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Emeberis

La Marea

Era de ya de noche cuando salimos a la calle. Avanzábamos en silencio paso a paso, expectantes y un poco temerosas, en una especie de manifestación silenciosa y espontánea. Las calles del centro estaban desbordadas de gente como no habíamos visto en mucho tiempo. Las noticias habían informado ya desde primera hora de la mañana que el dictador y sus secuaces habían huido del país por la puerta de atrás. Pero ¿y si no era cierto?  ¿Y si tan sólo era otra más de sus estratagemas?  Luna me cogió de la mano y me miraba con una amplia sonrisa arrugada. Quise retirar la mano y volverla a meter dentro del bolsillo descosido del abrigo lo antes posible. Tenía la sensación de que nos seguían vigilando. Poco a poco, aquella oleada humana ocupaba las calles y fluía libremente sin cortapisas por todos los rincones de la ciudad. Comenzamos a hablar con desconocidos, las personas se abrazaban, a lo lejos coreaban canciones prohibidas por el Régimen que desde nuestra posición se escuchaban cada vez más con más nitidez. Entramos en la plaza Nueva. Como un río que desemboca en el mar. En la pantalla gigante colocada sobre la fachada del ayuntamiento, el nuevo presidente en funciones daba un discurso. Apenas oíamos nada. La gente aplaudía y nosotras con ellos.  «Se convocarán elecciones» gritó un hombre que estaba subido a una farola, las primeras del siglo. La gente se abrazaba y nosotras llorábamos y saltábamos como si fuéramos dos niñas con coletas y uniforme. ¡Volveríamos a votar, a nuestra edad! Se lanzaron los primeros cohetes y petardos. Palmeras azules, rojas, verdes lucían en la noche oscura y el sauce llorón de intensas ramas amarillas se abalanzaba sobre nosotras para acogernos en su regazo de luz. Ahora ya podíamos morir en paz. Se descorcharon botellas de champan, íbamos de aquí para allá como una gran marea humana. Sentía el corazón todavía encogido, latía muy deprisa y esperaba despertar de este sueño  en cuanto sonara la estridente la sirena al amanecer. Y entonces volvería a la inevitable realidad.

—Pellízcame, pellízcame —le exigí a Luna.

Y entre toda la algarabía, Luna me sorprendió sujetando mis mofletes entre sus manos huesudas y a través de los cristales empañados me miró con sus ojos de ratita y me preguntó:

—Julia, ¿te quieres casar conmigo?

Con la emoción contenida en la garganta, nos dimos el primer beso en público, bajo una lluvia de confetis y serpentinas, atenta siempre por lo que pudiera pasar después.

 

Publicado la semana 40. 04/10/2020
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