02
Emeberis

Cuidados Intensivos

Mara despertó en la penumbra de la habitación acurrucada sobre el barrote de la cuna de su gordito. La luz del pasillo estaba encendida. Hodei dormía tranquilo, con sus mofletes desparramados. Mara sujetó el peso de su cabeza sobre la palma de la mano, le pesaban hasta las pestañas. La casa estaba en un inaudito silencio interrumpido por la respiración tranquila del gordito y los movimientos repentinos de sus manitas. Su madre lo miraba con gesto cansado. Como todos los miércoles, Ignacio había salido con sus amigos y Mara no veía el momento de volver a las tareas que se le acumulaban en la cocina: recoger la ropa tendida, hacer la cena, sacar los cacharros del lavavajillas…. El cuerpo le pesaba y abducida por el sueño del angelote seguía dando pequeñas cabezadas. ¡Ay y tender la ropa limpia de la lavadora! ¡Qué pereza! No tenía ganas de hacer nada más que meterse en la cama y despertar una semana o un mes después de un sueño reparador. Pensó en los osos, en sus periodos de letargo acurrucados sobre sí mismos, relajados. Gordito dejó caer el chupete y Mara lo retiró a una de las esquinas de la cuna. Todo lo hacía como ida. Así se sentía desde que el gordito había nacido, desganada. Miraba al niño, pero más allá de su carita veía la imagen del grabado de Durero, ese de la mujer alada que mira al infinito aburrida, absorta en sus pensamientos, melancólica perdida. ¡Qué había sido de su vida anterior!

En el bolsillo de su chaqueta del pijama sintió la vibración del móvil. Era Jennifer. Con un resoplido volvió a meterlo en el bolsillo hasta que terminara de vibrar. Ya le llamaría más tarde, si eso. Apostaba que no encontraba las pastillas o el pijama de su madre o que simplemente la señora no quería cenar, un clásico.

Tenía que ponerse en marcha, si no se acostaría a las mil y de madrugada Hodei volvería a despertarse ansioso por su toma nocturna. A ver si Ignacio volvía pronto.

Mara bostezó y se quedó traspuesta. El móvil volvió a sonar. Era Jennifer otra vez. Salió al pasillo tapándose los ojos por la luz cegadora y le atendió susurrando.

—¡Ay, señorita Mara! Su madre no para de insultarme, zorra, puta y me escupe toda la cena. No quiere tomar las pastillas y me ha arañado la cara. No puedo seguir así señorita Mara, no puedo más.

—Tranquila Jennifer —dijo Mara entre susurros—tengo al niño dormido y estoy sola. Mañana, es tu día libre, te vendrá bien descansar.

—Señorita Mara, me paso el día aguantando a la señora Gloria, está insoportable…no puedo más señorita Mara. Zorra, puta me llama.

—Dale las pastillas a ver si se calma.

—¡No, señorita Mara, ya no aguanto más, no aguanto más! … a no ser que…

—¿A no ser que…?

—Pues eso Señorita Mara, … a no ser que me den más plata.

—¿Otra vez, Jennifer?

—O lo toma o lo deja, ¿no oye a su madre?

—Hablamos mañana antes de que salgas, ¿te parece?

—No sé, señorita Mara…

En ese instante el gordito empezó a llorar.

—Hablamos mañana Jennifer, tengo que atender a Hodei.

Mara suspiró y colgó el teléfono.  Entró en la habitación del gordito, acariciándose la nuca para aliviar la presión. Comenzó a zarandear la cuna con fuerza mientras la intensidad del lloro subía de tono.  Le puso el chupete en la boca y siguió zarandeándole con fuerza. Hodei levantaba los bracitos para que su madre le cogiera en brazos.

En ese instante, un Ignacio achispado entró por la puerta de la calle tarareando una canción.

—¿Cómo están mis chicos?

—¡Pues ya ves! — Mara salió a su encuentro con el niño en brazos.

—¡Ay, Mara, Marita, qué ganitas! —mientras le cogía a su mujer por la cintura y le daba un beso pastoso en los labios y otro a Hodei en el moflete.

—Suelta, no ves cómo está.

—¡Ay, Mara, Marita!

Mara se dirigió a su habitación y se sentó en la mecedora para ofrecer el pecho al niño. El gordito mamaba con ganas mientras Iñaki sólo tenía ojos para el hermoso seno.

—A ver si se duerme pronto y nos deja tiempo para nosotros, Marita.

Después, Ignacio se dirigió a la cocina.

—Mara, ¿Y la cena? ¿No has recogido el lavavajillas? ¿Y la ropa?

—Pero ¿tú qué te has creído qué es la crianza? —le contestó casi sin fuerzas.

—¿Y la comida de mañana?

El móvil de Mara volvió a sonar. Era su jefe. El reloj de su habitación marcaba las diez y media. ¿Y éste huevón, qué se habrá pensado? Cortó la llamada. El icono del WhatsApp contenía setenta y ocho mensajes. ¡Qué les den! Apagó el móvil y lo tiró al suelo encima de la alfombra. El niño seguía mamando mientras se deslizaba por el pecho un pequeño riachuelo salado que se mezclaba con la leche.

—Pero Mara, ¿Qué has estado haciendo? —dijo Ignacio desde la puerta de la habitación.

Con la parsimonia de una osa, Mara se levantó de la mecedora. Se acercó a Ignacio con el ceño fruncido y los ojos brillantes y entregó al niño a sus brazos, sin decir una sola palabra. Dio media vuelta y cerró la puerta en sus narices dando una doble vuelta de pestillo.

El gordito seguía llorando.

Publicado la semana 2. 10/01/2020
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