07
Dra. Angela Ziegler

En un campamento a las afueras de Seoul

– Bueno, a ver, acá tenés tu té, Kwan. Cuidado que está caliente.

– Gracias.

Se sentó en la base del tronco, en la que se sentaba todos los años. Casi podía sentir que la forma de sus glúteos se había impreso sobre la madera, una marca eterna. Cómo le gustaba esa palabra, eterna.

– Che, profe, contanos una historia de terror.

– ¡Eu sí! Una que dé mucho miedo.

– Che chicos, una de miedo no, que después no puedo dormir.

– Dale Taeyang, no seas cagón, si después te mirás compilados de juegos de terror por YouTube.

– Uuhh, cuidado con Slenderman, uuuh buuuu.

– ¡Basta, chicos! ¡No es gracioso!

Siempre está el niño que es objeto de burla de sus compañeros. Curiosamente, esta es una rosa excepción, a pesar de las burlas todos se llevaban bastante bien. Al profesor Min ho le agradaba esto, después de todo, no tenía que preocuparse por cuidar a niños flacuchos hechos percha por los más fuertes. Una responsabilidad menos hacía que sus paseos al alba fuesen unos minutos más largos.

– Bueno, bueno, ya basta. Mirá, Taeyang, la mayoría quiere de terror, pero no te preocupes, es sólo un cuento. Voy a tratar de que no sea tan terrorífico para que puedas dormir bien, ¿te parece?

– ¡Daaaaaale profe! ¿Cuál es la gracia si no da miedo?

– ¡Contá la de la dama de blanco, profe!

– Callate la boca, Dong-yul, esa es malísima, mejor contate la de la habitación 56, con esa te cagás hasta las patas.

– Faaa, estás bardero, che. Igua alta elección amigo, bien ahí.

– Seee, de una, papá.

Dong-yul y Dong-sun. Inseparables.

– Si les parece, tengo una nueva historia que les puedo contar.

– Uh, la que se nos viene. Che, pasame la frasada, Choi, me cago de frío.

Mientras todos se terminan de acomodar, el instructor Min ho afinó sus cuerdas vocales, relajó sus músculos faciales y puso su mejor cara de seriedad absoluta. Las antiguas tradiciones no se rompen con nada.

– ¿Estamos listos? ¿Sí? Bueno, todo empe-

– Pará profe, que quiero echar un cloro.

– AH BUENO, SEUNG, DALE, LOCO.

– Joda, joda, dale contá, profe.

– Bueno, todo empezó así.

>> Las noches en Seoul son frías, aún en verano. A pesar de ser una ciudad cosmopolita, las calles se despejan por sobremanera como por las 4:46 de la mañana, una cosa así. Puede que les parezca imposible, pero créanme, miren por la ventana a esa hora, no verán un alma. ¿Será pura casualidad? No lo sé con exactitud, en parte porque a esa hora estoy durmiendo. Pero sí me contaron acerca de un tal Chin-mae, escéptico de lo sobrenatural hasta la médula, que se quedaba hasta altas horas de la noche estudiando el arte adivinatorio de las runas nórdicas. Dicen que es bastante bueno hasta en los detalles, y no cobra mucho, por si a alguno de ustedes le interesa saber de su futuro. Bueno, me estoy yendo por las ramas, la cosa es así. Chin-mae estaba una noche practicando con las runas cuando lo llaman por teléfono. Muy raro todo, porque era bien de madrugada y Chin-mae no tenía muchos amigos, menos aún amigos que usaran el teléfono para hacer llamadas. Aún así atendió, obvio, pero lo que escuchó no se pareció en nada a lo que nuestro protagonista pensó que fuera a escuchar.

"¿Hola?"

"Soy la Mano Sangrienta... Estoy a 30 cuadras de tu casa...".

>> ¿Una llamada en joda? ¿A esta hora de la noche? Chin-mae admiró un poco el aguante, pero no toleró que le tomaran el pelo, así que cortó y volvió a su tarea como si nada. Ya estaba volviendo a un estado de concentración cuando el teléfono vuelve a sonar. A pesar de la cara de culo que puso, Chin-mae contestó.

"Por favor, ¿quién llama a esta hora?"

"Soy la Mano Sangrienta... Estoy a 20 cuadras de tu casa..."

"Molestá a alguien más, dejá de joder".

>> Ya un poco enojado, Chin-mae mira la hora, mira su departamento y de algún modo llega a la conclusión de que es el momento indicado para ponerse a reordenar los muebles. Apenas logra mover las dos sillas del comedor cuando escucha que el teléfono suena otra vez. A los pisotones, va hacia el teléfono y atiende.

"Flaco, ¿podés dejar de romperme las pelotas?"

"Soy la Mano Sangrienta... Estoy a 5 cuadras de tu casa..."

"Y a mí qué me impo- bancá, ¿a 5 cuadras? Pero si pasaron menos de 5 minutos de tu último llamado, ¿cómo hiciste 15 cuadras en tan poco tiempo?"

"..."

"Bue, quién sos, Jorge Suspenso".

>> Chin-mae, frustrado y aburrido de estas llamadas, desconecta el teléfono y sigue reordenando sus muebles. Mientras, escucha a la mega estrella del K-Pop, G-Dragon.

– Faa escucha G-Dragon, es alto bobo, aguante Krystal, vieja.

– Pero callate, feo, vos sos el único que escucha a esa gila.

– Y si está re buena, amigo, vos porque tenés cada fetiche.

– ¿Qué decís? Si acá el rancio sos vos, feo.

– Salame.

– Dale, par de boludos astronómicos, ¿pueden callarse?

– Ey, chicos, no empecemos, que está buena la historia.

– Andá, chupamedias, tu mamá está buena.

– Bueno, bueno, nos vamos calmando, que ya termina la historia.

>> Lamentablemente para Chin-mae, su plan para el resto de la noche se ve interrumpido, pero no por una llamada, no. Esta vez, Chin-mae escucha sonar el timbre.

– Ah, se le vino la noche nomás.

– Shh callate man.

– Qué ortiva.

>> Sobresaltado, Chin-mae duda si contestar ese particular llamado o no. Quien quiera que fuese, sabía su teléfono y, ahora, su dirección. Podría estar a punto de ser asaltado, asesinado, o algo peor que Chin-mae no quiso imaginar. Se maldijo para adentro por no haber instalado el portero eléctrico cuando tuvo la oportunidad, ahora cuando le cuente a su madre el suceso (si es que vive para contarlo) va a escuchar su potente "te lo dije" por el resto de sus días. Largando un suspiro, Chin-mae se acerca despacio a la puerta. El ascensor que lo lleva al vestíbulo parece ir demasiado rápido para su gusto, y cuando sale de él, se esconde detrás de uno de los pilares más cercanos, intentando ver al desconocido por la puerta de vidrio, esperando que sólo sea un sueño o un delirio. Pero no ve nada, la noche se cierne sobre la calle, tragándose toda luz que pueda escaparse del edificio. Chin-mae, sabiendo que no le queda otra que acercarse, hizo de tripas corazón y se dirige hacia la puerta, llave en mano. Contó hasta tres, abrió la puerta y miró. El insulto que estuvo a punto de emitir podría haber hecho chisporrotear cualquier fuente de electricidad en un radio de varios metros.

"Qué hacés papá, escuchame, ¿tenés una curita?"

"...Mi-suk, ¿sos vos?"

"Si crack, ¿no me ves? ¿O estás peor que yo?"

"Vos me tenés que estar jodiendo, ¿me hiciste esos llamados pelotudos para avisarme que venías por una curita?"

"¿Qué llamados?"

"¿La mano sangrienta te suena?"

"Ah, este... puede ser, puede no ser, que esta noche haya sido una noche de aquellas"

"Chabón, tenés 35 años y seguís haciendo lo mismo que cuando tenías 15, si no conseguís un laburo, ¿cómo pretendés costearte las curitas? Me vas a dejar sin. Además, ¿qué te hiciste esta vez? Estás embarrado de sangre."

"Me corté con la entrada del boliche, estaba re afilada, no sé qué onda"

"Más tarado no se consigue, dale, pasá".

>> Fin.

– Profe, ¿es en serio?

Todo el campamento se giró para mirar al hablante. Suk, el más callado, ahora el primer crítico.

– ¿Qué cosa, Suk?

– El final, el cuento, todo, ¿se suponía que esto iba a dar miedo?

– Amigo, estamos todos cagados hasta las patas, ¿cómo que no te dio miedo?

– ¿Vos me estás jodiendo, Taeyang? El cuento es sobre un salame que le hace una joda a un amigo y pasa por su casa para pedirle una curita.

– Bueno, Suk, no hace falta ponerse así. Cada quién siente miedo por distintas cosas.

– El profe tiene razón, Suk. Cómo olvidar cuando te largaste a llorar por la araña más chiquitita del universo.

– ¡Pero eso es distinto! La aracnofobia es algo real, este cuento es cualquier cosa. Yo no lo puedo creer.

– Buena, dramático.

– Ulalá, señor francés.

– A ver, una historia para gente culta como él.

– Bueno, muchachos, vamos de vuelta para las carpas, que ya es bastante tarde.

– Profe, ¿podemos quedarnos un rato más despiertos adentro de las carpas?

– Sólo 15 minutos, ¿okey?

Y así, otra noche en el campamento se daba por terminada. Mientras los niños volvían a la zona del camping, el profesor Min ho se tomó su tiempo. A pesar de no haber hecho nada en particular, él consideró que su trabajo aquí estaba hecho. Se dio unas palmadas en la espalda, tal como lo haría su viejo, agarró la pava y las últimas cosas que quedaban, y emprendió la marcha.

 

Publicado la semana 7. 12/02/2020
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