05
Juan Letrastero

"¿Qué me cuentas?"

CUENTO- Hola.
ESCRITURA- ¿Eres quién creo?
CUENTO- Érase una vez y las que hagan falta... has acertado.
ESCRITURA- Se agradece oírte.
CUENTO- Pero seguro que el otro día te gustó más en otra voz.
ESCRITURA- Sí... a mí y al resto de orejas receptivas que prestaban atención a tu principio, cuerpo, y clausura. Por eso siempre que te escribo, me falta tiempo para ir a dejarte en la boca de la narración.
CUENTO- Por supuesto, me adapta y modula a la perfección, con ese estilo tan sutil y tan suyo.
ESCRITURA- Estoy de acuerdo. Ya me ocupo yo de colocarte en buenos labios.
CUENTO- ¡Ah!, espero que me deposites ahí en breve para seguir, que la lectura amplificada del otro día, era sólo una parte. Que no se quede en un "Cuentus-interruptus", vamos.
ESCRITURA- No padezcas, me queda poco, o nada por atar.
CUENTO- Es que me tienes aún en el ecuador del grosor del papeleo.
ESCRITURA- ¡Uf!, ahora no te sabría decir. Llevas demasiado tiempo surcando en las olas de tus hojas. Tal vez haya llegado el momento de pasar página.
CUENTO- Ni me acuerdo, la verdad. Tengo ya tantas fábulas tatuadas en mi cuerpo que... ya ves.
ESCRITURA- Bueno, si mal no recuerdo, seguías con la sencillez desnuda y bella de una Cenicienta contemporánea de protagonista principal, ¿no?
CUENTO- La misma que me escribes, sí. Esa que deja metros de ventaja a las refinadas divas del maquillaje al por mayor. La que les adelanta con su esbelta y clara silueta sin apenas despeinarse. Y que conste, que jamás presumió de esa facilidad para bailar descalza sobre los cactus. Prefiere estar sacándose pinchos de sus pies, que hacerlo con los cristales rotos de esos zapatos que se empeñan en calzarle.
ESCRITURA- Ya sé, es la amiga del alma de aquella “Blancanieves” que se despertó del coma al sentir el lengüetazo de un majestuoso y desconocido sapo. La que abandonó a sus siete pequeñeces, que no paraban de trabajar para ella. Y tan estrecho margen de descansos le causaba remordimientos.
CUENTO- Sigue... veo que me he ido al cielo ante tu memoria.
ESCRITURA- Échale un cable, que no le viene mal nunca. Eres consciente por lo que te toca que le cuesta poco quedarse en un tono blanco mate.
CUENTO- Pues, lo que me marcabas con las teclas: que acababan aliándose entre ambas. No sin antes, finiquitar a la hada madrina de turno. Le daban las gracias de manera figurada con un par de  calabazas de sonrisa mellada, y un carruaje del que tiraban cuatro tortugas, para que no las alcanzase en años. Por lo que plasmabas en mi interior, se hacían con los servicios de un tal Pulgarcito, que les regalaba a cambio de legumbres sus servicios de guía. Me cuentan que el individuo en cuestión no sabía leer los mapas, ni manejaba la brújula con soltura. Pero estaba corroborado, su efectivo método, nada ortodoxo del garbanzo discontinuo.
ESCRITURA- Mientras llegasen al enclave elegido...
CUENTO- Llegaron, algo tarde pero llegaron. Y una vez en el bosque encantado, hicieron migas con una Caperucita mochilera. Ésta les subministró toda la energía que tenía el tarro lleno de miel que le iba a regalar a su abuela. No departieron mucho, ya que el lobo amaestrado le guardaba un baile en el carnaval del valle secreto.
ESCRITURA- ... Y si mal no recuerdo, ahí me quedé sin tinta.
CUENTO- Correcto. Me puedes seguir si quieres eh.
ESCRITURA- Sigo... resulta que al acabar el tarro de miel a cucharadas feroces, y sin dejar tiempo a que el organismo asumiera tal empalago, decidieron que podían pasar la tarde asistiendo de espectadoras a un partido de fútbol que se jugaba de manera sumergida a veinte mil leguas. El viaje fue húmedo, pero lo peor se lo iban a encontrar al llegar. Al parecer los dos equipos acordaron una suspensión temporal. Existía una desigualdad numérica por parte del equipo diminutivo formado por: “Los Siete Enanitos”, y “Los Tres Cerditos”. El combinado de estrellas del equipo contrario, que eran personajes ilustres entrenados por Edgar Allan-Poe y  Hans C. Andersen, no quiso aprovecharse de esa circunstancia.
CUENTO- Faltaba un jugador para llegar a completar el once inicial ¿no?
ESCRITURA- Sí, fueron tan recelosos con “Barba Azul”, que antes de entrar al vestuario le hicieron enseñar la pata de palo por debajo de la puerta, y... se partió. Les quedaba la opción de incorporar a “El Capitán Garfio” de portero, pero la funesta tesorera del club, que era “La Lechera”, (la que llevaba las cuentas en el saco roto de la avaricia) descartó esa incorporación. Dijo que cada parada salía a balón pinchado. La operación era deficitaria a todas luces.
CUENTO- Me veo acabando mal.
ESCRITURA- Ya me encargo yo que no sea así. De verte en apuros puedo hacerte llegar una lámpara mágica y sus tres deseos. Y si no te basta con eso, le ordeno a narración que exclame un fuerte "ábrete Sésamo" en modo imperativo.
CUENTO- Pero, al final me vas a colocar la guinda de punto final ¿no?
ESCRITURA- No, esta vez no. Ni tan siquiera ese sonrojado adiós del colorín colorado.
CUENTO- Gracias.  Muchas gracias por no ponerme un fin.
ESCRITURA- No se merecen. El mérito es tuyo por ser el cuento de nunca acabar.

 

Publicado la semana 5. 29/01/2020
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