03
Emeberis

El Octavo Círculo

Gianni Schicchi sube a la barca de madrugada. El barquero le ordena que se siente, pero él se mantiene en pie, desafiante. Envuelto en la capa roja viaja por el río hasta que la barca se adentra en la gruta iluminada por antorchas. Hace frío y el pelo rojo de Gianni contrasta con su piel pálida. Unos seres del inframundo grandes y desfigurados aguardan en la entrada de la cueva para guiar a Gianni a través de las galerías subterráneas. Un hedor a sangre, sudor y heces tapona la respiración de Gianni. Como un puñetazo. Gritos alaridos y calor, mucho calor. Mira hacia atrás, quiere volver a su dormitorio de delicadas y suaves sábanas, quiere despertar, ¡qué sea un sueño, un mal sueño, si por Dios!, pero los guardianes le impiden dar marcha atrás. Avanzan por las galerías. Gianni evita mirar a las almas en pena mientras bordean la laguna Estigia, por momentos se ajusta la capa al cuerpo porque ahora hace un frío helador. Llegan a la Gran Depresión del séptimo círculo donde aguarda Gerión, el monstruo de cabeza humana, cuerpo de serpiente y cola de escorpión. Le obligan a subirse encima y Gerión lo transporta por los aires hasta la décima fosa del octavo círculo. Lo deposita en tierra y acto seguido le arranca la capa. Gianni se queda desnudo. Vuelve a hacer un calor sofocante en esta fosa. Los guardianes torturan los cuerpos, otros se arrastran por el suelo, cuerpos en cualquier caso en lamento constante. Siente cosquillas en sus pies. Una repugnante masa viscosa compuesta gusanos grisáceos se desliza despacio sobre sus empeines desnudos, sacude las piernas para deshacerse de ellos, como si les diera patadas. También hay lombrices, cucarachas e insectos diversos. Gianni tiene ojos desorbitados, pero no agacha la cabeza. A estas alturas de la vida ya no tiene sentido. Unos seres pequeños desdentados y con pelo por toda la cara se ríen de él y le empujan, le pinchan con pequeñas lanzas. Gianni anda lento, con prudencia, «tiene que ser un error haber acabado aquí, he salido de otras, de esta también lo haré».

Alguien le empuja por detrás.

—¿Tú por aquí? —pregunta con sorna Capocchio—. Pensabas que te ibas a escapar, ¿eh? Todos acabamos pagando.

—Aparta. ¿Has visto el aspecto que tienes? Das asco.

—Te pillaron, vaya que si te pillaron.

—¡Déjame en paz, ladrón!

—¿Ladrón? ¿Tú que suplantas identidades para cobrar las herencias de otros?  Malnacido.

—Retira eso ahora mismo —amenaza Gianni mientras atrapa a Capocchio por la garganta.

Capocchio sonríe a carcajadas como enloquecido.

—¿Qué te crees, que me vas a matar? Malnacido —mientras lanza un puñetazo directo a la boca del abdomen terso y musculado de Gianni.

Gianni acusa el vacío del golpe en la garganta, como un abismo. Grita con rabia y arremete contra Capocchio como una bestia. Forcejean. Dos cuerpos marmóreos que se arañan se pellizcan, se dan puñetazos, esquivan algunos, se muerden. Caen a tierra, tragan polvo y algún que otro insecto. Se separan, se miran las fuerzas y se abalanzan sobre si mismos de nuevo.

Unos cuantos seres curiosos rodean a los contrincantes. Nadie les separa, sólo observan divertidos, abriendo sus bocas negras, riendo a carcajadas. El ambiente es insoportable. Un murciélago enorme, con cuerpo humano y cabeza de demonio revolotea sobre sus cabezas. Cruza los brazos en el aire y al mostrar su blanca sonrisa aparecen dos grandes colmillos. Se acercan Virgilio y Dante. Virgilio que lleva su corona de laurel sobre la cabeza y su capa terrosa observa en silencio sin perder detalle. Dante le cuchichea al oído.

Gianni oye el barullo que se ha formado en torno a ellos. Pero no pierde de vista los embistes de Capocchio. Está rabioso y en uno de los ataques mete la rodilla en la espalda de su adversario, estira hacia atrás de uno de sus brazos como si fuera rompérselo y con la otra mano mete las uñas entre sus costillas. Capocchio responde y estira con toda su fuerza del pelo rojo de Gianni cayendo de rodillas al suelo. Forman entre los dos un conglomerado humano circular. Capocchio mira a su adversario a los ojos y en ese instante Gianni le hinca los dientes en la garganta. Sudor, sangre y saliva con todos los músculos marcados en la piel, en una especie de baile tenso de la muerte. Un guardián pincha a Gianni con una lanza. Los dos hombres caen exhaustos al suelo, los guardianes les propinan unos cuantos latigazos. Gianni traga tierra, permanece quieto, aturdido en el suelo. Ya no ve a Capocchio ni quiere verlo. El círculo de espectadores se ha disuelto. Virgilio y Dante continúan, a lo lejos, su paseo. Gianni cierra los ojos. El ya no está en su cuerpo, no siente dolor, aunque le golpeen. Agarra sus sábanas blancas de seda y se da media vuelta como si estuviera flotando en silencio, ajeno al murmullo, al lamento constante.

De madrugada Gianni despierta en su dormitorio, con la piel azulada. Llama a sus criados, nadie responde. Se levanta. Tirita. Se envuelve en la capa roja que está sobre la cómoda. Vuelve a llamar a sus criados. Silencio. Tiene agujetas por todo el cuerpo, no sabe de qué. Coge una vela y se inmiscuye entre las sombras. Se deja llevar por la negritud. En el exterior de la residencia un carruaje fúnebre le espera. Se deja llevar por el impulso y se sube a él. No hay rastro de la luna.

Gianni Schicchi aguarda en la orilla del Aqueronte. Siente frío. Llega Caronte en su barca. Le ordena que suba y que se siente, pero Gianni prefiere ir de pie. Hace frío y se resguarda bajo su capa con las manos cruzadas sobre el pecho. Está inquieto, nervioso, la piel se le eriza. Mientras atraviesa el río tiene una sensación extraña como si lo que está por venir lo hubiera vivido una y mil veces.

 

Publicado la semana 3. 17/01/2020
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El Infierno de Dante, Cuadro de Bouguereau "Dante y Virgilio en el Infierno"
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