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Juan Letrastero

"Citizen Z"

"El ciudadano Z", sí. Llamémosle de esta forma. Que bien podrías ser tú, ella, aquel, o incluso si me apuras... hasta yo mismo. ¿Por qué "Z"? Te preguntarás. Pues es debido a que por "A" o por "B" están muy manoseadas, al igual que la tercera variable de turno, o sea "C". Lo lógico habría sido bautizarlo como "El ciudadano X", pero también se encontraba muy gastado. Además, suena a empate; a término medio, a neutralidad... y todo esto junto, no es otra cosa que un verlas venir tras el amparo de una barrera de escondida claridad. Sirva de plus argumental la tan usada frase de: "Paga el último". Y seguido de "Z," no va nada.

 Aquel anochecer de otoño, "El ciudadano Z" emergía del suburbano transportado con ligera inclinación ascendente, a bordo de una escalera mecánica. Acostumbrado al volante de su automóvil, eso de ir con una mano en una cinta de goma dura que le acompañaba en su ascensión, era como poco para sentirse como los objetos que manipulaba, y pasaban por las secciones ordenadas en aquella factoría, en la que desde hacía casi veinte años, hipotecaba ocho horas de su existir cotidiano, a cambio de un salario con el que ser otro más en la otra cadena, la de esta vida.

 Una vez en la superficie, se recostó en la primera estructura sólida que tuvo cerca. Era el momento para dejarse atrapar por el aislamiento reflexivo, a modo de observación sobre su radio de visión más cercano. Se ajustó con un gesto medidamente perfecto el auricular derecho a su respectivo oído. Siempre se le salía, a consecuencia de su manía de mirar de vez en cuando al suelo con una inclinada orientación a la izquierda. Hay que decir que ese intermitente gesto, respondía al hecho de verificar que su sombra seguía ahí, a esas horas gracias al alumbrado público, pero estaba.

La acera lucía una barnizada capa de humedad, tras la tormenta pasajera que minutos antes había descargado con fuerza. Entonces pulsó el minúsculo botón del "play" en su "music-opiáceo" mp-3, siempre con la memoria saturada de sinestésicas melodías. Se armonizaba su nervio con el vuelo de una mosca, el cantar de unos pájaros, y unas campanas que doblaban con medidos intervalos de fondo... "High hopes". Así empezaba el reparto de papeles.

Le llamaron la atención cuatro personajes en concreto. Por un lado una mujer, que se hallaba a medio camino, en el puente ese en el que pasaba para sus allegados de señorita a señora. Miraba con impaciencia su reloj amarillo muy a la última, con esfera exageradamente grande, y libre de números que situasen las horas en sus espacios. Con la otra mano sujetaba un paraguas que todavía goteaba.  Abierto debía ser algo así como un tablero de ajedrez. Pero, por la inquietud de sus ojos, de un lado a otro, buscando a su príncipe...  y su talón chocando una y otra vez contra el adoquín, sin que su estática postura perdiera un ápice de aparente entereza, bien pudiera no tener ningún fleco de vulnerable crudeza agrietada. ¿Sabrá que ya no existen? Ni azules, ni en color sepia. Debe ser que prefiere no acordarse de aquel estribillo que lo dejaba claro, o tal vez nunca llegó a escucharlo, o no quiso. ¿Iba a ser nuestro "Ciudadano Z" el aguafiestas? No, ciertamente. E inciertamente, menos si cabe.

Justo al otro lado, en sentido opuesto, divisaba a una anciana que estudiaba la repostería de las bandejas en el expositor de una pastelería. "El ciudadano Z" recordó aquella conversación de barra en la que su otra figura dialogante, afirmaba con cierto regusto de alquímica resolución, que la vejez era una vuelta al principio, al punto de partida; con la experiencia por bandera, pero el cuerpo gastado. Y puede que fuese su forma transgresora de mandar a paseo los consejos médicos, o de premiarse por esa escalada a la cumbre de la vida en solitario. Seguro que en la asfixiante soledad que rodeaba las estancias de su viejo piso de paredes empapeladas con figuras geométricas, y fotos enmarcadas de los que un día estuvieron y ya no están, se perdía a cada instante los pasos de reloj. Con la compañía de unos muebles que cojeaban de viejos... como ella. No paraba de pensar en el momento ese en el que su caprichosa merienda sería el eje de su "hoy respiro... mañana quién sabe".

Los otros dos personajes, pese a no estar juntos en la misma mesa de la terraza del "Zurich", bien podrían ocuparla conjuntamente, la verdad. Un intercambio equitativo de vidas propias. Al "Ciudadano Z" le resultaba paradójico ver al "triunfito financiero de turno", ostentando su posición; con el miedo, que aunque no quiera, se intuye. Pues teme que en algún despiste se denote su poco argumento como persona. Su pétreo gesto de seguridad escondía algo de fragilidad. Mientras, se alisaba con cuidado la corbata color mostaza; que seguramente le habría regalado su mujer por su recién estrenada paternidad y entrada en la cuarentena. Desconocedora, o no, de que entre corona y corona, de joyas y detalles, de coches de gama alta con los que su marido la obsequiaba, también se encontraba alguna que otra cornamenta. De esas que se llevan a casa en la maleta muchos altos ejecutivos al volver de sus viajes de negocios.

El otro no daba para mucho más. Lo tenía fácil "El ciudadano Z" para reservarle un hueco en su historieta de diez minutos. Saltaba a la vista, y sin disimulo alguno que "El tirao versión 2.0" era carne de Pedralbes jugando a ser l´enfant terrible por las calles peligrosas del centro. Pero claro, no iba a pasar de secundario. Para tener más relevancia en la trama, debería no haber usado su Visa hinchada al menor lloriqueo, concretamente  en el primer sonar de tripas.

Anticipándose a cualquier desmoronamiento que le trastocara la columna vertebral de sus imaginarios guiones... "El ciudadano Z" separó su costado  de la barandilla de la boca del metro, y se perdió entre la muchedumbre, cual fugitivo exiliado en la fantasía, que vuelve para abrazar por la cintura a la realidad en una distensión de equilibrada calidez. Mañana sería otro día, e igual que hoy, se detendría otra vez a crear vidas alrededor de sus percepciones.

Por lo tanto, no te tomes a mal si un miércoles cualquiera "El ciudadano Z" no se detiene a contestar a tu encuesta sobre la calidad del agua del grifo. Que no es que no quiera, pero todo el mundo tiene un día tonto en el que no se ve capaz de apadrinar a nadie, ni de apoyar ninguna causa... y difícilmente solidarizarse con colectivos, o rubricar un garabato para salvar a las ballenas... Hoy no, de verdad, que seguro que le apena, y le duele en el alma, pero está convencido que el mundo girará igual si no se apunta a esa campaña para compartir coche con otros usuarios con el fin de no contaminar. Que el pueblo Saharaui seguirá sometido a un injusto trato, con o sin él. Y que por mucho que le insista la chica de rojo con su cautivador tono de voz, y le cuente que tal entidad bancaria no le va a cobrar ni mantenimiento, ni tarjeta, ni comisiones por domiciliar la nómina... nada, no se creerá nada. Que vivirán igual, con o sin él, y lo saben, pero... por si acaso.

Lo dicho, que nadie se enfade, pero pondría mi mano, y el brazo entero en el fuego, a que "El ciudadano Z" está más que harto de dejarse olvidada, que no abandonada, a su sombra cada vez que se detiene a observar. Ah, cuentan por ahí que su sombra argumenta que lo de "Z" no es otra cosa que una mirada fija al frente, seguida de otra cruzada, para comprobar si sigue a su lado, escapando a otra parte.

Publicado la semana 8. 18/02/2020
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