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Juan Letrastero

“312”

El día que mi impulsiva imaginación supo y entendió que no existía, dejó de mirarse hacia el interior; partiendo con la brújula averiada que guardaba desde la infancia.

No necesitaba mucho equipaje. Partía ligero de ilusiones. Únicamente dispuso del tiempo escaso que le concedió su dignidad, para cruzar el umbral de la puerta que le adentraba en el túnel. Al fondo no había ninguna luz, tal vez fuese por el hecho de que durante muchos años, le tocó a él reparar el interruptor, que iluminaba al resto de mortales el camino directo al otro lado.

Eso sí, no iba a desprenderle nadie de sus sueños. Ya había dado el brazo a torcer. Por lo tanto, nada de lo que ocurriese le importaba.

Entonces agarró sus sueños con la mano, y los hizo girar con el impulso característico que tienen los mancos; rotando sobre sus mismos talones, mientras soltaba la ruleta de su vida gritando: “A tomar viento”.

A Esteban lo conocí en la sala del hospital. Mientras me daba conversación. Yo, atendía a las historias que me narraba aquel anciano, resabiado de todo y asqueado de nada. Me contó sus peripecias en alta mar, trabajando de limpiador en la cubierta de día, y de camarero de noche. Un ir y venir sin salir de aquel transatlántico.

A las nueve de la noche, las visitas eran invitadas  a abandonar el pabellón. Los que no teníamos a nadie, deambulábamos por los pasillos, esperando esa visita que sabíamos que no llegaría. Este anciano: Esteban, me regalaba reflexiones filosóficas sobre la vida, el amor, la muerte, etcétera. Y con todas ellas, yo intentaba hacer un dialogo interno a posteriori conmigo mismo. Observaba la tez pálida de la luna cayendo sobre el horizonte marino, y me volvía con el cuerpo dolorido todavía en exceso a la cama, a esperar que la puerta se abriese y entrase la auxiliar que me traía la bandeja con el desayuno a primera hora.

Un día, Esteban no apareció a las nueve por la sala. Lo esperé cual nieto aguarda la llegada de su abuelo para sacarlo de paseo. Mientras removía el chocolate aguado de la máquina expendedora, reparé en que el tubo fluorescente del pasillo alumbraba de manera intermitente. Se iba a fundir, pensé. Me estuve distrayendo unos dos minutos con esa circunstancia, barajando si sería el tubo, o un cebador que no funcionaba correctamente. Le pegué el último trago de chocolate al vaso de plástico fino; tan fino, que lo aplastaba con mis dedos, y ese detalle... en mi estado de debilidad, decía muy poco a favor del gramaje que utilizaba el fabricante de esos vasos. Abrí el paquete de pañuelos de papel que había encargado a una auxiliar a la que le había caído en gracia el día anterior, y me limpié la comisura del labio superior. Volví a clavar la mirada en la profundidad del pasillo, y corroboré que sí… que ya se había fundido.

Durante un cuarto de hora, esperé la aparición de Esteban. Echaba en falta sus batallitas de dandi arrabalero por las calles de Marsella. De su amor fallido con una chica de clase alta llamada Eulalia, a la que aunque no lo confesase… nunca pudo olvidar, porque jamás la dejó de amar. O sus mil oficios desempeñados, siempre con el orgullo del proletario, que no aspira a más que a llenar su nevera y a cuidar que su techo no llorase al caer la noche con las tormentas primaverales.

Si ahora me encontraba así, sería porque la soledad se había anudado en mi cuello cual serpiente cascabelera; esas eran mis cábalas taciturnas.

Alcé la muñeca a la altura de los ojos, viendo en la desgastada esfera de reloj, que me entregó mi padre entre sus últimos alientos, casi las diez menos cuarto de la noche. Me levanté. Mientras avanzaba por el pasillo, notaba como el frío se empezaba a atenuar en mi torso, por lo que me abroché la sudadera con capucha y el logo de los Napalm Death que siempre llevaba cuando salía de noche por los garitos menos oxigenados de la ciudad. Ahora, lo de salir, se limitaba a hacerlo de la habitación, así de claro. Digamos que me sentía menos ridículo con la sudadera puesta y desabrochada, mientras iba pululando por el complejo hospitalario en pijama y zapatillas de Don Pantunflo. Llegado al final, golpeé con mis nudillos en la puerta de la habitación de la cual veía aparecer cada noche a las nueve a Esteban. Repetí la acción del repiqueo con un grado más alto de dureza, pero nada. Entonces agarré la maneta y empujé… pero nada, estaba cerrada. También pegué mi cara a la minúscula ventanilla que ocupaba la parte central de arriba de la puerta, pero tampoco, aquella habitación estaba a oscuras.

Regresé tras mis pasos, como lo hacen los violines con carcoma, tras ser usados sin piedad por los miembros de la sinfónica de San Petersburgo, una vez interpretada la novena sinfonía de Beethoven, a lo largo y ancho de una noche gélida,  de un no menos ebrio fin de año.

Y allí me crucé con una enfermera del turno de noche, que me frunció el ceño con una media sonrisa con cierto sabor a reprimenda, dándome a entender que estaba ya mejor con mis huesos astillados descansando en la cama. No lo dudé ni un segundo:

-Perdona.

-Dime –pronunció sin mirarme, pues estaba yendo en dirección contraria a la mía.

-¿Cómo es que el señor Esteban, el de la 312... no ha salido, ni tiene luz en su habitación?

-¿Qué? –dijo con extrañeza. –En la 312 no hay nadie desde hace tiempo.

-¿Cómo? Eso es imposible –exclamé- es la habitación de él. Lo conozco desde el primer día que ingresé, hace un par de semanas.

-Eso es imposible. Esa habitación la usamos desde hace años para guardar las batas del personal y algo de material que solemos usar, para no tener que estar acudiendo siempre al almacén. Anda, acuéstate… venga –Espetó sin dejarme opción a réplica alguna.

Al día siguiente no salí de mi habitación. Me dediqué a leer “El guardián entre el centeno” de Salinger y a escuchar de manera compulsiva el "American Caesar" de Iggy Pop. Con el fin de no darle demasiadas vueltas a lo sucedido, puesto que no atinaba a comprender nada de lo ocurrido. Sin embargo, a las nueve, me planté con mi aspecto espectral: con el pantalón holgado del pijama, que aún me hacía más delgado, y con los hombros cubiertos por mi sudadera negra. Dejé caer con cuidado mi espalda sobre la pared que hacía de respaldo en uno de esos modernos bancos de diseño, destinados a instalaciones sanitarias, o delegaciones de hacienda y similares... y aguardé. Me palpé las costillas derechas, que me ardían. De la misma forma, pensé, que hacía dos meses churrascaba yo las de un cordero en el merendero de Las Planas. 

Repetí el ritual: chocolate y miradas huidizas al reloj, que abrazaba mi muñeca cada vez con menos presión, fruto del “teje-maneje” al que se encontraba mi cuerpo y mi espíritu.

Me quité los leves restos del chocolate, más aguado e insulso a cada día que transcurría, y no pude remediar el mirar de nuevo al final del pasillo. Cuando una mujer de unos setenta años, se sentó justo enfrente. Me saludó educadamente, con un movimiento de cabeza y una sonrisa tan franca como reconfortante. Quedándose con la mirada perdida hacia el techo. Me fijé que sonreía de vez en cuando, con esa satisfacción que tienen los estudiantes que superan el examen de fin de curso tras una agónica resolución de problemas matemáticos.  

Yo, pensaba en todo y en nada. Me fijaba en el suelo pulido y brillante. Me sentía igual que él… limpio, aséptico, pero sin la chispa y la gracia que hasta hace un mes llevaba por bandera.

De repente la señora septuagenaria se levantó y vino hacia mí. Con un gesto elegante y fino, puso su mano en mi hombro y me dijo:

-Gracias… muchas gracias.

Cuando la jefa de enfermeras irrumpió en la sala

-Eulalia, ¿qué haces aquí? Venga, te acompaño a la habitación.

-Señora –exclamé con urgencia vocal.

-Dime hijo.

-¿En qué habitación está?  

-En la 312 –me dijo con una tierna expresión. –con Esteban.

           

Publicado la semana 39. 23/09/2020
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