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Emeberis

Como si nada

George entró deprisa en el chalé con pasos decididos y firmes. Como un fulgor rojo coral fue directo al jardín. Se colocó en el borde de la piscina con el cuerpo echado hacia adelante. Los hilos de sol blanco se reflejaban en el agua mecidos por el avance del cuerpo que se deslizaba en un ligero chapoteo. El nadador llevaba un slip blanco, buceaba con movimientos acompasados y lentos en un hipnótico baile hacia la pared de teselas azul cielo. La melena negra oscilaba a la altura de los omóplatos y al sacar la cabeza del agua la zarandeó varias veces en el aire con los ojos cerrados, sin darse cuenta de que lo miraban o tal vez sí.

 —El cuerpo del delito —pensó George.

El sol de mediodía alargaba su abatida figura, como si estuviera rezando el Ángelus y deseara que lo que había visto fuera una alucinación provocada por el efecto del sol en el agua. Pero no. Cerró los puños para contenerse, para no montar una escena que Pierre no consentiría. El aroma intenso de los bosques de lavanda salpicado por gotas de vino y sal marina entraba en cada respiración como un ahogo, como una mecha que le quemaba el pecho.

El nadador, levantó la cabeza al cielo y vislumbró a George como una aparición. No conocía de nada a aquel hombre de americana rosada sin embargo sabía quién era. Sabía que era él por las fotos dispuestas en la biblioteca y en la habitación de Pierre. Sabía que este momento podía llegar.

Sacó su cuerpo musculoso del agua con un impulso de atleta. Cogió una toalla blanca y se frotó lentamente el pecho y las axilas depiladas, después ordenó su melena hacia atrás con los dedos de las manos. La piel se le erizó y los pezones se tintaron de rojo carmesí. Se colocó las gafas de sol y se tumbó en la misma hamaca en la que tantas veces el cuerpo de George había descansado.

George no apartaba la mirada del nadador. Ahí plantado al borde de la piscina, había más oscuridad en sus ojos que en su sombra. La brisa sacudía el flequillo rubio, casi ajado. Ajado, así se sentía frente al moreno y hercúleo nadador.

Desde el ventanal del salón, Pierre observaba el tenso y silencioso duelo entre los dos hombres confinados en ese vergel mediterráneo. Era su guerra. Aunque fuera él, el culpable de haberlos enviado al frente. George presagiaba su derrota. Él también fue un nadador clandestino en el pasado, un capricho de Pierre. Mantenía en su mirada oscura un fulgor, una esperanza agria, envenenada. Llegaría un día en que el bañador no se ajustaría al cuerpo del nadador y Pierre, despechado se encapricharía de otro y ¿entonces? El circulo vicioso.

Así, George desertó sobre sus pasos hacia la casa, con la cabeza alta pero el paso algo arrastrado de haber transitado la experiencia. Se paró a la altura Pierre. Se miraron fijamente. Ambos sabían lo que había. Y las palabras no servirían de nada. «La vida es un cambio constante, querido». Algo así hubiera dicho Pierre con un tono arrogante y frío.

George subió las escaleras al ritmo que marcaban los tacones de sus mocasines. A Pierre le hubiera gustado desaparecer para evitar el incómodo momento. El disgusto duraría lo que George tardara en hacer la maleta y despedirse antes del portazo. En unas horas todo volvería a la normalidad. Pierre se tumbaría en la hamaca junto a su nuevo novio y le daría la mano, como en una especie de compromiso. Descorcharían una botella de Moët & Chandon y se darían un casto beso. Y seguirían como si nada.

Era cuestión de tiempo, una horita corta y mientras Pierre pensaba eso y se ajustaba las gafas de aumento mirando hacia cuerpo del nadador, sintió por detrás unos pasos sigilosos, felinos. George se deslizó hacia la piscina con una toalla negra al hombro y un slip también negro que le bailaba un poco en las nalgas. La piel blanca, los músculos escondidos dentro de la carne al igual que su mirada tras unas gafas de espejo. Dispuso la hamaca junto a la del nadador y se tumbó. Le pareció a Pierre que se miraban y se daban la mano.

Publicado la semana 21. 21/05/2020
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"Piscina con dos figuras" de David Hockney. 1972.
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