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Juan Letrastero

Rockway street

    Una canción, solamente una más. Será la última. El gozoso viaje a otro estado.

    Empujar el émbolo sonoro. Que su organismo se impregne otra vez de melodías abrigadas con cuatro acordes bien rasgados.

    Abogó siempre por una tutoría musical sin tecnicismos ni lenguaje artificial. ¿Le comprendimos? … tal vez.

    Una trepanación de estrofas adentrándose en el cráneo. Abriéndose paso, con la liviana convicción de que las cosas que no se toman a la ligera, acaban pesando más de la cuenta.

    Iván “El Tridi” lo sabía. Aquella tarde se bajó del autobús metropolitano que conducía durante su jornada laboral, pero con una diferencia muy significativa: lo acababa de cruzar en medio de la Avinguda Paral-lel, literalmente. Y ante el estupor del pasaje, de los transeúntes, y de sus propias neuronas de colmillo puntiagudo y bocado fácil… se dirigió en dirección mar gritando: “¡Dadme una canción! ¡Llamadme tonto si queréis! ¡Pero quiero una jodida canción, me las han quitado!”

    Iván desconocía lo que era quedarse en blanco musicalmente hablando. No sabía solfeo. Ni era un músico lo suficientemente ducho en habilidades interpretativas. No pasó nunca de sus tres acordes ramonianos. Y a lo máximo que aspiró, fue a llegar al cuarto, cual Status Quo. Pero nunca le cuadraban correctamente. Así que, con las falanges sangrando… seguía rasgando su stratocaster roja y blanca de mástil oscuro, en maratonianos "play-backs" de directos memorables.

     Fue Ritchie Blackmore con sus Purple y sus Rainbow en el Budokan nipón tocando de espaldas. Michael Schenker respaldado por unos magistrales UFO en “Strangers in the night". Un Eddie “fast” Clarke de acorde corrosivo; con un viaje al amparo de Lemmy, en el que no se dormía hasta el último rincón del Hammersmith… O Johnny Ramone con las piernas abiertas y la correa aflojada al máximo en aquel fin de año del “It´s alive”. Gregg Allman con sus brothers en Fillmore. Los Young alternándose con la corriente. Mirando de reojo; sonriendo al granuja de Bon a lo largo del “If you want blood…”.Un desbocado Brian Setze, hurtando con arte el “something else” en un no menos animado Montreux. O un Hendrix a lengüetazo limpio contra las cuerdas, en una superpoblada  e hippie isla de Wight… etcétera.

    No sabía tocar. Nunca compuso una canción, pero se había doctorado en la facultad de la escucha tenaz. Moldeó canciones con tímpano de alfarero en su taller casero de megalomanía enfermiza. Robarlas y hacerlas suyas. Las tarareaba; silbaba; voceaba. En la ducha, al salir de casa, o mientras cocinaba un conejo escabechado un viernes de pascua, en un acto de heroica herejía, como lo definiría la sabiduría canalla del Quimet.

    Pero ese día… no era uno cualquiera. Era el día de Navidad. Por eso cuando Iván dejó el autobús articulado de la línea 50 ocupando dos carriles y medio por cada sentido, lo que menos le estaba viniendo a la mente era un villancico. Él ansiaba un rock and roll, una melodía de esas que esquivan obstáculos en la carrera final por aumentar el medallero de cicatrices.

     Una zurribanda de estribillos golpeando de nuevo su sinsentido. Creerse un Slash mediterráneo. Protagonizar su parte en el video clip de “Don´t cry”. Pegar una última calada chulesca a su cigarro. Sonreír, consciente de que la inquietud se está apoderando de su compañera, poniéndole el punto final a la carrera con una mueca graciosa. Embistiendo el precipicio de un volantazo.

    Ocurrió así:

    Bajaba a paso rápido. Una patrulla de la guardia urbana se colocó justo detrás, ordenándole con tono marcial y desagradable que se detuviera con las manos en la nuca. A todo esto, ya empuñaban sus pistolas. Iván, con la mirada fija al frente, los ojos llorosos de rabia acumulada, era inmune a advertencias amenazantes, así como a los olores de gamba a la plancha que salían de los pisos embutidos ya de familias, con sus respectivos regalos, ropas de gala, falsedades, mentiras, y puñales pro-espaldas untados en traiciones.

    ¿Estaba loco? ¿Le faltaba un hervor? ¿Una patata para el kilo?

    Nada de eso. Tenía pánico al silencio. Por su mente siempre andaba gateando, caminando, trotando, reptando... una canción. Una entre miles; millones; infinitas. Y ese día, un veinticinco de diciembre, el silencio le cogió por el cuello y lo asfixió.

    Ahora entenderá la vecindad que desde hace tres años, ese día nos reunamos en el bar que hay a la altura de la calle Nou de la Rambla (Antiguamente Conde de Asalto... curiosidades del destino).

    Un policía con miopía exagerada y pulso nervioso,  apuntó a la pierna... y le dio a Iván en la sien.

    Que ese día, y no otro, salgamos en procesión a la calle desde la barra con la garganta anudada. Que en lugar de un cirio; sostengamos un vaso mediano de perfil levemente ovalado y cuerpo con irregular forma cuadrada… Tres dedos de Bourbon, y un hielo.

    Que cada 25-D, crucemos a lo Abbey Road el Paralelo. (Me dice Janis que este año me toca de Paul, espero que no baje la temperatura… odio el frío en los pies).

    Que nos detengamos, formando una fila entre las dos líneas continuas que separan los dos sentidos de la avenida. Y que con un brindis enfocado hacia arriba, libemos todo el líquido de un trago, deteniendo el hielo entre los labios, con un mudo “de aquí no pasas”.

Publicado la semana 2. 10/01/2020
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