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Emeberis

Desapego

La fotografía aparece por casualidad en el fondo de la carpeta de las facturas. La estiro un poco para alisar las arrugas. Debí meterla de cualquier manera en un ataque de rabia.  Eso era antes. Ahora ya no me pasa. Puedo mirarnos tranquilamente cómo sonreímos abrazados. Ya no me duele vernos juntos. No se distinguen tus preciosos ojos verdes que parecen grises, todo se ve en blanco y negro. Como nuestra historia. Coloco la fotografía sobre la mesa cuyos bordes siguen en el aire. La aprisiono con Los Miserables de Victor Hugo, el libro más voluminoso que tengo en la balda. ¿Qué habrá sido de tu vida? ¿Cómo estarás ahora? Me gustaría oír tu voz y que me cuentes cosas, como hacías antes. Miro el móvil. ¿Por qué no? Busco tu teléfono que me sé de memoria y cuento los tonos de la llamada, mientras sonrío con picardía. Ya van seis. Llegan a nueve. Cuelgo. Espero unos minutos. Vuelvo a llamar. Otros nueve tonos. No coges. Siempre me haces lo mismo. ¿Por qué no me coges? Vuelvo a llamar un par de veces. ¡Maldita sea! Me odias es eso ¿no? Me odias. Tiro con rabia el móvil al suelo, que salta en pedazos. Doy un manotazo a Los Miserables y rompo en cachitos esa foto espantosa. Abro la ventana, cierro los ojos e inspiro. Ahora me encuentro mucho mejor.

Publicado la semana 16. 18/04/2020
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