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Emeberis

Visita guiada

Elías había trabajado en aquella vieja fábrica durante más de cincuenta años. Apoyado en su bastón cojeaba mientras avanzaba por la nave destartalada. Atravesó un gran charco de agua turbia, empapando sus zapatos. Su hijo le seguía por detrás, con cautela. Olía a vinagre, azufre y humedad. Una fina capa de moho cubría el pavimento repleto de escombros oxidados, cascotes y restos de basura. Sólo se mantenía en pie el esqueleto metálico. Elías observaba todo con la mirada perdida.

—Aquí fue donde explotó aquella maldita tubería, el cuatro de octubre del ochenta y cinco. Se llevó por delante a Carlos, a Jaime y a un chaval que había empezado a trabajar justo aquel maldito día. ¡Cómo lloraba su desconsolada madre! Más de treinta heridos. Yo tuve suerte. La onda expansiva me pilló en el baño —recordó Elías.

Su hijo guardó silencio. Elías gesticulaba mientras seguía caminando por la vieja fábrica. Movía la cabeza de un lado para otro y se llevaba las manos a la cabeza.

—¡Tanto esfuerzo para esto! —grito Elías con desesperación. Comenzó a dar bastonazos en el suelo salpicando en el charco y rompió a llorar como un niño pequeño.

—Vamos Papá, salgamos de aquí.

—Oiga usted, ¿ha visto a mi hijo?

Publicado la semana 26. 27/06/2020
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Relato
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I
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