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Emeberis

Matar de hambre

Los tanques aliados entraron en el campo. Las ruedas desquebrajaban la fina capa de hielo de la carretera.  A su paso sorteaban decenas de cabezas rapadas que eran todo ojos y orejas. Los trajes a rayas les bailaban por todas partes. Los prisioneros desordenados, desorientados, silenciosos buscaban a familiares y a amigos, algunos se abrazaban. En los barracones quedaban cuerpos, algunos con respiraciones entrecortadas, otros sin respiración. Ella salió de su escondrijo. Se quitó el uniforme, se vistió con unos pantalones y una cazadora que encontró en las montañas de ropa cerca de los baños. Escondió un mendrugo dentro de la cazadora y se subió la cremallera. Se colocó una gorra que le tapaba los ojos y se unió al grupo de figuras fantasmales que avanzaban arrastrando los pies hacia la salida del campo. Ella andaba con paso decidido y empujaba con su gordura los frágiles cuerpos que sobrepasaba. Quería escapar de allí lo antes posible.  El pan cayó al suelo. Entonces, una mujer esquelética se arrodilló para recogerlo.

—Quita tus sucias manos de mi pan —dijo ella con toda su rabia mientras le clavaba fuertemente en la cara el sello que llevaba en el dedo corazón. Movía la cabeza de un lado para otro con desazón.  La gorra se le desajustó y salió volando. Varios mechones de pelo se soltaron del moño.

Un grupo compacto de prisioneros se reunió a su alrededor. Ella asustada se echó para atrás agarrando con ambas manos el mendrugo.

—Es la guardiana del barracón 38 —dijo una prisionera.

Las calaveras grotescas se le acercaron con bocas desdentadas como si se la fueran a tragar.

Publicado la semana 22. 28/05/2020
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Fotografía de Henry Cartier Bresson "La confidente de la Gestapo".1945.
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Relato
Año
I
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