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Dra. Angela Ziegler

¿Eh?

Últimamente me estoy dando cuenta de que puedo empatizo mucho más con los personajes de los libros que leo. Les estoy teniendo más compasión, intento con más vehemencia ponerme en sus zapatos y tratar de entender sus puntos de vista, incluso con aquellos personajes que me repugnan. Y si bien este fenómeno no es nuevo ni nada por el estilo, me doy cuenta que antes no me pasaba lo mismo. Sí, me emocionaba con las victorias y los momentos felices, pero ahora me siento más... ligado a los eventos, las emociones. Y aquellas situaciones que se asemejan o son casi las mismas por las que pasé yo, el nivel de conexión me lleva hasta las lágrimas, ¡lágrimas! ¿Será que con los años me puse más débil? No, al menos mi terapeuta me dice que llorar hace bien y eso ya está sabido, todos lloramos y nos sentimos mejor después de hacerlo. Pero esto es nuevo, sin duda. Como también es nueva mi pasión por los sahumerios, antes cuando era chico detestaba con todo mi ser el olor a sahumerio, odiaba cuando mis padres prendían uno antes de que vengan visitas a cenar, me sentía un mosquito enfrentándose a una vela con citronela. Pero ahora prendo uno todos los días, porque supuestamente ayudan con la limpieza energética de la habitación e incluso la casa entera. Yo medio que no creo en esas cosas, y en todo caso no me meto, no sea cosa de que se me pegue algún bicho demoníaco y de un julepe me termine matando. Pero los sahumerios son tranquilitos, no son un quilombo, los prendés y hacen lo suyo, también me siento muy vinculado a ellos. Mi olor favorito es el de sándalo, me relaja pero que no sabés, ya pensé que cuando me jubile cada vez que saque la reposera y el mate a la vereda me traigo un sahumerio, no pasa un solo diablo por la puerta de mi casa. Aunque, con este laburo, realmente espero llegar a jubilarme, como que uno nunca sabe lo que puede suceder mañana, o incluso a la media hora, ¿no? Como que estamos tan ocupados haciendo tantas cosas, diría que hasta somos adictos a tener que hacer tantas cosas, que no nos damos cuenta que hay otras cosas que se las tiene que disfrutar sí o sí, porque cuando te quieras dar cuenta, fuiste hermano. Por ejemplo, yo siempre quise tirarme en paracaídas, me fascina la idea de que, por el instante que dura la caída, estoy a la merced del destino, o azar, lo que sea. Pero cedí por completo el control sobre mi cuerpo y sobre mi vida, y simplemente caigo. Dejo que pase, pero antes de que la cosa pase a mayores, ¡pum! Despliego mi paracaídas, y me dedico a deleitarme con la vista, que debe ser tremenda. Me parece loco esto porque de alguna forma estamos igual de aterrorizados que de obsesionados por la muerte. Fijate vos todas las formas en las que intentamos escapar de ella, pero que lo único que hacen es acercarnos aún más. Tengo una sobrina, ya grandecita, que se puso botox o uno de esos en la cara para hacerse más pómulos y tener labios más grandes, todo para ser más joven, me dijo ella. Y si vos pensás, ese líquido es tóxico, no le hace bien al cuerpo, y cada vez que te ponés más lo intoxicás al cuerpo, ¿para qué? ¿Para no ser vieja? Y eso que los hombres también lo hacen, no lo dicen mucho pero que se operan, se operan. Y no tiene nada de malo, cada quien hace lo que quiera con su cuerpo y su plata, solo que a mí me parece una locura. Si terminaran encontrando la fuente de la juventud eterna me parece que terminaríamos perdiendo la locura, ¿no te parece? Uh, y hablando de eso, vengo con un antojo re loco pero de hace días, no te cuento. Cuestión que estoy mirando la tele y me cruzo con un canal de cocina en el que estaban haciendo una torta que era "super fácil", sólo necesitabas harina y todo eso, crema chantilly y frutillas, y terminabas haciendo como sanguchitos de miga pero dulces y con relleno de frutilla y crema. Yo no lo podía creer, le dije a mi esposa si tenía los ingredientes que hasta me dieron ganas de cocinarla. ¿Ves? Otra cosa rarísima, yo no sé cocinar, hasta prendí fuego la comida varias veces, pero esta vez quiero intentarlo de nuevo. La verdad que está rarísimo todo, le voy a preguntar a mi hijo si es por algo de los planetas, que a él le gusta y de vez en cuando me cuenta, yo no entiendo nada pero se lo ve tan contento que no me importa, se lo quiere mucho al pibe.

— ...Disculpe, no entiendo, ¿todo esto para qué? ¿Va a arrancar o no?

El tachero se sobresaltó en su asiento, y miró hacia atrás, al asiento de pasajeros. Sentado, había un muchacho de rostro agotado y grandes ojeras, quien había dejado a un lado una maqueta gigantesca de una casa, muy detallada y delicada.

— Uh, disculpame pibe, no te vi.

— Hace media hora que me subí y te dije la dirección, ¿no escuchaste?

— No, la verdad que no, estaba grabando una entrada en mi diario personal, ¿ves el grabador? —el tachero le muestra al joven una pequeña grabadora plateada — Bueno, ¿para dónde vas?

— Ciudad universitaria.

— No, disculpá, para allá no voy.

El joven sólo rezongó mientras salía del auto, haciendo equilibrio para no soltar la maqueta pesada.

— Pucha, lo que son los pibes de hoy en día. En fin, ¿dónde estaba? —el tachero se recostó sobre su asiento, no sin antes apagar la luz roja que marcaba a su taxi como libre.

Publicado la semana 27. 05/07/2020
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Fuera de joda, así son mis pensamientos: en cadena y sin orden o coherencia aparente.
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