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Emeberis

El mejor lugar del mundo

Pedro se puso el abrigo mientras su mujer le insistía que se quedara en casa. Que no tenía ninguna obligación de ir al hospital, si se sentía indispuesto. La puerta de la calle se cerró a modo de respuesta.

— ¡Ay, qué hombre más testarudo!

Pedro se metió con lentitud en su viejo mercedes, cada día le dolían más las articulaciones y se reía de sí mismo comparándose con el hombre hojalata. Aunque hoy no se había levantado con ganas de mucha broma. Se ajustó las gafas y cogió un poco de aire antes de arrancar el coche camino del hospital. Ibrahim estaría solo todo el día. Había nacido demasiado pronto. Era un día de lluvia intermitente y las hojas caídas de los árboles revoloteaban alrededor del parabrisas. Conducía despacio mientras se fijaba en las frondosas copas amarillentas de los árboles de la alameda, como si viera pasar toda su vida a cámara lenta.

Al entrar en el hospital, los saludos calurosos se sucedían a través del intrincado laberinto de pasillos iluminados de luz blanca y fría hasta que llegó al ascensor. Cuando se aseguró de que nadie le veía,  se recostó en la pared mientras esperaba para recuperar el aliento.

Las puertas metálicas se abrieron en la planta de pediatría y Pedro caminaba despacio volcando el peso del cuerpo en cada pierna y se entretenía en los puestos de las enfermeras.

— ¿Cómo está tu hijo, Luisa?, ¿Qué tal te fue la cita con el neurólogo, Elisa?

— ¿Cómo estás, Pedro?

—No tan bien como tú —contestó sonriendo.

Al llegar a la UCI sólo se escuchaban los leves pitidos intermitentes de los monitores. Cinco de las cunas estaban ocupadas por unos cuerpecillos diminutos atravesados por cables transparentes,  de los que sobresalían unas redondas cabecitas algunas calvas y otras pelonas. Pedro los contemplaba apoyando las manos en el cristal. Y ya sentía en sus brazos el agradable cosquilleo de achuchar a los prematuros. Se dirigió a la salita contigua donde los padres podían atender a sus pequeños. Estaba vacía.

Al poco rato, la enfermera trajo el cuerpecillo moreno de Ibrahim entre sus brazos que  lloraba desconsolado. Pedro conmovido por el llanto se sentó rápidamente en su sillón y lo acogió entre sus brazos  acariciando con su ancha mano toda la cabecita del bebé. Era increíble que una cosita tan pequeña provocara aquel escándalo y agitara los brazos y piernas de aquella manera errática. « ¡Eres un bichito revoltoso!». La enfermera le acercó al anciano un biberón de juguete que al ofrecérselo a Ibrahim calló al instante y comenzó a chupar con fruición. La enfermera y el anciano sonreían porque la recuperación del pequeño estaba siendo muy favorable. Pedro se sentía pletórico. Desde hacía quince años, acompañaba a los  neonatos de la UCI pediátrica tres días por semana y gracias a  ellos había encontrado su lugar en el mundo. No pudo acompañar a sus hijos. Fue Matilde la que se encargó de todo. Y era algo que le perforaba la cabeza. Para qué tanto esfuerzo, tanta dedicación, tantas horas en aquella oficina, reuniones intempestivas, tantos viajes, tanta prisa por hacer urgente lo que luego hubo que deshacer. El status, el poder sobre los demás, la competitividad feroz, la hipocresía,  el dinero. La vida no iba de eso. Aquellos pequeños le habían enseñado tanto. Ahora lo tenía claro y el estómago se le encogía cuando recordaba el tiempo perdido.  Ibrahim chupaba para salir a flote, con los ojos bien abiertos. Y mientras,  el pinchazo le atravesaba el costado en dirección  al corazón. Aguantó. Aquellos bebes tiernos, diminutos, esos pequeños héroes no sabían nada del mundo al que acababan de llegar pero  se aferraban a la vida y a su dedo como fieras.¿Y ese olor? Ese olor inconfundible a nuevo, a bosque inmenso, a flores frescas, a madera recién mojada, a eso olían esos pequeños terneritos.

—Hoy mamá tiene que cuidar de Jamal y papá vendrá a conocerte tan pronto le den el permiso en el trabajo. ¡Tenías prisa por venir al mundo, eh bribón!

Pedro comenzó a tararear bajito aquella nana que su madre le cantaba de pequeño y que la aprendió cuando marchó a Francia y  se puso a servir en Bordeaux con la familia Bonnet.

Au clair de la Lune
Mon ami Pierrot
Prête-moi ta plume
Pour écrire un mot

Incorporó a Ibrahim y lo acurrucó contra su hombro para que echara los aires. El pequeño vomitó la leche que discurrió como un arroyuelo por el jersey azul de Pedro. El anciano sonrío. «¡Qué aproveche, bombón!». No había sensación más placentera que sentir su calor y los latidos galopantes dentro de su cuerpecito.

Ma chandelle est morte
Je n'ai plus de feu
Ouvre-moi ta porte
Pour l'amour de Dieu

Y el niño se acurrucó en su hombro, tranquilo, confiado. La enfermera salió un momento de la salita para encargarse del pitido de uno de los monitores.

Y así se quedaron solos Pedro e Ibrahim, Ibrahim y Pedro que tatareaba la nana bajito  y acariciaba con delicadeza la delicada piel del chiquitín. Pero esa punzada en el corazón le molestaba más que de costumbre, como si le hubieran atravesado una espada por la espalda en el último combate.

—Estoy para tirar, pequeño­—le susurró. Y Pedro cerró los ojos centrado en su respiración.

Desde el cristal se les veía acurrucados, ajenos al mundo, dándose calor a reloj parado.

La enfermera regresó cuando Ibrahim comenzó a llorar con fuerza. Se había quedado atrapado entre los brazos y la cabeza de Pedro que aplastaba el cuerpo del bebé. Ella esbozó una sonrisa al ver la escena, una versión actualizada de una Madonna con el niño. Intentó despertar a Pedro con ligeros toques en el hombro, las gafas de pasta negra cayeron, los cristales reventaron.

—Pedro despierta, despierta.

La enfermera cogió al niño con cuidado que lloraba desconsolado.

—Va, va Ibrahim. ¿Qué pasa, chiquitín?

La cabeza de Pedro se quedó colgando y entonces el cuerpo se volcó hacia adelante,  inerte.

Ibrahim no paraba de llorar.

Publicado la semana 47. 21/11/2020
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In memoriam David Deutchman
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