29
Emeberis

Reconstrucción

El celador me confirmó «en un cuarto de hora bajamos a quirófano».  Respiré hondo. Llegado el momento, dejé correr las lágrimas. Me hacían bien. Guardé los anillos en la cartera y ordené un poco mis bártulos. Cerré el libro de Virginia Woolf que me habían recomendado, apenas había pasado de las primeras páginas. Fui al baño. Me miré en el espejo y me atusé un poco el pelo. ¡Qué extraña me veía sin maquillaje! Un rostro duro, desfigurado, picassiano.

Pensé en mi madre y en sus facciones suaves, femeninas. En sus esbeltas piernas y en su colección de zapatos de tacón que me probaba a escondidas. Murió demasiado rápido. Demasiado joven. Por una maldita leucemia galopante. Me pilló en plena adolescencia. Días antes de su muerte quise hablar con ella, darle alguna explicación, contarle  lo que sentía por habitar un cuerpo equivocado. Náuseas. Tartamudeé y me enredé con las palabras al no estar acostumbrada a pronunciarlas.  Me acarició la cara con sus manos todavía tersas y cálidas.

—Calla, hija mía, calla —me contestó.

Lloré. Comprendí que la vida en el pueblo tampoco había sido fácil para ella. Los chismes, las habladurías, los dedos que la señalaban, los ojos que no se quitaba de encima,« ahí va la madre de ese degenerado». En Barcelona la vida era diferente.

El celador me vino a buscar.

—Túmbate en la cama —dijo.

En un acto reflejo me santigüé aunque no creía. La operación iba a ser muy  larga y el postoperatorio complicado. Mientras me conducía a quirófano a través del laberinto de pasillos, pegué la vista al techo. La luz era blanca, cegadora. Sonreí. Antes de que me hiciera efecto la anestesia, imaginé que abandonaba el hospital maquillada como una puerta y estrenando unos preciosos topolinos amarillos. Ya nadie podría insultarme.

Publicado la semana 29. 17/07/2020
Etiquetas
Portrait de Dora Maar , Picasso 1937
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
29
Ranking
0 68 0