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Emeberis

Muro de la Vergüenza

La pulsera aparece en una de las vieja cajas mientras limpio el trastero. La miro y me la pongo en la muñeca derecha.

9 de noviembre de 1989. Pienso en Eric. Era jueves y  tenía entrenamiento. No quería ir. A ratos creía que pasaba sólo por  una mala racha. Eso me consolaba. Por otro lado, era la única oportunidad que tenía para verle.  Eric me reprendía todo el rato, por cada canasta fallida, por las faltas en ataque, por las pérdidas de balón. Durante los partidos, apenas me mantenía unos minutos en pista.

Muevo las cajas de aquí para allá, sin saber muy bien qué hacer con ellas. Estornudo por el polvo que desprenden.

Aquel entrenamiento fue más de lo mismo. Corría con cada jugada, peleaba por cada balón, pero no atinaba en los tiros. Eric mostraba muecas de desagrado cuando me miraba con ojos decepcionados. Y cada mueca lo alejaba más de mí. Celebraba los triples de Susana o los tapones de Silvia con una atractiva sonrisa y cuando se acercaban al banquillo las abrazaba. Al finalizar el entrenamiento,  me comunicó que dejaría de ser la capitana del equipo. 

—No sé qué hacer contigo —dijo como un pensamiento de esos que se verbalizan sin querer y a continuación me dio la espalda.

Una hoguera ardía en mi estómago y me quemaba por dentro. En la ducha del vestuario lloré en silencio bajo el chorro. Me vestí, sin prisa. Y cuando ya todas las compañeras se habían marchado, volví a la pista vacía. Tiré la mochila al suelo con rabia y cogí uno de los balones bajo el banquillo. Corrí como si simulara un ataque. Ensayé triples, tiros libres. Las suelas de las zapatillas rechinaban doloridas  sobre el parqué brillante.  No me di cuenta de que Eric me observaba desde las gradas hasta que se acercó.

—Me evitas

Con ganas le hubiera gritado el ardor que sentía dentro.

—Lo dejo—dije sin mirarle a los ojos. Me llamaría cobarde o algo parecido. Pero no, no dijo nada de eso. Eric me cogió por la barbilla y me miró desde arriba a contraluz, como si tuviera un halo sobre su cabeza.

—No me puedes hacer esto. —El labio inferior le temblaba un poco.

Se soltó la pulsera de cuero que llevaba siempre y me la colocó en la muñeca derecha.

Aquella noche llegué a casa desconcertada con el calor del cuero  en mi muñeca, como lo siento ahora. Mis padres veían las noticias en silencio, agarrados de la mano. En las imágenes cientos de personas pertrechadas con martillos y estacas, golpeaban con fuerza sobre el Muro de Berlín. Abrían pequeños boquetes en el cemento, con sonrisas apesadumbradas.  El Muro entre las dos Alemanias se venía abajo. Aquello me pareció premonitorio. Y lo fue, al menos durante unos cuantos años.

Sin quitarme la pulsera, sigo abriendo cajas en el trastero. ¿Qué habrá sido de Eric?

Publicado la semana 41. 11/10/2020
Etiquetas
Caida del Muro de Berlin
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Relato
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I
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