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Emeberis

El Regalo

El barrio se había quedado vacío. Lo habitual para un diez de agosto. Quien más quien menos realizaba una escapadita a la playa de una semana o quince días. La luz del sol apretaba. No podía mantener los ojos abiertos, picaban. Desde primera hora de la mañana no había otra que vivir, y eso era un decir, en la penumbra de las persianas bajadas. Parecía un topo aletargado. No me había quitado el pijama de verano en varios días y llevaba la coleta deshecha. Dormía, leía y veía series adictivas. Me zampaba los capítulos con patatas fritas y helado. Uno tras de otro. Cuando la culpa asaltaba pensaba que al día siguiente saldría a correr y listo. Eran unas vacaciones extrañas. Las primeras sin Roberto. No quería salir. Tampoco sabía a donde. Tampoco tenía con quien. Mientras, él publicaba sus fotos en Instagram en un resort de lujo con la Maldita. Sonrientes siempre sonrientes, sobre una moto acuática, o al borde de la piscina, o delante de una pirámide. ¡Un asco!

A media tarde, al abrir la puerta de la terraza, noté que corría algo de brisa, que agitaba las cuatro camisetas y las dos bragas que había tendido unas horas antes. Estaban casi secas. A mi madre le encantaba eso, hacer coladas y que se secaran en el mismo día. Cuando pasaba unos días sola sin hablar con nadie me acordaba de ella y de mi padre. De aquellos veranos de mi adolescencia que pasábamos en las capitales europeas, vacías, tranquilas, con sus museos sin colas. Ellos detestaban la costa en verano repletas de cigarras apelotonadas. Y es cuando ya no están, cuando se van, uno detrás de la otra, y te quedas huérfana tan pronto que revives los ecos de sus voces y los flases de sus caras como si fueran un pequeño tesoro. Intocable y con miedo a perderlo. Desde la alacena sonreían enmarcados en un tiempo en el que todavía estaban sanos. «No existen amores como el vuestro», susurré. Bajé la mirada al cristal donde guardaba la vajilla buena y descubrí que ahí estaba la botella de vino que me regaló Blanca.

—¡Enhorabuena! Por fin te has librado del tipo chungo ese. Prueba esta maravilla nena, esto te cambiará la vida—. Así era Blanca, que te quitaba la congoja y el llanto de cuajo.

Habían pasado cuatro meses y todavía no había encontrado el momento oportuno para abrirla. Era una botella de gran formato, con las letras de la etiqueta en color de plata. No me gustaba mucho el vino, pero como estaba tan mustia pensé ¿Por qué no?

Cogí una copa de cristal fino y junto con la botella, las dejé encima de la mesa de la terraza mientras fui a buscar un sacacorchos a la cocina.  Rebusqué en el cajón de los cubiertos, en los armarios, en la alacena. Nada. Seguro que Roberto también se lo llevó. Arrampló con todo lo que encontró por delante, como un ladrón de poca monta. Cogí un cuchillo, quizás con el filo podía hacer algo. «Si lo hubiera tenido delante se lo hubiera clavado una y otra vez». Volví a la terraza. Quité el precinto negro a la boca de la botella. Me hice un pequeño rasguño en el dedo. Grité: «Mierda, mierda de vida». Tiré el cuchillo y me chupé el dedo. Tenía ganas de llorar.

—¿Qué pasa, vecina? –me dijo el pesado del vecino desde la terraza contigua.

No sabía cuánto tiempo llevaría observándome.

—Nada —le contesté enfadada sin mirarle a la cara mientras me secaba con la mano las primeras lágrimas interrumpidas.

—¿Necesitas ayuda?

—Oye mira, ¿no tendrás un sacacorchos? —dije en un tono muy borde.

El vecino se metió en su casa y volvió enseguida con un sacacorchos en la mano que me lo acercó alargando el brazo por encima de las barandillas.

—¿Qué se celebra?

Me incomodaba la cordialidad del vecino. El solterón del bloque, el que te dejaba pasar siempre en el ascensor y decía: «Las damas primero». ¡Qué empalagoso! Empecé a introducir el sacacorchos en la boca de la botella.

—¡Ten cuidado, que no se te meta el corcho para dentro, te vas a hacer daño!…

Le hice una mueca de desagrado y seguí empujando con fuerza la espiral puntiaguda.

—¡Déjame mujer que te eche una mano!

Habiendo perdido la batalla, le tendí la botella casi como si fuera un bebé.

—¡Vaya! No tienes mal gusto. Ya decía yo que eras un poco sibarita.

En ese momento me puse hueca como una gallina y me ajusté la coleta, levantando la barbilla. Para dar una imagen que mejorara mi aspecto, en pijama de tres o cuatro días y oliendo a tigresa.

—Yo solo bebo vino del bueno —le dije empastando la voz.

Me devolvió la botella con cuidado y me serví una copa derramando un poco de vino encima de la mesa, no soportaba que los feos me miraran embobados. Olí la copa y luego la agité con torpeza. No sabiendo muy bien que estaba haciendo di un trago rápido. Me atraganté y el vino salió por encima de los barrotes de la terraza. Me puse perdida.

—¿Te encuentras bien, vecina?

—¡Olvídame!

Carraspeé un poco y me metí dentro de casa. Me sequé con el primer trapo que encontré y abrí el armario de mi habitación para cambiarme de ropa. Cada vez que lo abría me daba de bruces con los estantes vacíos que había intentado ocupar con mis cosas. Todavía percibía el olor de su piel dentro de mi armario, pero sus camisas enormes ya no estaban. Ni sus pantalones. Estarían en aquel hotel de lujo mezclados con las prendas de la Maldita. «Mira que es fea y él se ha puesto como un cachalote. No debería seguir viendo sus fotos, pero no puedo evitarlo».

Cogí un vestido de tiras que no había estrenado todavía, me lavé los sobacos en el lavabo, me quité la cola de caballo y me peiné un poco. Tenía la cara enmarcada por las ojeras así que la embadurné con base de maquillaje. Rocié todo el cuerpo con perfume.

Volví a salir a la terraza pero el vecino había desaparecido. ¡Qué más da!  Limpié un poco la mesa, me senté y bebí un poco de vino. El caldo estaba templado, pero no sabía fuerte. Y lo fui degustando poco a poco jugueteando con la copa en mi mano. El vino entraba en mi cuerpo como un pequeño riachuelo que discurre tranquilo y cosquilleaba el estómago. A la tercera copa, el cielo era de un azul intenso, la brisa acariciaba mis cabellos. Sonreía y canturreaba. Todo había subido varios tonos de color, el blanco de la barandilla me cegaba, las hojas de los árboles parpadeaban como si fueran luces de neón verde.

Me levanté y noté que se me iba un poco la cabeza y el campo de visión repleto de formas estrelladas.

Miré hacia la terraza del vecino, tenía la puerta abierta. Me pegue a la barandilla por si lo veía. Podía hacer como que se me había caído algo en su terraza, pero solo tenía la botella de vino, una copa, cuatro camisetas, y dos bragas. Empecé a reírme y sin pensarlo tiré una de mis bragas preferidas a su terraza.

—Vecino, vecino, se me ha caído una prenda— grité mientras me partía de risa.

El vecino salió de nuevo. Llevaba una camiseta pegada a sus hombros musculados, de hecho, ahora no me parecía tan pequeño y tenía una sonrisa interesante. Se puso colorado al recoger las bragas y me las tendió. No podía contener la risa y cuando rocé su mano le dije:

—Venga vecino, te invito a una copa, que te veo muy solo.

El vecino desapareció del balcón ipso facto. Lo asusté. Con las bragas en la mano me sentí un poco ridícula y avergonzada, «si yo no soy así» pero no podía parar de reír. Y como lo hecho, hecho estaba me serví otra copa de vino. Ya pensaría mañana como darle la vuelta.

Al rato, sonó el timbre. En el umbral, el vecino que se había puesto un poco de gomina en el pelo. Entró en casa. Él se encargó de refrescar un poco el vino. Yo bailoteaba. Brindamos varias veces. «Por vacaciones en casa, por la soltería, por el calor sofocante y creo que hasta por mis bragas».

Atardecía y entre el aroma del vino y la calentura sólo recuerdo que empezamos a quitarnos la ropa en la terraza. Le advertí que tuviera cuidado con el vestido que era nuevo. Le llevé a mi habitación tirando de su brazo como de un mulo. Todo me daba vueltas. Me había montado en una montaña rusa de los sentidos. Arriba, abajo, arriba, abajo. Olor a piel, saliva afrutada y esos ojos grandes de besugo que me comían.

Por la mañana, desperté con un fuerte dolor de cabeza. Sudaba y el sol ya se inmiscuía entre las rendijas de la ventana. Oí el ruido de la ducha y Diego canturreaba «O sole mío».  Me dolía todo el cuerpo, pero estaba contenta, serena con el regusto de haber realizado un exótico viaje. Fui a la cocina y sobre la encimera se erigía majestuoso el casco vacío con letras de plata. Precioso, elegante, de un negro azabache brillante. Pensé en Blanca. Y me la imaginé sonriendo y guiñándome un ojo. Cogí la botella al aire.

—¡Qué noche amiga! Brindo por ti.

Y la guardé de nuevo en la alacena, de recuerdo.

Publicado la semana 36. 06/09/2020
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