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Emeberis

Incontinencia

La bicicleta roja estaba aparcada junto a la verja. Era la suya, inconfundible. Lo sabía a ciencia cierta porque se la compré yo. Decidí esperarla dentro del coche, a cierta distancia del portal, para que nadie me reconociera.  Aparecería en cualquier momento y entonces… Había calculado todo con mucho detalle. Dejaría la puerta abierta y el motor en marcha. En el asiento del copiloto un revolver, un cuchillo carnicero y una navaja. Elegiría el arma en el momento preciso. Esa perra no volvería a hacerme más daño. No estaría con ningún otro hombre que no fuera yo. Encendí la radio para distraerme. Ella no aparecía. Quité las noticias y toqueteé los botones hasta que encontré el canal de música clásica. Esperé. Bostecé. Sonaba la cantata 147 de Bach. Con el sol de primera hora de la tarde me adormecí. Cabeceé. Me entraron ganas de mear. Aguanté, ella ya no podía tardar mucho más. Tenía que salir para ir a trabajar. La puerta se abría de vez en cuando. Finalmente apareció. Mi hijo la seguía con el brazo escayolado. ¡Mierda! Tendría que apuntar fino. Arranqué el motor, agarré el cuchillo y salí del coche. Corrí hacia ella con el brazo en alto y en cuanto me vio comenzó a gritar. Detecté el miedo en su cara, eso me gustó y cuando ya estaba a un paso de ella, me atraparon por detrás. Me tumbaron en el suelo bocabajo y me pusieron las esposas. Me lo hice todo encima.

Publicado la semana 25. 19/06/2020
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