11
Emeberis

Noventa y nueve escalones

Me despedí de mi madre enfadada y comencé a subir los peldaños del conservatorio. Mis compañeras me adelantaban corriendo, ágiles.

—¡Venga, culo gordo!

Me pesaba todo.  Las piernas, la mochila, pero sobre todo lo que más me pesaba era la falta de ánimo. Me cruzaba con estudiantes de guitarra o violín, los de cuerda estudiaban en la segunda planta, que bajaban dicharacheros con sus instrumentos al hombro. Las clases de ballet se impartían en la última planta tras noventa y nueve pesados escalones, como si antes de la clase nos viéramos obligadas a calentar los músculos. Por aquel entonces no había ascensor.

Aquella tarde me vestí rápido. Tocaba el maillot negro. La mujer de Monsieur Pierre, la pianista Blanca pasaba revista antes de ponernos a bailar. Moño alto, maillot del color permitido sin tutu, medias y zapatillas de color carne impolutas, sin calentadores ni cintas en el pelo. Y si había algo que no estuviera tal y como ella había establecido, no te dejaba entrar en clase.  Me tiraba mucho el moño y todavía me dolían los pinchazos de ganchos colocados sobre mi cabeza demasiado deprisa. Mi madre se ponía muy nerviosa los días que me tocaba ballet.

—¡Tómatelo en serio! Estira bien el cuerpo como si fueras una gacela, cuida la posición de las manos y las puntas. Elegancia, elegancia y elegancia. Para bailar en el escenario hay que trabajar muy duro. Sacrificio, sacrificio y sacrificio.

Dentro de la sala me colocaba la última de la barra para intentar pasar lo más desapercibida posible, aunque Monsieur Pierre me cambiaba siempre de sitio para que aprendiera de las bailarinas aventajadas, de ses préferèes.

—Ese brazo, la espalda recta…oh! mon dieu!, quelle horreur!, estira la pierna, con gracia, tu fais de roues de bicyclettes. C´est quoi ça? La catastrophe.

Me tocaba con la vara por todo el cuerpo para que me estirara. Me esforzaba todo lo que podía, pero no sabía qué hacía mal. Mientras me chillaba en un francés perfecto me quedaba parada, quieta como una estatua. Sus ojos azules a punto de desbordarse y las mejillas enrojecidas como si le hubieran abofeteado.

Aquella tarde, después del calentamiento me llevó al centro de la sala delante del espejo y mis compañeras se colocaron por detrás.

Comenzó a nombrar las posiciones, premiére, deuxiéme… plié. Al compás del piano comencé a realizar los diferentes pasos. A cada cambio de movimiento, golpeaba con la vara en el suelo. Me sentí extrañada y aliviada de que no me corrigiera. Battement, battement tendu. Notaba los músculos más ligeros. Prestaba atención a cada indicación. Por un momento cerré los ojos para concentrarme. Saute, vite, vite. Bailaba sola. En el centro del escenario del teatro con la luz del cañón enfocando sobre mí. Flotaba. Saltaba. El patio de butacas lleno de cabezas oscuras, presentes. Y yo saltaba y saltaba y todo giraba a mi alrededor.

Llegado el momento, Blanca dejó de tocar el piano y Monsieur Pierre dijo:

—Ça suffit.

Abrí los ojos y aturdida volví a mi reflejo en el espejo en la sala de baile y las bailarinas de negro por detrás.

—Valorad l´exercise —les dijo Monsieur Pierre.

— Saco de patatas.

— Jorobada.

—Culona.

—Desgarbada.

—Pato.

—Torpe.

Así fueron hablando una tras otra, escupiendo palabras con soberbia. Comencé a andar con el cuerpo erguido manteniendo la posición de las manos y atravesé la frontera de bailarinas elegante sin mirarlas. Me refugié en el vestuario. Cogí mis cosas sin cambiarme y bajé a trompicones los noventa y nueve escalones con un puchero de lágrimas que en el tercer piso explotó. En la entrada me esperaba mi madre apoyada en su bastón y delante del resto de madres le tiré la mochila con fuerza a la cara.

—Pero ¿qué te ha pasado? — me contestó con el cuerpo y la cara desencajada.

—Se acabó. No quiero bailar, te enteras. No es mi sueño. Si tanto quieres volver al escenario sube los noventa y nueva escalones, si puedes y demuéstralo.

Me arrepentí en ese mismo instante de cada palabra que le grité a mi madre y solo se me ocurrió escapar y echar correr por la ciudad mientras anochecía. No pararía hasta que doliera.

 

Publicado la semana 11. 13/03/2020
Etiquetas
La clase de ballet de Edgar Degas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
11
Ranking
0 36 0