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Emeberis

Regalos encadenados

Jesús Robledo fue despedido dos semanas antes de Navidad. Vagabundeó unos minutos por el parking del edificio de la Ford con una bolsa de plástico negra donde metió apresuradamente las pocas pertenencias que guardaba en su taquilla. Nevaba suavemente. Los pequeños copos de nieve empañaban sus gafas oscuras, que nunca se quitaba y aliviaban el sofoco de las mejillas. Pensó en Mayra, en el disgusto que le daría, ahora que empezaban a salir del hoyo. No le diría nada, de momento.

Robledo arrancó su vieja camioneta y se dirigió al centro. Encogido en su anorak y con las manos en los bolsillos, caminaba entre los rascacielos sobre la nieve aguada, mirando sin mirar, buscando entre los grises de la ciudad, ahora irreconocible, una solución. Necesitaba pensar. Mayra no lo iba a encajar. Aquel tipo engominado de corbata verde fosforito y mirada afilada se la tenía jurada. Por no meter horas extras. Pero es que tenía cosas mejores que hacer que malgastar su tiempo libre en una cadena de montaje.  Caminó y camino, con los pies metidos en dos bloques de hielo hasta acercarse a aquella vieja tienda de instrumentos musicales. En el escaparate brillaban entre lucecitas una Fender Stratocaster negra, una Gibson J-45 y la magnífica Yamaha FSX5 de madera caoba. Se quedó pegado al cristal como un niño que observa hechizado el regalo que espera para Navidad.

El juego intermitente de las luces, la ves y ahora ya no la ves, aventuraba lo que este año tampoco podría ser. Sacó el sobre del despido y contó los dólares. No le llegaba para el anillo de pedida, ni sumando los ahorros. Robledo no entendía cómo le podía hacer tanta ilusión a Mayra toda aquella parafernalia con los años que llevaban viviendo juntos.

—Cuando me lo probé lucía en mi mano como si nunca hubiera fregado un cacharro. Se lo pediré a Santa y a ver qué pasa —le repetía Mayra con insistencia mientras le guiñaba un ojo.

Pensando esto, le entraron las prisas. Robledo preguntó en los comercios, en los bares, por las obras, recorrió los polígonos industriales. Con el paso de las horas no sentía las piernas y los dientes castañeaban. Harto de que le mintieran diciendo «seguro que encuentras algo por Navidad», se resguardó en su camioneta. Cogió su vieja guitarra del asiento del copiloto y empezó a tararear Knock, knock, knocking on heaven´s door. Sus dedos corrían como patas de araña sobre las cuerdas desafinadas. La música había sido siempre su refugio. Acarició su vieja guitarra. Comenzó a entonar Like a Rolling Stone. Y mientras cantaba, animado por el ímpetu de su voz, se lanzó de nuevo a la calle como un trapecista se lanza al vacío. Confiado.

Eligió la estación de los Museos, por ahí pasaba gente de pasta. Colocó la funda deshilachada en el suelo y comenzó a cantar. Primero Bob, luego Neil y se atrevió también con sus viejas canciones. La funda se llenaba poco a poco de monedas. Un hombre vestido de negro se detuvo a escucharlo durante un buen rato. El sombrero de cowboy le tapaba el rostro. Robledo se sorprendió cuando el hombre depositó con cuidado un billete de los grandes.

 

Y así pasó los días tocando en el metro. A ratos se formaban corrillos de gente que coreaban las canciones. Robledo cerraba los ojos y sonreía mientras cantaba desde las entrañas. El hombre de negro surgía de la nada y volvía a depositar unos cuantos billetes de los grandes.

 

El día de Nochebuena, Robledo juntó todo lo recaudado encima del mostrador de la joyería y a cambio una estirada dependienta le entregó una bolsita enana. «Tanto esfuerzo para esto». Sin dinero, paseó hasta la tienda de instrumentos para suspirar por su amada Yamaha FSX5. Pero ya no estaba en el escaparate. Nervioso como un felino enjaulado, dio varias vueltas, hasta que decidió entrar a preguntar.

 

—Se vendió la víspera.

 

—Mejor así.

 

Al día siguiente, Robledo entregó la cajita con el lazo a Mayra. El anillo Eclosión Guirnaldas del desierto de oro rosa de 18 kilates brillaba en la mano huesuda de su prometida. Mayra le abrazó con los ojos vidriosos.

 

—Este el principio de una nueva vida —le dijo.

 

Robledo esbozó una sonrisa cansada. Mayra se ausentó un momento para traerle su regalo.

 

Robledo tuvo que sentarse. El estuche negro parecía un sarcófago que contenía el más  preciado tesoro, la Yamaha FSX5, de madera caoba. Robledo se echó a llorar como un niño desconsolado.

 

—No llores cariño, ahora que trabajamos los dos la pagaremos a plazos.

 

Robledo se incorporó y agarró a Mayra por las manos, sintiendo como se incrustaba el anillo en la carne.

 

— ¡Oh, querido cuánto tiempo he esperado este momento!

 

—Mayra, mi amor, he de darte una noticia….

 

A los pocos minutos, Robledo caminaba apesadumbrado y cabizbajo hacia la estación con su flamante Yamaha al hombro. Rezaba para que el hombre de negro no lo abandonara.

Publicado la semana 48. 29/11/2020
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