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Juan Letrastero

"POR SI LAS MOSCAS"

Fueron aquellas sombras las que se desvanecieron a la par, con una inerte voluntad. Las frases lapidarias que nos inyectaron un diluido desasosiego adulterado. Aquellas fuerzas de flaqueza que brotan sin pedir permiso, a través de los vahídos descansados del ayer.

El vértigo invertido, que se convierte en seguridad, a la hora de desfilar por las pasarelas de los espectros de silueta borrosa.

Los seres que interaccionan directamente con los huéspedes de este complejo amurallado de cipreses, saben de la crudeza del epílogo final. Nos conocen tan bien, que se juegan hasta el último de sus pliegues cilíndricos a que ningún humano puede dar cuenta del olor de las nubes, ya que salvo las aves, nadie sube al cielo, si no es con la ayuda de un motor a reacción.

Piel contra piel; así se pasean otros seres vivos por nuestro cuerpo. De esta manera interactúan entre los siseos que llevan a cabo por este epidérmico caminar. Lentos, entre los resquicios mezclados que imperan a lo largo del peregrinaje necrófilo por laderas cartilaginosas, u oasis poríferos que sirven de pozos hidratantes.

Es entonces, cuando nos damos cuenta que nos ha llegado la hora. Que no hay más bises. Y que ni tan siquiera contamos con un mísero minuto para salir a saludar a nuestros allegados. Ahí entra en escena el brillo de nuestros órganos ausentes, y se nos queda el encofrado de los huesos al desnudo... literalmente.

Dentro de esa pléyade de limpiadores hay uno muy especial: el Pepito Grillo post-morten, el cual se erige en erudición filosófica a modo de concienzuda larva. Mientras sus camaradas se afanan en sacar a la luz nuestro esqueleto... él se posa en frente ajena y reflexiona en voz alta.

Va hilvanando espontáneos pasajes de nuestras vidas, con el fin de pintar un lienzo colorido o grisáceo, dependiendo del caso. En ocasiones nos observa con un notable desdén cadavérico, desconfiando de los fantasmas engalanados en sábanas sedosas. No le agradan nada, lo ha confesado repetidamente, ya que se mueven emulando a las anémonas marinas que se bañan en la presunción de inocencia... perdida.

No... no nos echa en cara nada. Inmóvil, nos vela bajo el manto apolillado del asombro. Da cuenta de la frágil consistencia del cuerpo humano; corroborando esa laboriosa actividad devoradora de sus congéneres.

Desiste juzgarnos por alguna causa. ¿Qué más da ser ángel o demonio cuando los latidos en diferido no existen?

El tan manoseado Carpe diem no deja de ser una frase molona que se escribía en los estados de las redes sociales. Cuando sentimos que luchar contra gigantes, es también compatible con unos duelos y quebrantos resposando en el estómago, constatamos nuestros bobos principios de cabo a rabo.

Que tal día... se cumplirá un año, y así sucesivamente. Y que nadie te traerá flores, porque no se acordarán, o porque tendrán otras cosas que hacer.

No te detengas a pensar. Mientras nos consumimos, nos clava su minúscula e inocente mirada, sugiriéndonos con tono irónico: que disfrutemos de la vida, sí... nosotros, los humanos. Que ya tendremos tiempo de ser manjar de gusanos, excepto de él... ya que es vegetariano por convicción, no por moda.

Palabra de larva... te alabamos mosca.

Publicado la semana 1. 04/01/2020
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