella de dos dragones entrelazados.

 

Publicado la semana 49. 04/12/2020
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