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Emeberis

Puntada sin hilo

La telaraña se extendía al sol enredada entre dos ramas. Era inmensa, la más grande que había tejido nunca. Los hilos se contoneaban con la brisa emitiendo un brillo iridiscente. Desde el corazón de la tela, la araña descansaba y observaba orgullosa su gran obra. Cerró los ojos y se imaginó como antaño envuelta en hilos de colores, tejiendo «El rapto de Europa». Pasado un tiempo sintió mucho peso en su cuerpo. Aracne abrió por fin los ojos. Sus patas delanteras se habían transformado y se protegía del sol con sus manos delicadas. Estaba desnuda en el jardín. Miraba con sorpresa sus brazos largos, sus piernas finas, se palpaba el vientre plano. Tambaleaba mientras daba vueltas. Sonreía. Era libre al fin. Saltaba, bailaba. Palpaba las mejillas por miedo a que fuera un sueño pasajero.  Las sábanas blancas se secaban al sol colgadas de las ramas de los árboles. Cogió una y se la dispuso de forma graciosa alrededor de su figura como si fuera una túnica de seda repleta de pliegues. Caminó con porte erguido hasta el palacio flanqueado por columnas dóricas con los pies descalzos. Subió sigilosa las escalinatas. Una anciana descansaba en el pórtico junto a su muleta de madera.

—¿Quién anda ahí? —gritó Atenea.

Aracne se detuvo frente a ella. La reconoció al momento, cómo no reconocer a su eterna rival. Movió los dedos de las manos a la altura de los ojos de la anciana.

—¿Quién anda ahí? —repitió.

Aracne observaba a la anciana desvalida con un brillo pícaro en los ojos. Le quitó con cuidado la muleta y la elevó sobre su cabeza. Retuvo la imagen que tanto había ansiado tejer; el ocaso de Atenea.

Publicado la semana 14. 03/04/2020
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Cuadro de Velázquez " Las Hilanderas o la fábula de Aracne".
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