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Emeberis

Ruido de Chicharras

Regina salió a la terraza del salón moviendo con gracia el abanico de plumas. Hacía mucho calor. Saludó a Ada que estaba sentada en el sofá. Detrás de ella, una preciosa vista del golfo de Nápoles. El canto estridente de las chicharras sobrepasaba la música de fondo de la fiesta como si un batallón de insectos hubiera conquistado las ramas del almendro en flor del jardín.

—¿Qué escondida estás? —preguntó Regina.

—Necesitaba un poco de aire, el champagne se me ha subido a la cabeza.

—Oliver se ha llevado una buena sorpresa.

—No se cumplen cuarenta años todos los días.

Regina se sentó. Ada tenía el cuerpo echado hacia adelante y rehuía la mirada de Regina, siempre tan impetuosa. Ya era así de niña. Ada no tenía ganas de hablar con nadie y menos con ella. Prefería aguantar la calentura sola. El pelo castaño se lo había recogido con trenzas por detrás al estilo romano como decía la invitación que había enviado Regina para la fiesta sorpresa de Oliver. Código de vestimenta: traje de romano. Ada había elegido un vestido vaporoso de chiffon de seda verde aguamarina que resaltaba su piel fina y blanca. El colorete de las mejillas y el rojo de los labios resaltaban sus ojos grises y rasgados. Su belleza exótica había llamado siempre la atención de los hombres. Regina la miraba y pensaba que no era para tanto.

—Estoy agotada, tanto preparativo.

Regina se apoltronó en la esquina del sofá recubierto de lana de oveja virgen. Su vestido marrón canela de organza le tiraba en las caderas, había echado tripa que disimulaba con las plumas de su abanico. Se había maquillado en exceso y en su cabeza llevaba una majestuosa corona de buganvilias y orquídeas.

—Oliver está radiante ¿no crees? Ha venido todo el mundo y han tenido que cerrar el hotel al público. Aquí fue donde nos liamos por primera vez.

Ada asintió con la cabeza mirando hacia el suelo. Movía las sandalias sobre la alfombra de piel de tigre, esbozando círculos casi al aire. De vez en cuando se apartaba el mechón de pelo que le caía sobre la cara.

—¿Te ha comido la lengua el gato?

—Estoy un poco mareada y cansada, nada más.

—Habla más alto que no te oigo, con este ruido de chicharras.

Se quedaron las dos un rato en silencio.

—Menos mal que Oliver viajó la semana pasada a Nueva York. Así pude ultimar todos los detalles de la fiesta. Ni se imaginaba lo que le tenía preparado —continúo Regina.

Ada seguía cabizbaja, con las manos entrelazadas por encima de muslo.

— ¿Y tú dónde estabas? No me cogías el teléfono ni contestabas a los mensajes.

—Surgió un viaje imprevisto en el Ministerio. Todo el día de reunión en reunión y no tuve tiempo para nada más.

—Ah no sé, tu secretaria me dijo que estabas de vacaciones.

—No se lo cuento todo y menos aún las misiones extraoficiales.

El olor proveniente del jarrón de jacintos sobre el arcón de madera era penetrante. Casi asfixiante. Ada suspiraba y le costaba respirar. Regina acercó su abanico de plumas con elegancia para que le llegara el aire.

—¿Te encuentras bien? ¿Otra copita, querida?

—Ya te vale —le contestó Ada desafiante mientras se pasaba la mano por detrás del cuello.

—Hace tiempo que no quedamos para charlar, como en los viejos tiempos —dijo Regina.

—Hemos perdido la costumbre.

—Andas tan liada últimamente. Chica, eres todo un enigma.

Ada captó cierto retintín en la voz de Regina como cuando de niñas le echaba algo en cara. La conocía muy bien. Ada no contestó. Los silencios constataban que no tenían mucho que decirse y el canto de las chicharras los hacía largos y molestos.

—¿Sigues viendo a Raymond?

—No, lo dejamos hace tiempo.

—¿Y no te estás viendo con nadie?

—Rollos esporádicos.

Regina arqueó la mano sobre su mejilla y se acercó al oído de Ada.

—Espero que Oliver no se entere de esto, querida. No le gusta compartir amantes.

Ada levantó la cabeza sorprendida, con el gesto muy tenso sintiéndose acorralada. Regina se echó hacia atrás y la miraba con una sonrisa incipiente mientras se abanicaba.

—Hablamos en otro momento, estoy, estoy cansada. Me voy a echar un rato a la habitación.

—Oh querida, suena ya la música. ¿No esperas a que Oliver sople las velas?

Regina se levantó y pisoteó la piel de tigre mientras se ajustaba bien el vestido al cuerpo. Se colocó de perfil frente a Ada con las manos sobre una tripa incipiente.

—¿Se me nota?

Ada se quedó con la boca abierta.

—¿Estás..?

—Si querida, estoy embarazada. Eres la primera en saberlo, entre amigas no hay secretos. Lo anunciaré en el brindis. Oliver ni se lo va a creer.

Ada, casi sin aire, se hizo un ovillo en el sofá.

—Ay querida, te daré otra primicia. Del divorcio, olvídate.

Los camareros sacaban en ese momento una inmensa tarta con cuarenta velas. Regina se dirigió hacia el centro del salón con lentitud contoneando la cola del vestido y se abanicaba a cada paso. Vista por detrás parecía Cleopatra en busca de Marco Antonio. Ada desapareció mientras los invitados cantaban el cumpleaños feliz por encima del canto estridente de las chicharras.

Publicado la semana 10. 07/03/2020
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Cuadro de Alma Tadema "Confidencia Inoportuna"
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