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Emeberis

Memoria

Papá detuvo el carro con brío. Al alba, la vista de la ciudad desde la otra orilla del lago era fabulosa. «Grabad bien esta imagen en vuestras cabezotas». Eso dijo mi padre. La aguja de la catedral pinchaba el cielo encapotado y en el agua se reflejaban pinceladas de la ciudad bocabajo. Las nubes cargadas soltaban una suave llovizna que refrescaba el cargamento de frutas y verduras. Papá nos retuvo un buen rato ahí parados, a mi hermano y a mí. La vista cobraba vida, no era un paisaje sin más. Era nuestra tierra. Después continuamos el viaje hasta la feria que nos llevaría toda una jornada. Acompañábamos a papá por primera vez, decía que ya teníamos edad.  Cuando regresamos días después, con el carro vacío y el pecho inflado de orgullo, nos sorprendió una espesa columna de humo negro que emborronaba el cielo a varias leguas de distancia. La ciudad ardía en llamas, los vándalos la habían saqueado. Mamá quedó dentro, no supimos más de ella. Algunos cuerpos se encontraron, otros se perdieron en la quema. Desde entonces ha pasado toda una vida. Hoy el musgo se agarra bien a aquellas piedras derruidas, como si nada hubiera pasado. Cubre el silencio. Y en el sopor de mi lecho regreso de nuevo por el camino del lago. La silueta de la ciudad en el agua es tal y como la recuerdo, con sus esbeltas torres y sus muros voluminosos.  Ya llego madre, ya llego a casa.

 

Publicado la semana 15. 11/04/2020
Etiquetas
Paisajes de Camille Corot
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Género
Relato
Año
I
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