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Emeberis

Corriente y vulgar

Esta noche también la ha pasado en vela. Mónica ha escrito mucho, pero cuando lo lee al día siguiente lo borra. No le gusta. Se pone colorada.  En dos semanas tiene que presentar la novela al concurso y si sigue así no le va a dar tiempo a terminarla. Lleva ya más de dos años con ella. Bebe un poco de café y se ensucia el pijama. Se levanta y trata de secar la mancha, aunque ya ha traspasado al muslo. Parece una mancha de sangre reseca. Mira el reloj, en breve tendrá que arreglarse para ir a trabajar. Se estira, le duele la parte baja de la espalda y se contonea con la cadera hacia adelante. La luz del amanecer se abre paso a través de la ventana, aparta la cara. Cierra los ojos. Le duelen. Esto ya lo ha vivido otras veces.

Se da un masaje en la espalda y acaricia el terciopelo azul. ¡Cuánto le gustaba aquel vestido! Se lo ponía a menudo y su marido le reprochaba que parecía una aldeana, que debía estar presentable por si venían las visitas. Pero hacía tiempo que no aparecía nadie por Dark Berry Inn. Pasaban las semanas aletargados con la bruma de los primeros meses del año sobre las cabezas. Los gritos de los niños se oían desde cualquier parte de la casa y para Mariana cuidar de ellos a diario era agotador. El jardín era pequeño. El sol desganado de marzo apenas calentaba y obligaba a los niños a pasar demasiadas horas encerrados en una casa tan modesta. Se prometía varias veces al día que, en el futuro, su vida no sería una vida mediocre. No tendría hijos por mucho que su marido se lo pidiera. O mejor aún no tendría marido y así dos problemas resueltos en uno. Ni tampoco tendría una suegra pesada, que le traía a menudo sábanas y colchas para bordar aun sabiendo que ella ni quería ni sabía bordar. Las amontonaba al fondo en el armario de la alacena, hasta que Mrs. Allen se las volvía a llevar intactas, no sin antes sermonear a su hijo a puerta cerrada.

Mónica se retuerce hacia atrás para desentumecerse. Se recrea en su vida primigenia. A Mariana le hervían las ideas. Aquel día tenía el final de su novela en la cabeza. Y mientras su marido leía en la biblioteca a puerta cerrada, ella subió al desván, donde había ubicado su pequeño escritorio frente a la vidriera de santos y motivos vegetales que le inspiraban a perderse en otros mundos y vivir otras vidas. En otra ocasión, hubiera esperado a que su marido se fuera de viaje de negocios para dedicarse de lleno a escribir, pero últimamente los negocios de Mr. Allen se habían estancado y se quedaba en casa todo el día. Pero, ella no podía esperar más. Tenía que escribir el final si o si, por miedo a que las ideas se le escaparan de la cabeza. El roce de la pluma sobre el papel satinado le daba el placer, un gran placer, el único que había sentido en realidad. Escribió y escribió, algún mechón de pelo caía sobre el papel, respiraba, jadeaba de la emoción. Soñaba con publicar su novela, tenía la certeza de que era una buena novela. De esa clase de certeza como el río que desciende con arrojo hacia el mar. Publicaría como las Brönte o la Austen o la Shelley. Y si no tuviera más remedio que ocultarse bajo un pseudónimo, claudicaría. Los niños entraban y salían del desván gritando continuamente con espadas en lo alto montados sobre cabezas de caballo de palo. Mariana, sin embargo, no despegaba los ojos del papel. Lo tenía, tenía el final. Tachaba, corregía, releía y volvía a escribir. Y así continúo hasta que se sobresaltó por el portazo que dio el ogro de Mr. Allen al entrar por la puerta del desván. Al menos fue así como Mariana lo percibió.

—¿Qué haces aquí escondida? ¿Es que hoy no se come?

—No me he dado cuenta, se me ha pasado el tiempo volando— contestó Mariana ruborizada.

El marido ogro se fijó en papeles desordenados que se desparramaban por la mesita y caían al suelo como las hojas del Arce Real del jardín en un delicado desorden. Mariana se inclinó sobre la mesa y apoyó sus brazos sobre los folios satinados protegiéndolos.

—¿Queriendo emular a Shakespeare? Una mujer jamás escribirá nada parecido a Hamlet o el Rey Lear u Otelo, a lo sumo novelitas de esas para pasar el tiempo, para mujercitas.

El marido ogro le agarró por los brazos, pellizcándola y la apartó hacia el fondo del desván. Recogió todos los papeles de cualquier manera, doblados y arrugados.

—No vuelvas a desobedecerme, eres la señora de Dark Berry Inn, no lo olvides. Y además tengo hambre.

Se alejó dando grandes zancadas que soportaban todo su peso y emitían un ruido insolente al bajar cada escalón, como si anunciaran una condena. Los niños se rieron de su madre ahora que su padre no estaba presente y se fueron trotando como zopencos por las escaleras.

Mariana se quedó mirando de frente a la vidriera y oyó las pisadas del ratón que había salido de su escondrijo y que solía acompañarla mientras escribía. No lloró, ni pensaba hacerlo. Tampoco pediría perdón ni a su marido ni a su suegra. Frente al ventanal tenía el rostro pálido y juró que buscaría la manera de seguir contando historias. Acariciaba con mimo la parte baja de la espalda igual que Mónica lo hace ahora. Abre los ojos y el cursor sigue parpadeando con la pantalla en blanco. Silencio en su apartamento. Si acaso el piar de algún pequeño gorrión que se posa en el alféizar de la ventana. Pero no es lo mismo, no es el ratón del desván, nada es lo mismo. La escena del asesinato final es previsible, los personajes son planos. Las ideas se escaparon, se le fueron de las manos como un puñado de arena. Y ahora llora. Si. Llora. Sola en su apartamento. Sabe que, aunque le dé tiempo a terminar su novela no vale nada. Tiene la certeza, una certeza banal como que el sol sale cada mañana. Así que llora en silencio para no espantar al gorrión.

Es tarde. Apaga el ordenador y se viste sin ducharse. Pasará el día en el ayuntamiento emitiendo certificados para los ciudadanos mientras espera su nueva vida.

 

Publicado la semana 17. 25/04/2020
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Cuadro de John Everet Millais "Mariana" .1851
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