38
Emeberis

Aguafiestas

—Cinco años sin vacaciones, cinco años ahorrando— repetía Leire mientras iban en el coche de camino a la casa rural —Ahora estaríamos paseando por Central Park.

—Al menos hemos podido recuperar parte del dinero—contestó Ander.

—Maldita pandemia, nos ha dejado sin vacaciones y a ti sin trabajo.

—Déjalo ya.

—Cinco años ahorrando.

Ander hizo una mueca de cansancio.

A los quince minutos de dejar a los niños en casa de los abuelos ya habían llegado. La casona de madera y piedra se asentaba sobre un porche acristalado en una explanada de cuidados setos y se accedía a través de un caminito de piedras blancas. El fondo, un azul eléctrico, sin nubes.

 A Ander se le iluminó la cara mientras Leire seguía refunfuñando.

—¡Hale a derrochar la hipoteca de un mes! Como si fuéramos ricos.

—Un capricho, chica. ¡Es nuestro aniversario!

Entraron en la Suite a la vez que se quitaban las mascarillas. La vista desde la terraza sobre los viñedos de txakoli recordaba a la Riviera francesa, no parecía un paisaje familiar. Olía a fruta madura. Leire estaba emocionada, pero no dijo nada y apretando los labios, contuvo la sonrisa. Al fondo, el mar Cantábrico, una franja azul donde se bañaba el Ratón de Getaria con su faro sobre su cabeza rocosa.

—Bonita ¿no? El baño es tan grande como nuestro salón —dijo Ander mientras curioseaba con euforia la habitación. Se tiró de espaldas sobre la majestuosa cama con dosel.

—¡Qué horterada!

—El año que viene iremos a Nueva York, ya lo verás.

—Si encuentras otro trabajo. Cinco años ahorrando para nada.

—¡Qué pelma eres! Venga ven a la cama — le invitó Ander con una pícara sonrisa mientras daba unas palmaditas sobre el colchón.

—Y con todos los gastos de los niños que nos vienen en septiembre.

Ander calló. Se tumbó bocabajo como si tuviera una losa encima. Después de un rato en silencio dijo:

—Venga ¿qué hacemos? ¿Un chapuzón en la piscina?

—¿En esa charca que según te metes se desborda el agua?

Con el gesto cansado, Ander se levantó de la cama, se puso el bañador, cogió una toalla y abandonó la suite sin despedirse. Leire no soportaba que le dejara con la palabra en la boca, no iría tras él como una perrita faldera. No sabía qué hacer. Se tumbó en la cama. La luz naranja se fue recogiendo poco a poco de la habitación, como si también quisiera largarse. Cuando se estaba quedando dormida, reconoció la voz de su marido que se alternaba con una voz femenina. Se asomó a la ventana que daba a la parte posterior sin sacar la cabeza del todo. Ander charlaba divertido con una mujer en bikini negro y piernas esbeltas al borde la piscina, que en verdad no era tan pequeña. Una muralla medieval, derruida en parte bordeaba el distinguido jardín sobre el que sobresalían setos de juncos y arbustos de hortensias alrededor de pequeños estanques de nenúfares. El sol de atardecer apuntaba sobre los cuerpos mojados. Leire visualizó un pequeño vergel amenizado por el rumor del agua y el canto de aves exóticas donde el guerrero descansaba sobre los brazos de la Ninfa y al más leve roce saltaban chispas. Impresionada, sacó el bañador de la maleta, ensayó una de sus mejores sonrisas delante del espejo y se abalanzó por las escaleras decidida a apagar ese conato de incendio.

Publicado la semana 38. 18/09/2020
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
38
Ranking
0 31 0