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Emeberis

Lunes 20 de enero de 2020

—¡Qué asco de vida! —pensó Sylvia mientras daba una calada a la boquilla de su cigarro. Contemplaba las gotas pegadas al cristal del bar sin ninguna gana de moverse para entrar a trabajar. Era lunes veinte de enero, todavía no había amanecido y para calentar el vacío en el estómago, dio un buen trago a la copa de armañac que depositó junto al café solo. Hoy cumplía cincuenta y seis años y no esperaba que nadie le felicitara. Adour su viejo e inseparable pastor alemán se había muerto durante las Navidades y todavía su manta, el comedero y los juguetes de goma seguían desperdigados por la cocina. Ahora sí que se había quedado sola de verdad. ¡El año no podía haber empezado mejor! Se ajustó las gafas con fuerza como si ese gesto le impidiera llorar.

Entró en la redacción sin saludar, como de costumbre. El corrillo de jóvenes periodistas cuchicheaban, se reían y levantaron la voz cuando Sylvia pasó por su lado.

—Buenos días, Sylvia. ¿Has visto qué tomates llevas en las medias? —le dijo con malicia la hija del presidente del periódico.

El grupo río a carcajadas, exageradas y cuando Sylvia llegó a su mesa situada al fondo frente a los archivos, se sentó y se miró las piernas. Con disgusto, tocó el par de agujeros a la altura de la pantorrilla. Intentó alargar el vestido de franela de cuadros rojos y negros, sin éxito.

—¡Maldita cría, que no sabe escribir un artículo! —murmuró Sylvia.

Observó las montañas de papeles, dosieres de noticias y facturas que tenía por archivar. En eso consistía últimamente su trabajo. ¡Cuánto echaba de menos sus treinta años como redactora! El nuevo equipo directivo del periódico la había confinado a galeras, abriendo paso a los nuevos fichajes muy bien relacionados con los miembros del Consejo de Dirección.

—¿Has visto el suplemento que hemos sacado sobre el blue monday? —le preguntó la hija del presidente mientras le tiraba el ejemplar sobre el resto de los papeles.

—¡Escribís una serie de chorradas hoy en día!

—¿Te parece? No sé, pienso que los consejos que damos ayudan a la gente, incluso puede que consigamos hacerte sonreír.

—¿Para afrontar un jodido lunes de enero? ¿Desde cuándo eso es noticia?

—Anda léetelo, a ver si te relajas —le dijo mientras se daba media vuelta.

Sylvia la miró por encima de sus gafas en silencio, no entraría al trapo, no había nada que hacer. Dijera lo que dijese llevaba las de perder. Echaba de menos a compañeros de trinchera, aquellos que se pateaban las calles, que se cuestionaban las noticias, aquellos que hacían las preguntas incómodas las veces que hiciera falta, los que no cedían ante las presiones. Y en cambio esta pandilla de serviles manipuladores a la caza de titulares impactantes, escandalosos, pretenciosos, eran capaces de venderse entre ellos para traer la primicia. ¿Y para qué contrastar la fuente? ¿Y la rigurosidad? ¿Y para qué profundizar si cuantas más noticias mejor? Para que el ciudadano pueda consumir mucha información como consume comida basura. Pero ya no tenía fuerzas de ir contra el sistema, de rebelarse todo el tiempo. Ahora reservaba las fuerzas para las batallas que le importaban. Eso sólo se aprende en el máster de la vida.  Sentía a su vez, un gran vacío en el estómago, como el de primera hora de la mañana, el mismo de ayer y de antes de ayer. Cogió del bolso la petaca y escondida tras las montañas de documentos dio un trago. En ese momento, el redactor jefe se acercó para dejarle otro montón de papeles para destruir.

—¡Qué sea la última vez! Si por mi fuera estabas ya en la calle.

Sylvia sabía a lo que se refería. Aquel fatídico día. La rueda de prensa tras la moción de censura al Gobierno de Rajoy. Se entretuvo en el bar cercano al Congreso de los Diputados. No tuvo su noticia. No al menos como ella estaba acostumbrada a escribirla, de primera mano y en profundidad. No estaba en condiciones. Y las malas lenguas hicieron el resto. No le gustaba recordar aquel episodio. Le hacía sentirse muy pequeña y todavía hoy no conseguía sacudirse la culpa. Necesitaba otro trago para digerir la única mancha en su carrera, pero ¿quién no la tenía? habría que aguantar hasta el siguiente descanso mientras se aburría soberanamente moviendo papeles.

A media mañana, la jefa del Gabinete del Gobierno Mirta de Miguel visitó la redacción. Enseguida el director, los redactores y el corrillo de jóvenes promesas del periodismo la rodearon con sonrisas y halagos ensayados. Sylvia se percató del revuelo y se subió a la silla para ver qué pasaba.

Mirta saludó a todos y distinguió la cara de Sylvia que sobresalía a lo lejos y enseguida se acercó a su mesa.

—Sylvia, ¿eres tú?

Sylvia bajó al suelo mientras otra carrera se abría paso en sus medias y respondió al abrazo de Mirta con cariño. El resto de la redacción observaban en silencio, sorprendidos.

—¿Sylvia? Pero qué alegría. No sabía que seguías trabajando aquí.  Nuestra intrépida periodista, ya en la facultad apuntabas maneras. ¡Qué años! Mas de uno me ha confesado el miedo que les daban tus entrevistas. ¿Qué tal te va?

—Pues ya ves, aquí divinamente, gestionando el cementerio de noticias, donde en breve aquellos hipócritas que te han saludado con tanta efusividad me enterrarán viva.

Mirta río con ganas.

—Ya veo que no has cambiado nada. Toma mi tarjeta. Mi secretario te hará un hueco y nos pondremos al día.

Mirta se dio media vuelta y antes de volver con el resto de los periodistas dijo:

—Por cierto, hoy es tu cumpleaños ¿no? Veinte de enero, el mismo día que mi madre, que en paz descanse. ¡Felicidades!

—¡Felicidades, Sylvia! —pronunciaron todos sus compañeros desde el fondo a modo de coro griego.

Publicado la semana 4. 23/01/2020
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Cuadro de Otto Dix "Retrato de Sylvia Von Harden".
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