01
Emeberis

El Ascenso

Armand besó a Greta en la frente antes de marchar y le dijo:

—A las siete en la estación, ma petite.

Cerró la puerta con sigilo para no despertar a los vecinos. Greta se quedó sola, sentada en la cama deshecha, tapada a medias entre las sábanas. Había llegado el gran día, el día que llevaba tanto tiempo esperando. Sintió un escalofrío que comenzó en la parte baja de la espalda y se le extendió por los brazos y las piernas. Piel convertida en carne de gallina. Intentó dormir un poco. El colchón gemía como una gata en celo mientras la luz del amanecer se colaba por la única ventana del apartamento. Greta retiró al fin, las sábanas de su cuerpo. Cogió un barreño que tenía debajo de la cama, calentó agua y comenzó a lavarse lentamente con jabón de jazmín. El moño se le había deshecho y dos mechones de pelo rojo oscilaban con cada movimiento.  Se esparció la espuma por todo su cuerpo con delicadeza, haciéndose cosquillas en un cuerpo a flor de piel que guardaba el rescoldo de un incendio no extinguido. Estaba excitada. Una vez que escaparan juntos a Zúrich, su vida cambiaría. Nadie imaginaría su pasado, pasearía de la mano de Armand como si fuera su mujer, la mujer del nuevo director del Banco Central que llegaba de la oficina de Paris. El resto eran trámites, papeleos sin importancia, que ya arreglarían después, sin prisa. Repasaba la esponja sobre los pezones en punta y dejaba caer el agua templada sobre la espalda tersa y lechosa.  Y así continúo hasta que el agua se quedó fría. Se envolvió en una toalla y se secó el cuerpo con mimo. Después sacó del armario una vieja maleta que estaba llena de polvo y que le hizo estornudar. Metió los dos mejores vestidos que tenía con sus correspondientes sombreros y un par de zapatos gastados. No necesitaría nada más, en Zúrich encargaría a una modista vestidos de terciopelo y seda salvaje que hasta ahora lucía la esposa de Armand. Los jabones de jazmín los puso encima de la ropa y al cerrar la maleta se quedó con la cremallera en la mano.

—¡Y se tiene que romper justo hoy!

Así surgían las cosas, siempre en el momento más inesperado. Sacó la caja del dinero que tenía guardada bajo una de las baldosas del suelo. Todavía quedaban unos cuantos billetes de la asignación mensual que le pasaba Armand. Hoy que no quería salir del apartamento hasta la tarde, hoy que prefería pasar desapercibida.

               Recogió las sábanas que estaban por el suelo, hizo la cama y ordenó sin mucho entusiasmo el pequeño apartamento que constaba de una pequeña cocina anexa al cuarto de estar y un dormitorio principal. Movía cosas de un lugar para otro y las volvía a mover de nuevo, sin prestar atención a lo que estaba haciendo, deseando que pasara el tiempo lo antes posible para pedir un coche a la estación.

Greta se vistió con uno de los trajes de diario que colgaban del armario y se echó por encima la capa de invierno y la bufanda.

Las calles empezaban a despertar y los adoquines conservaban una pátina de escarcha por lo que Greta andaba a trompicones por medio a no caerse. ¡Que distinta sería su vida en Zúrich! Con criadas y chofer que le ayudarían con estos recados nimios.

Hacía frío y de la boca de Greta salía una bocanada de vaho a cada respiración. Los árboles de la pequeña avenida estaban pelados, un barrendero con un pitillo en la boca limpiaba la calle de pequeñas ramas y hojas. Greta pasó por su lado contoneándose y el barrendero se paró en seco, mirándola con descaro al pasar a la vez que susurraba «¡Oh mon dieu!».

Greta llegó a la tienda de curtidos de M. Emmanuel. Miró a través del escaparate. La tienda estaba vacía y entró con el sonido de una alegre campanilla. Se acercó al mostrador y en aquel momento tras la cortinilla de fieltro azul apareció un hombre de pelo canoso con cara sonriente.

—Bienhallados sean mis ojos Mme. Hubert. ¿En qué puedo ayudarle?

Greta hubiera preferido ser atendida por el ayudante de M. Emmanuel y con gesto duro y voz rotunda dijo:

—Necesito una maleta pequeña de cuero a buen precio.

—Venga por aquí, querida. ¿Es que nos abandona?

M. Emmanuel mostró tres diferentes tipos de maletas con sus múltiples bolsillos, dando todo tipo de explicaciones.

—¿Cuál es la más barata?

—No se preocupe por el precio, Mme. Hubert, le haré un importante descuento en aquella que elija.

Greta señaló al azar la primera maleta que tenía más cerca.

—¡Qué gran elección! Por ser usted se la dejo a la mitad de su precio. ¿De verdad que nos abandona? ¿Y ha valorado mi humilde proposición? Aquí siempre hay trabajo y ya sabe con el roce viene el cariño y poseo una casa confortable, en la que no le faltaría a usted de nada. ¿Me entiende?

—Métase su proposición por donde le quepa. No soy una maleta de ésas que puede comprar a su antojo. Me voy a Zúrich esta noche para realizar una prueba en el Teatro Nacional y si la prueba sale bien no creo que no volvamos a vernos.

Greta desveló un sueño, una ilusión que rumiaba cada noche pero que por el momento carecía de fundamento.

M. Emmanuel apagó su mirada brillante y su sonrisa. Entregó la maleta.

—¿Qué se le debe?

—Considérelo el regalo de un amigo. ¿Quiere que le ayude? —dijo M. Emmanuel con la voz entrecortada.

Greta desapareció sin despedirse con la maleta en la mano. Desanduvo el camino al apartamento pisando fuerte en el empedrado como queriendo aplastar las moscas que merodean alrededor de un trozo de carne.

Cerró la puerta del apartamento y se puso cómoda. Rehízo la maleta y la dejó preparada en la entrada. Después, se tiró de nuevo en la cama. No tenía ganas de hacer nada. Le costó dormir, pensando en lo pesado que se ponía M. Emmanuel y la suerte que había tenido en conocer a Armand, un alto cargo de banca que la había retirado de la calle y con el que se había estando viendo a escondidas durante los dos últimos años.

Greta despertó tras un sueño intranquilo. Se había echado la noche. Miró en el reloj de pared que justo acababan de dar las seis de la tarde. «¡Oh, mon dieu!». Armand le esperaba en menos de una hora en la Gare de Lyon. Se vistió rápidamente y colocó en la cabeza un tocado de plumas de faisán. Se miró en el espejo rajado de la entrada, se vio guapa, atractiva como de costumbre, se recompuso el moño pelirrojo y con la maleta en la mano abandonó el apartamento sin mirar atrás. Salió a la calle en busca de un coche que le llevara a la estación.

Eran las seis cuarenta y cinco cuando llegó a la Gare de Lyon. El tren esperaba ya en el andén. Buscó a Armand con la mirada. Giró su cabeza en todas las direcciones. Los pasajeros pasaban por delante e iban subiendo al tren. La niebla se estaba echando en la estación. «Armand, Armand ¿Dónde se habrá metido?». Respiraba con dificultad. A lo lejos llegaban pasajeros corriendo. Greta sonrió. Armand vendría echando el último aliento, ya no era un chaval. Pasaron varios chicos jóvenes y una mujer con un pequeño. Pero ¿Y Armand? ¿A quién podría preguntar? El tren empezaba a echar vapor de humo. «¿Viajeros al tren?, ¿viajeros al tren?». Greta paseaba hacia la izquierda y hacia la derecha con la maleta en la mano buscando el rostro de Armand. A las siete en punto, cerraron las puertas del tren que comenzaba su lento traqueteo. Greta corrió un poco como para no perderlo hasta que se quedó quieta en el andén mientras los vagones la sobrepasaban, sabiendo que lo había perdido definitivamente. Le tenía que haber pasado algo a Armand. «Merde». Al rato el Jefe de Estación se le acercó por detrás para comunicarle que iban a cerrar.

—¿Quiere que le consiga un coche? —le dijo mientras le ofrecía su pañuelo blanco impoluto.

—Si por favor —contestó Greta secándose las lágrimas.

Greta volvió a su apartamento. Antes de subir, se paró en el portal y con los ojos enrojecidos se percató que en el buzón había una carta.

«Perdóname, ma petite. Puedes quedarte en el apartamento hasta final de mes. Un nuevo cajero del banco lo ocupará a partir de diciembre. Si necesitas referencias para un trabajo, no dudes en pedírmelas. Siempre Tuyo. Armand».

A la mañana siguiente, Greta amaneció con los ojos hinchados, apenas los podía despegar. Se arregló desganada, cogió de nuevo la maleta y salió. La campanilla interrumpió la conversación de M. Emmanuel con un par de señoras que al ver a Greta callaron y sin mirarle a la cara salieron por la puerta.

—¿Y la prueba?

—Perdí el tren.

—Se marchó a Zurich con su mujer y sus hijos, ayer por la mañana. ¿Lo ha visto en el periódico?

—No.

—¿Se encuentra bien? ¿Quiere una taza de té o café?

—Si es tan amable. En realidad, venía a devolverle la maleta.

—¡Oh, quédesela para otra ocasión!

—No, cójala por favor —contestó Greta rompiendo a llorar.

M. Emmanuel cogió la maleta y tuvo que agarrarla con dos manos por el peso. Abrió mucho los ojos y sonrió.

—¡Oh querida! No se quede ahí, pase, pase adentro, está usted en su casa.

Greta siguió a M. Emmanuel tras la cortinilla de fieltro azul.

Publicado la semana 1. 03/01/2020
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