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Dra. Angela Ziegler

Atracción

Con cuidado, abrimos el piano.

Lo habíamos encontrado en el ático de mi nueva casa, un día de lluvia cuando no había nada que hacer. Mis compañeros y yo decidimos que (cito las palabras de mi amigo Lorenzo) "no nos íbamos a dejar vencer por el aburrimiento", entonces decidimos investigar cada rincón de la casa. Nos fijamos en las paredes, abajo de las alfombras, hasta que me acordé del ático, y aquí estamos, en una habitación con cajas vacías, trastos viejos de vaya uno a saber qué y un piano.

Ninguno de los tres sabía tocar el piano, pero Matías, mi otro amigo, había visto cómo se reparan los pianos, y lo ayudamos a abrir la tapa que nos señaló. Miramos hacia adentro. Más que nada, polvo a montones. El sistema de cuerdas del piano me habría llamado la atención de no ser porque, sorprendentemente, había algo entre las cuerdas. Entre los tres lo sacamos, y nos quedamos boquiabiertos.

Era un cuadro. Antiquísimo por cómo lucía, pero todavía se lo podía apreciar. Las líneas verdes y azules contrastaban con aquel fondo rojo y amarillo. El violeta resaltaba los ojos escondidos de la muchacha, que miraba a través de la ventana del tren. Un atardecer enceguecedor, brillante, cálido. La gente de alrededor no se comparaba con la lucidez de la chica, que parecía mirar sin ver.

Luego de unos minutos en profundo silencio, escuchamos que la lluvia se detenía. Matías y Lorenzo se alegraron, pero yo seguía con la vista en la pintura.

-Ramiro, vamos a buscar a los chicos a ver si quieren ir a jugar un partidito?- me preguntó Lorenzo, siempre queriendo jugar al fútbol.

-Vayan ustedes, yo ya los alcanzo...-dije a duras penas, mientras sostenía con fuerza el lienzo.

Ninguno de los dos puso objeción a mi respuesta. Los escuché bajar por las escaleras, el saludo de mi madre y la puerta al cerrarse.

Me levanté. Llevé el cuadro cerca de la ventana, y usando una caja rectangular, una mesita y un pirulín oxidado de entre los trastos y, no pregunten cómo, me armé una vitrina para el cuadro. Mi cuadro. Me apoyé contra la pared, y me dediqué a contemplarlo.

En mis diecisiete años de vida, en este pueblito en donde no pasaba nada y lo único interesante sucedía en el colegio, un suceso como este era fuera de lo común. Nunca había visto una pintura así, tampoco se acercaba a lo que mi madre solía hacer en su taller de pintura, tenía algo... peculiar.

Los ojos. Violeta profundo, intenso, acogedor, espeso, brillante, luminoso, y mil adjetivos más se me ocurren para describir esa calidad de ojos. Sentía el alma de aquella muchacha contemplándome, escudriñando mi interior. Me sentía desnudo.

Decidí que era mejor colgarlo en una de las paredes del ático, a la cual le da un rayo de luz todo el día, como un reflector. Entre las cosas del ático, encontré un marco dorado opaco, con grabados de ángeles y nubes.

Era precioso.

Durante semanas gasté mi tiempo libre examinando aquel cuadro. Cada detalle, cada pincelada, me lo sé de memoria. Lentamente, mis notas bajaron, mis amigos no me hablaban, no iba a la escuela, y por más que lo intentaran, mis padres no lograban que yo reaccionara. Me volvía violento cada vez que intentaban separar mi vista de los ojos del cuadro, me enfurecía. Trataron hasta que no pudieron más. En una ocasión, mi madre se desesperó tanto, que me tapó los ojos. Llevado por una fuerza que no era mía, le pegué en la cara y la tiré al piso. Agitado, la miré, pero me senté y volví mi vista al cuadro. Por lo que escuché, un médico vino a casa y regresó varios días.

Maldito cuadro.

Luego de esto, dejé de cumplir mis necesidades básicas como ser humano. Dejé de comer el desayuno, el almuerzo, la merienda, la cena. Casi no dormía, lo suficiente como para mantenerme despierto y poder actuar ante cualquiera que quisiera llevarse el cuadro de mí.

Estaba pálido, muy flaco y demacrado. El pelo se me había empezado a caer, tenía los ojos irritados y la boca y garganta secas, poco me quedaba de mi antigua vida.

Hasta que un día sucedió. Yo sentía que la muchacha me observaba. Pero no como un dibujo, sino como si estuviera viva, con una expresión que no podría ser representada en un lienzo ni por el mejor artista. Pestañó. Fascinado, me acerqué a la pintura un poco más cerca de donde estaba, y vi que sonreía ligeramente.

Estaba enamorado de aquella chica. Me había enamorado de unas pinceladas rosas y marrones, pero eran las pinceladas más hermosas que había visto en mi vida. Y eran mías.

Me acerqué un poco más, y sentí la frescura del pasto, el calor sobre mi piel, una brisa que denotaba el movimiento del tren en aquellas praderas. Me acerqué un poco más y estaba dentro del tren. Sentí al resto de la gente, durmiendo, hablando, mirando por la ventana, pero no hacían más que estorbar mi camino hacia mi doncella, eran simples personas grises. Hice un poco más de fuerza, pero estas personas no me querían dejar pasar. De nuevo me enloquecí, y di un empujón que me abrió el paso. Ahora era más fácil. Caminé hacia la muchacha. Cuando estuve a pocos metros de ella sentí su perfume a rosas, su vestido de bordados blancos, vi sus ojos. Y ahí fue cuando me percaté: yo no quería a la muchacha, yo quería los ojos.

Caí en la trampa.

Mi codicia no resistió, me estiré e intenté tomar sus ojos con mis manos. Al hacerlo, mi cuerpo se fue paralizando de a poco, desde las manos, que estaban a milímetros de los tan deseados ojos, hasta los pies. Lo último que vi, fueron sus ojos.

En ese mismo instante me volví una persona gris más. Callado, observé por la ventana que daba a mi ático cómo la vida pasaba, día tras día, hora tras hora. Mis padres jamás volvieron por mí, cómo los extraño. Extraño los partiditos con los chicos, extraño que Lorenzo me hable de fútbol mientras Matías me trataba de conseguir una novia. Había quedado a merced de una pintura, a mi codicia, a su seducción.

Quién lo hubiera dicho, que una persona quedaría tan embelesada con una pintura al punto en que lo daría todo por ella, incluso su vida.

Publicado la semana 4. 17/02/2020
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Edgar Allan Poe
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