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Emeberis

Palabra de Honor

Gilda se contonea desinhibida en el escenario. Satén pegado al cuerpo como la piel brillante de una pantera negra. Los pliegues del palabra de honor se funden con su movimiento sensual. Mirada pícara que hipnotiza a hombres y a mujeres mientras canta: «Put the blame on Mame, boy, put the blame on Mame». La melena cardada ondea desenvuelta y a cada giro vuelve a colocarse en su sitio, como recién peinada. Gilda desliza poco a poco el guante derecho a través del brazo, con una sonrisa de ésas que comen, que queman y deja al descubierto la piel blanca, desnuda. Lo voltea en el aire, con gracia. Al fin, la pierna aparece a través abertura del vestido. 

Esta es la parte que Joe Roberts espera con impaciencia desde el principio de la película. Sentado hoy en un lateral del cine, que está casi vacío, la ha visto ya desde todos los ángulos. Dos filas delante de él una pareja no deja de achucharse. Pero Joe no se entera. Sólo tiene ojos para ella, para la mujer pantera. Sonríe con malicia, acaricia su pelo duro engominado y se desajusta un poco la corbata, hace calor. Y estos gestos los hace involuntariamente, sin darse cuenta. Tararea «Put the blame on Mame, boy», moviendo sólo los labios. Se revuelve en el asiento. Gilda se recoge la melena con los brazos por encima de la cabeza en un plano corto. “Bárbara, es bárbara”, piensa Joe. Sabe que la película está cerca del final y en su cabeza resuena la bofetada, a modo de colofón, como el lazo con el que se decora un regalo y sin lazo no hay regalo. Y antes de que llegue la escena cierra los ojos, siguiendo la película a través del oído. Buscando nuevas sensaciones.

Rachel aguarda pensativa en el pasillo junto a las escaleras, en la entrada lateral del cine. Se apoya en la pared bajo un aplique de luz de tres tulipas rojas, pensativa, mirando al suelo, la melena rubia cae hacia delante, un brazo sobre el pecho y el otro sujetando la cabeza. Ajena a la película. La ha visto tantas veces que la aborrece. En realidad, es una forma de engañarse. Piensa en Will. Está hecha un mar de dudas. Espera que cuando llegue a casa ya esté dormido para evitar el contacto de sus manazas en su piel. Sólo le sirven para hacer chapuzas en el taller de Nick cuando éste tiene muchos coches para arreglar. Esto no era lo que ella esperaba cuando vino a Nueva York. Suponía que todo sería más fácil. No sabe qué hacer. Y le encantaría ser como Gilda, pero también la envidia a rabiar. «¿Quién se puede comparar con Gilda? Aunque yo también podría hacer ese papel si me dieran la oportunidad. Ella lo tuvo más fácil, seguro». Pero no sabe qué hacer.

La película termina. Enciende las luces de la sala, una luz amarillenta, sobre la que resaltan la tapicería granate de las butacas y de los cortinones. Mejor seguir a oscuras. Unas pocas almas comienzan a desalojar el cine, tambaleándose como zombis con los ojos enrojecidos. La pareja sale muy acaramelada. Rachel espera a que Mr. Roberts se levante tras los títulos del final. Siempre el mismo ritual. Sin embargo, ella, no se ha decidido. No era esta su idea de convertirse en actriz.

Joe se coloca el sombrero  y vuelve a ajustar la corbata, mientras se dirige a la salida y saluda a Rachel.

—Es bárbara, bárbara, no me canso de verla.

—¿A Gilda o a la película?

—La una no es nada sin la otra. Pero dime reina, ¿has pensado en lo que te dije? Yo puedo hacer que tu seas la próxima Gilda.

Rachel incómoda se ajusta la chaqueta del uniforme, pero le brillan las pupilas cuando oye esas palabras.

—No sé...

—Si es una copa nada más. Y luego ya veremos. Yo puedo recomendarte muy bien. Con lo guapa que eres llegarás lejos, haz caso a tío Joe. Aquí tienes mi tarjeta, estaré en el Bar de Rick por si cambias de opinión.

Rachel aspira el olor a perfume caro de Joe Roberts.

—¿No me miente con lo del casting?

—Confía en mí, nena. Con mis consejos y tu físico te lloverán los papeles. Te lo prometo. Lo demás, todo lo demás lo irás aprendiendo.

Y Rachel sonríe por primera vez en toda la noche. Siente que se relajan los músculos de la cara y abre bien los ojos viéndose en las grandes pantallas y su nombre parpadeando en letras grandes de neón. Podría incluso inventarse uno nuevo.

—Me cambio y en cinco minutos nos vemos el en Bar de Rick.

En el vestuario Rachel se quita el uniforme y se mira en el espejo en ropa interior. Le gusta su cuerpo. Comienza a contonearse a la vez que tararea «Put the blame on Mane, boy». Mueve la melena rubia como una leona. Sonríe. Baila. El espejo le devuelve la mirada. Hace tiempo que no se sentía tan bien, atesora para sí unos segundos de felicidad. Pero tiene prisa. Tras enfundarse en un vestido negro entallado, se ajusta bien el abrigo oscuro con el cinturón y sobre su melena rubia se pone una graciosa boina de color burdeos ladeada. Viéndose atractiva, deja un beso de rojo carmín en el espejo.

Sale del cine en dirección al bar de Rick con pequeños pasos apresurados. El frío le da una bofetada en las mejillas y se le cuela dentro del abrigo. Siente que va directa hacia las fauces de un león, pero no retrocede.

Publicado la semana 35. 30/08/2020
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"GIlda" de Charles Vidor, 1946., Cuadro de Hopper "Cine de Nueva York, 1939
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