34
Emeberis

El Rompeolas

Aparco el coche cerca del Paseo Nuevo. Demasiados sitios libres en esta zona. Será por la hora. Mientras anochece camino al lado del mar que hoy está picado y malhumorado. El ejercicio desenredará este barullo cerebral y quizás desaparezcan las punzadas constantes de la frente, el vértigo. Tantas reuniones que no sirven para nada y la bandeja a rebosar de mails que tendré que contestar después de cenar. Chispea y el aire frío de la costa se inmiscuye por todos los huecos de la cara, me relamo los labios resecos y saco la lengua para saborear unas gotitas dulces de lluvia. Y el cerebro recalentado. Este mes tampoco vamos a cumplir el plan de gestión, que no llegamos a las ventas previstas, otro mes acumulando pérdidas, que hay que ajustar gastos; un libro que cuenta siempre la misma historia es, por tanto, un libro sin futuro. Ramón me recrimina que hay que bajar de nuevo los precios de compra. Y yo discrepo que no, para sorpresa del resto de directivos, que no podemos apretar más a los proveedores, que lo que hay que bajar son las expectativas, que en tiempos de crisis no se puede pretender incrementar los beneficios del año anterior y más con la que está cayendo, si hay que ser austeros, que lo seamos en todo, incluidos nuestros salarios. Silencio sepulcral, frunces de ceños. Ramón agudiza la mirada hacia mí abriendo mucho los ojos como un tiburón sin párpados enfocando a su presa. Si los accionistas dicen tiraos por la ventana, ¿nos tiramos como palurdos? Es lo que pienso. El tiburón se retuerce en su silla y empieza abrir sus fauces. El resto del equipo bajan la mirada como si se santiguaran.

—Si no fuera por los accionistas, no seguirías en esta empresa.

A eso no he respondido. No hay duda de que es un aviso a navegantes, pero ya no me puedo callar y decir a todo que sí como hace el resto del rebaño. ¿Y qué le cuento a Itsas? Con lo que pesada que está con los planos de la casa nueva con jardín. Cómo si nos sobrara la pasta. Y el jardín tiene un curro de la pera. Además, querrá contratar a Graciela más horas a la semana para limpiar la casa entera, lo estoy viendo.

El mar, esa masa densa azul marino, embiste con fuerza contra las rocas, coge carrerilla para volver a embestirlas, una y otra vez. Algunas olas sobresalen flojitas por encima del muro y me saludan graciosas. Si es que no sé qué me pasa. Será que cumplidos los cincuenta me he vuelto un cascarrabias o que estoy pitopáusico como dice Itsas. Vacío. No me aguanto ni yo. Desaparecería. Un tiempo. A hacer pulseras en Ibiza o a cuidar de un huerto. ¡Ay la quemazón en la cabeza!

En el extremo del paseo, la escultura de Oteiza parece un pájaro empapado acurrucado sobre sus alas pardas que se resguarda de la bruma salina. Subo las escaleras y me cuelo en el hueco que dejan las placas de acero. Paso la mano por la superficie porosa. Ocupo el vacío, ser vacío. La sal se me ha pegado al pelo húmedo.

Siento debilidad, veo borroso, el cerebro bulle con restos de conversaciones, frases y gestos de desacuerdo. El miedo por lo que venga. Me flaquean las piernas, me estoy haciendo un blandengue. ¿Qué habrá sido de aquel tipo agresivo que se movía como pez en el agua entre los directivos y que medraba con los miembros del Consejo? Un venido a menos. El tiburón ya está afilando sus dientes. No quiero volver a casa. El mar ruge. En la ladera del monte Urgull una hilera de puntitos de azules, negros, rojos y blancos bordean en el muro. Saltan los flases.

Un pez, me gustaría ser un pez. Sumergirme en lo más profundo de las aguas y dejarme llevar por la corriente. Las gotas de agua resbalan por la cara, se meten en los ojos y solo veo agua. Agua que se abre, que se precipita en sus propios agujeros como torrentes de mar. El mar se rompe. Y yo me tiraría para apagar el incendio de mi cabeza, al mar azul marino y bravo que implacable reclama su espacio a la costa. Una y otra vez. Babea espuma blanca. Espesa.  

Y una masa líquida acecha desde el horizonte, se yergue, se envuelve sobre sí misma y explota bajo el muro. Retumba. Oigo los gritos desde el monte y lo que tengo de frente es una ola enorme que ha surgido como el genio de la lámpara que me revuelca y me empotra contra las planchas de la escultura. Me deslizo sin oponer resistencia entre las cavidades del pájaro de acero, mecido por la espuma, bebiendo sal, saboreando sal y boqueando.

Y cuando cesa el zarandeo, el agua me deposita bajo el pretil que contiene al monte, como un delfín varado en la playa. Ni me muevo. ¿Ya ha terminado todo?  Quisiera seguir siendo un pez de escamas plateadas. Quizás otra ola se apiade de mí.

Enseguida, un chico se acuclilla y me coloca espuma seca en los labios escocidos.

—¿Se encuentra bien? ¿Le ayudo a levantarse?

Me incorporo y me apoyo sobre su brazo para ponerme de pie. A su lado, un fogonazo de luz me deslumbra.

 —Para el Teleberri de  Euskal Telebista, señor, ¿me puede decir qué le ha pasado?

Aturdido me cubro los ojos con la palma de la mano, a modo de visera.

—No lo ves, chico. Soy un pringado.

Y me alejo hacia el puerto, lento e inseguro con el rechinar de los zapatos empapados, abrigo negro y traje de marca gris oscuro goteando de agua, como si fuera un corcón recién pescado.

Si Itsas, si, tendremos que ajustarnos el cinturón.

Publicado la semana 34. 23/08/2020
Etiquetas
"Construcción Vacía" de Jorge Oteiza, Pinturas de Jesus Mari Lazkano "Serie del World Crack", "Serie del World Memorial" y "Donostia", Relato "Las Aguas del Mundo" de Clarice Lispector., Poema "El Pez" de Elisabeth Bishop
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
34
Ranking
0 61 0