05
Dra. Angela Ziegler

Prototipo de un libro de fantasía juvenil

Era una noche fresca. El rey tomó un poco más de vino, y sentía un poco de calor recorriendo su garganta y alojándose en su estómago. Era la señal para dejar de atiborrarse de comida e irse a dormir.

-No me digas que ya tenés sueño, ¡si es temprano todavía! –dijo Dalibor al ver levantarse a su padre.

-Dale, pa, quedate un rato más –le apoyó Velasco.

-Jóvenes, saben que cuando su padre se levanta de una mesa, es porque la fiesta terminó.

-Eso lo hace el rey en sus banquetes, en este momento estamos nosotros, tus hijos, y vos, nuestro padre.

-Dalibor, sabés que me encantaría quedarme con ustedes, pero mañana es el primer día del Festival del Sol Blanco, y te recuerdo que-

-Tenés un un discurso que darle a tu gente, si pa, sigue fresco en nuestra mente desde que tengo memoria –interrumpió Velasco-. Andá a descansar, y con respecto a vos, Dalibor, me pregunto cuándo vas dejar de ser un llorón.

-¿Un llorón? Pero por favor, Velasco, ¿quién no me habló por una semana cuando le gané en el concurso de tiro al blanco?

-¡Te burlaste de mí enfrente de todo el reino! ¡Incluso clavaste una flecha sobre la otra, y me sonreíste como diciendo “sos un fracasado y lo sabés”!

-¡Ya ves que soy especialmente bueno en el tiro al arco!

-¿Ah, entonces querés averiguar en lo que yo soy especialmente bueno, idiota?

-¿Querés arreglarlo ahora, eh, fracasado?

-¡Muchachos! –el rey golpeó la mesa con fuerza- Adoro su actitud de competencia, pero dejen de derrocharla ahora y guárdensela para el entrenamiento mañana, no quiero ninguna pelea entre ustedes. Ni ahora, ni nunca. ¿Está claro?

-Si, padre –contestaron al unísono.

-Así me gusta. Ahora, llamen a la criada para que limpie todo esto, y ustedes se van a dormir.

-Pero, padre…

-Dalibor, no agotes mi paciencia.

Él suspiró como respuesta.

-Buenas noches.

Ya en su cuarto, la cama con mantas hechas de pieles, las cuales fueron resultado de numerosas cazas, lo invitaba a acurrucarse en ellas. Sin ganas, se arrastró, se quitó algunas prendas y las botas, y se sumergió en su lecho.

 

El tan familiar camino de hojas lo guió por entre la espesa niebla hasta el sitio al que recurrió en pasados sueños. Era un claro en medio de un tupido bosque, y en su centro, conectada por puentes, una isla de piedra, con superficie lisa. Sobre ella, una mesa, un juego de ajedrez completo y dos sillas lo esperaban bajo la luz atenuada de una luna escondida.

El rey cruzó el puente, se sentó en su silla y pacientemente esperó. Él sabía que llegaría. Examinó por millonésima vez el juego de ajedrez enfrente suyo: como cualquier otro, estaba compuesto por las piezas clásicas, aunque siempre notó que no eran blancas y negras, sino que estaban especialmente labradas por una mano profesional. Su rey representaba un hombre de cabellos largos y dorados, llevaba colmillos que asomaban la comisura de los labios y portaba una espada a su derecha. Su contrincante, el otro rey, estaba representado por una mujer de cabellos oscuros y largos, coronada con astas de ciervo y llevaba un arco y un carcaj de flechas. Los ojos de ambas piezas tenían el mismo color, un ámbar incandescente, capaz de atibiar o fundir el alma de cualquiera. La primera vez que las vio, supo que él estaba representado en el rey de cabello rubio, y por alguna razón, el rey de su contrincante le parecía demasiado familiar…

Tanto examinó las piezas que no se percató de que su contrincante había llegado. Su misterioso oponente, ataviado enteramente de una capa verde oscuro que le llegaba a los pies y ocultaba su rostro, se acercó a la mesa para sentarse.

-Mi viejo y misterioso adversario, ¿siempre te tomás tu tiempo para llegar? –le espetó el rey.

-Debería entrenar su paciencia, monarca. De esa manera, no llegará a ningún lado –le respondió su contrincante, su voz era suave y grave, modulaba cada palabra.

-Mi impaciencia me ha dado grandes victorias, así que guardate el consejo. Necesito saber si esta noche me vas a revelar el resultado de nuestra interminable partida de ajerez.

-Eso dependerá de usted y de su paciencia.

-Cómo hinchás con la paciencia, me tenés cansado, comencemos de una vez –visiblemente irritado, se cruzó de brazos luego de mover un peón.

Con un ritmo acelerado, proporcionado a las tantas anteriores partidas, el rey y su oponente fueron avanzando en el juego, moviendo piezas, sumidos en un tenso silencio. El rey se esforzaba en mantener una cara seria y no hacer notar tanto sus emociones en el juego, mientras que del otro lado, sólo se movía la mano para mover la pieza, ni un sólo movimiento más. El tiempo parecía transcurrir muy lentamente, y a cada segundo la niebla, en un principio casi imperceptible, ahora adquiría consistencia, adentrándose en el claro del bosque.

Ya en el tablero quedaban ambos reyes, un peón del rey y un alfil y peón del adversario.

-Se ve que hoy estoy de racha, tal vez un poco impaciente –mencionó el rey a la par que, con el peón, derribaba al alfil. Con una sonrisa triunfante se reclinó hacia atrás. El peón enemigo estaba fuera de todo alcance, lo tenía acorralado-. Jaque –dijo, saboreando cada palabra, soltando una risa por lo bajo-, larga vida al rey.

Su oponente levantó la mano para hacer su último movimiento, pero dudó.

-El que ríe último, ríe mejor, ¿no es así?

-Nunca mejor dicho –respondió el rey.

-Pues bien, larga vida al rey.

Esas últimas palabras hicieron que la sonrisa del rey se borrara de su rostro. Sin poder asimilarlo siquiera, su contrincante hizo un movimiento que el rey jamás había visto, que dejó al rey sin su peón, completamente solo en el tablero.

-Jaque mate –dijo, y comenzó a reír. A la par, también se fue quitando la capucha, revelando la verdadera identidad.

A esa altura, el rey estaba a punto de entrar en pánico.

Ámbar Threshold, la hija perdida del gran clan Threshold. Pero no para el rey, después de todo, él sí sabía su paradero y procuró mantenerlo en secreto por mucho tiempo.

-No puede ser –pronunció el rey, sin aire.

-Henos aquí, Elric –alzó la cabeza para mirarlo fijamente-. He jurado venganza, y venganza es lo que obtendré –lentamente se comenzó a levantar de su silla. Sus ojos fuego brillaban. El rey dio un respingo; lo último que recordaba de ella, y que lo persiguió en pesadillas, eran sus ojos. Pero no iba a dejarse subordinar por ella.

-Estamos en un sueño, soy inmune a cualquier hechizo o maldición. No podés hacerme nada.

-Es cierto, pero tu inmunidad sólo existe en sueños. En la vida real, desaparece.

-¿Y qué me vas a hacer? ¡Estás muerta! ¡Bien merecido lo tenés por bruja y bastarda!

Al pronunciar estas palabras, los ojos de Ámbar ardieron con mayor intensidad, y su expresión adquirió más agresividad. El rey tuvo que dar un paso atrás.

-¡Voy a cobrarme la deuda, ingrato descarado! Sufrirás un eterno tormento, condenado a vagar por el mundo en busca de perdón, dejando tras de tu paso el suelo chamuscado –me señaló con el dedo, dibujando símbolos en el aire, sus ojos brillaban. Hacía más calor, mucho calor-. ¡Probarás el beso del fuego por todo tu cuerpo, tal como hiciste que yo lo probara!

Abriendo su capa, un humo negro comenzó a rodearla, y luego todo se sumió en esa negrura ceniza. El rey trató de apartarlo, de correr, pero algo lo detenía, el humo se metía en sus pulmones y lo hacía toser sin parar.

 

El rey abrió los ojos. Tosió un poco más, y mirando hacia la puerta, se dio cuenta que su habitación se estaba prendiendo fuego. Estaba envuelto en llamas. Parándose en su cama, utilizó los muebles para llegar hasta la puerta y pedir ayuda. Pisó cajones, sillones, hasta que saltó sobre una silla. Sus patas cedieron y el rey cayó al suelo. Sus ropas prendieron fuego, y en su intento por sacárselas, sintió un ardor agudo en su rostro. El dolor provocó que saliera corriendo hacia las puertas, no importaba el fuego, él no iba a morir.

Una vez fuera de su habitación, corrió a pedir ayuda. Las criadas se lo llevaron, mientras que unos hombres se encargaban del fuego. Pidió que no despertaran a sus hijos.

Las criadas comenzaron a curarlo, pero el rey, vencido por el dolor, cedió al sueño.

Publicado la semana 5. 17/02/2020
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No sé jugar al ajedrez pero, por amor al arte, pretendan que sí.
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