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Emeberis

Histeria

A través de las rendijas de los ojos descubrí que la luz entraba de lleno por la ventana. Mi cuerpo desplomado bocarriba en la cama como si soportara una losa de mármol. Había estado discutiendo con mi ex, así que fue un alivio despertar. Traté de moverme un poco, pero el sopor que sentía me impedía incluso abrir más los párpados. Aun y todo distinguía el armario al frente donde se reflejaba la luz del sol, sería un día radiante. Quise mover las manos, pero estaban paralizadas. Las piernas tampoco respondían. Nunca me había costado tanto levantarme.  Notaba presión en la cabeza que estaba librando una batalla con el cuerpo para que se moviera. Escuchaba los trinos de los pájaros entremezclados con susurros humanos. Con todas mis fuerzas quise incorporarme, pero estaba aprisionada por mi propio organismo. Quería gritar ¿Quién anda ahí?  Pero no podía hablar. Era consciente de lo que veía y escuchaba. ¿Quién anda ahí?  La pregunta resonaba en mi mente. Miré hacia la puerta de la habitación, estaba abierta. Nadie en mi ángulo de visión. Sin embargo, sentía respiraciones leves cerca. Como si desde dentro del armario una siniestra criatura me observara. Movía mis ojos de aquí para allá buscando, dolían. Los susurros eran cada vez más cercanos y un cosquilleo inusual recorría mi cuerpo inerte. Al fin, escuché la puerta de la calle cerrarse suavemente con dos vueltas de cerradura. Desperté. Aunque esta vez, me incorporé sin problema. Recordaba el episodio de la parálisis perfectamente. Recorrí la casa y estaba plácidamente bañada por la luz del sol. Respiré entonces. Sin embargo, las llaves de casa no estaban puestas en la cerradura, como siempre. Intenté abrir la puerta, pero estaba cerrada.

— ¡Sacadme de aquí!

Cuando me di la vuelta y lo vi, grité enloquecida.

Publicado la semana 43. 24/10/2020
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I
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