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Dra. Angela Ziegler

Teléfono descompuesto

Me habían contado de esto hace poco tiempo atrás y la idea no dejaba de darme vueltas en la cabeza. Que me estaban jodiendo, que era en serio, que el tono de voz que emplearon revelaba lo contrario, que iba a quedar como un tonto, etcétera. Siempre me decía que no me importaba lo que dijeran después, si realmente era una broma, y que iría a comprobarlo por mi cuenta, pero al final del día me encontraba haciendo el mismo camino de siempre hacia mi hogar, como por inercia. Pero esa noche, no sería así.

Mis amigos me habían contado de un suceso extraño, peculiar, que ocurre en el Parque Centenario, a unas cuadras del departamento en el que vivía. Enfrente del Hospital Durán, y siempre de noche, al parecer se formaba una fila enfrente de un teléfono público que, por razones que nadie conoce, permitía hacer llamadas al exterior de forma gratuita. Digo "al parecer" porque una vez que ponía pie en mi morada, me desconectaba completamente del mundo, ergo, no me enteraba de nada. Le tengo mucho respeto a mi horario de belleza. Pero esto había captado mi atención, en especial porque, tal vez, me permitiría contactar con una muchacha a quien hace tiempo le debo una llamada. Los mensajes que me dejó en el contestador todavía los recuerdo, y es lo que me motivó a probar mi suerte.

Un par de horas después de haber llegado del laburo, me tomé un instante para estar presente en el momento y me di cuenta de que se sentía como una noche diferente. No sabía exactamente cómo, porque el día había transcurrido con normalidad. Aunque algo había de raro en el aire. No estaba seguro. Mientras cocinaba mi cena pensaba en lo que diría si ella contestaba el teléfono. "Perdón por no haberte llamado antes..." muy típico, tal vez, "soy el chico que te debe una Alpino", no, muy... ¿ambiguo? Me estaba preguntando si lo estaba pensando demasiado cuando sentí que se me quemaban las milanesas así que despejé mi mente de tales interrogantes y me dediqué a comer. Miré el reloj y me pareció un poco tarde, pero casi de forma automática sentí los tres golpecitos en la ventana y sonreí. Miré hacia el lugar desde donde vino el sonido y ahí lo vi, casi fundido con el cielo oscuro. Marolio, el gato de los vecinos, solía visitarme alrededor de las diez para manguear un poco de comida. Yo le convidaba, por supuesto, le recompensaba el hacerme compañía un rato, a pesar de que los vecinos me explicaron que no hacía falta, puesto que, a Marolio lo que menos le faltaba era comida. Un poquito más no le iba a hacer daño, ¿no?

— Marolio, querido, que noche espléndida que hace, ¿nocierto? —le dije al gato negro mientras abría la ventana.

Marolio solo atinó a responderme con una mirada que parecía decir dame de comer o te asesinaré, humano.

— Bueno, bueno, ya te doy, tampoco hace falta que me fulmines así.

Le dejé un pequeño plato con un poco de comida húmeda para gatos en el alféizar. Al principio le daba lo más adecuado que encontraba en la heladera, pero cuando entendí que estas visitas serían recurrentes, decidí comprar latitas de comida húmeda. No sea cosa que me fulminen también los vecinos por haberle causado un malestar estomacal a su gato.

— Marolio, escuchá, ¿viste que te conté lo del teléfono? Bueno, al final voy a ir, esta noche. Es raro, estoy nervioso y a la vez no, como que me inquieta la incertidumbre pero también me tranquiliza. Sería irónico que me atienda un contestador automático, después de todas esas veces. La extraño, y espero que me conteste. ¿Vos qué decís, tendré suerte hoy? —Marolio, concentrado en su comida, me dedicó una fugaz mirada, estoy comiendo, maleducado —. Me encanta saber que cuento con tu apoyo, Marolito.

El gato terminó de comer y se relamió los bigotes. Sentándose, se quedó mirando al frente, a la calle. La actividad se había apagado bastante hace unas horas, aunque el murmullo de los autos y las pisadas todavía resonaba, hacía eco. Miré también. Unas cuadras más adelante estaba la plaza y, con ella, el teléfono. Ella.

Sentí que algo se frotaba contra mi brazo y vi que Marolio se había acercado. Lo acaricié despacito, detrás de las orejas, el único lugar que no resulta en unas fauces abiertas cerniéndose alrededor de mis dedos. Hicimos la digestión unos minutos más, hasta que resolví moverme antes de que la motivación que sentía se disipara.

— Amigo mío, espero duermas muy bien hoy. Ya te contaré cómo me fue con mi llamada. Por las dudas te digo, rezá por mí —antes de hacer sus acrobacias para volver a su departamento, Marolio me devolvió con los ojos sí, dale, mirá cómo rezo — Ah, mirá vos che, la próxima te doy arvejas, ¿te parece? — Marolio no cambió de expresión, pero su cola no paraba de retorcerse, y tomé eso como el punto final. Cerré la ventana al tiempo que me reía. Que gato loco, ese Marolio.

Terminé de lavar los platos y me dispuse a prepararme para salir. A pesar de que la noche estaba agradable, me puse una campera liviana encima por las dudas. Llaves, monedas por si a caso, el papel con su número. Estaba dirigiéndome a la puerta cuando cambié de dirección, hacia mi teléfono. Presioné el botón para escuchar los mensajes del contestador automático. Ningún mensaje me esperaba. No esperaba uno tampoco, pero este viejo hábito, malo o bueno, no parecía estar yéndose con facilidad.

Caminé tranquilo por la vereda. Mis nervios se habían disipado, sólo pensaba que el resultado estaría por fuera de mi control. No me gustaba, temía que me doliera si ella no contestaba. Más de lo que iba a admitir. Pero no había razón por la que tuviera que hacerme la cabeza. Si atendía, bien. Y sino, también.

Me estaba acercando al hospital cuando diviso una pequeña cola de personas frente a un teléfono público. Arqueé una ceja, pucha, era verdad. Me puse detrás de la última persona y le di unos golpecitos en el hombro.

— Disculpá, ¿este es el teléfono de las llamadas gratis?

— Sí, o eso me contaron. Es la primera vez que vengo —me respondió un señor que aparentaba la misma edad que mi padre, aunque no parecía igual de amistoso.

— Yo tampoco vine antes, ¿sabés si funciona en serio?

— No, si te digo que es la primera vez que vengo.

— Ah, cierto —atiné a responder antes de que el señor se diese la vuelta, claramente dando por finalizada la conversación.

Por suerte, solo tenía enfrente a dos personas más, además del señor antipático. Duraron demasiado para mi gusto, no quería pasarme la noche en vela, esperando. Cuando por fin fue mi turno, estuve a punto de insertar las monedas cuando recordé que no las iba a necesitar. Al menos, no había escuchado el tintineo característico con las personas que llamaron antes que yo. Miré el aparato azul con detenimiento: erosionado, con unas teclas más gastadas que otras, un poco sucio. Mi mamá solía advertirnos a mis hermanos y a mí sobre meter la mano en la casillita del cambio, donde caían las monedas. Según ella, había gente que dejaba agujas con sida, aunque nunca escuché de nadie que se haya contagiado así. O es que no lo contaron jamás, no lo sé. Parecía un poco disparatado, y a pesar de que sentía curiosidad, mantuve mis manos donde pudiera verlas. Me enfoqué en el tubo, lo tomé y disqué.

— ... ... ... ... ¿Hola?

— ¡Valeria! Hola, soy Be- esperá, ¿quién habla?

— Habla el cura Faustino, ¿quién eres tú?

La voz que me recibió del otro lado del auricular era la voz de un hombre español. Claramente, no era la que esperaba encontrar. ¿Había discado mal? Sabía que la mujer a quien quería llamar se había ido lejos, pero, ¿¡a España!?

— Eh, disculpe, mi nombre es Bernardo, estoy llamando desde Argentina y creí que este era el número de una mujer llamada Valeria. ¿De casualidad la conoce?

— Sólo conozco una Valeria y tiene 86 años. Por el tono de tu voz intuyo que no es ella a quien buscas.

— No, no, la que yo conozco no es tan... mayor. En fin, supongo que marqué mal o me dieron mal el número. ¿Usted está en España ahora?

— Sí, así es. Y es muy tarde para estar hablando por teléfono —en efecto, su voz sonaba cansada, y dándole un vistazo rápido a mi reloj traté de calcular la diferencia. ¿Cuatro, cinco horas?

— Ah, perdón, no había pensado en eso. Pasa que lo estoy llamando desde un teléfono público que permite hacer llamadas internacionales gratuitas, ¿lo puede creer? Yo sigo fascinado.

— Me parece fantástico pero me gustaría volver a la cama, así que, si me permi-

— Claro, por supuesto, no pretendía seguir incordiándolo, es solo que estaba muy entusiasmado porque creí que iba a poder hablar con ella, ¿sabe? Hace mucho tiempo que tengo que hacerlo pero bueno, claramente algo salió mal.

— Lo lamento mucho, adió-

— Espere, usted dijo que es cura, ¿verdad? ¿Podría hacer una confesión rápida? Juro que no tomará más de un segundo.

Del otro lado se escuchó un suspiro gigante. El hombre a todas luces estaba harto de mí, podía sentir lo aburrido que estaba a pesar de la distancia, pero yo no podía parar. Esto parecía una buena coincidencia.

— Mire, joven, es muy tarde y este no es ni el lugar ni la forma de hacer una confesión. Ni siquiera le conozco el rostro.

— Prometo hacerlo escueto, es algo que debería haberle dicho a mi mamá hace mucho, pero no llegué a tiempo. Por favor. 

— ...Muy bien, diga lo que tenga que decir y confíe en que el Señor está escuchando.

— Mi mamá siempre se preguntaba por qué los tupper tenían agujeros, bueno, era yo. Cuando era chico, le hacía agujeritos a los tupper de mi mamá para poder atrapar abejas en ellos. Ella siempre se enojaba porque terminábamos sin tener un tupper sano, porque a mí se me ocurría arruinarlos todos a cuchillazos.

— ...¿Usted está bromeando?

— Juro por Dios que es verdad. Todavía conservo uno de ellos, en caso de cruzarme con alguna abeja.

— Bueno, la verdad que es un poco extraño lo que me cuenta, y no califica como un pecado. Quédese tranquilo.

— Uf, de la que me salvé entonces. Todos estos años pensé que estaría en problemas en el más allá, comprende. No tengo que rezar ni nada por el estilo, ¿no?

— No, no tiene que hacer nada. Ahora sí, terminado el asunto, buenas noches.

— Buenas no-

Cortó antes de que pudiera terminar la frase. Colgué el teléfono y volví a pensar en si era buena idea meter la mano en el compartimento de las monedas, en busca de unos centavos. Mejor no, esta llamada ya de por sí no me había dado lo que buscaba. Aunque, por una extraña razón, me sentía más liviano. Supuse que Dios estaba escuchando, miré al cielo pensando en que le estaba comunicando a mi mamá la verdad que le oculté todos estos años. No me hubiese sorprendido escuchar un grito estremecedor.

Me di la vuelta, pensando en que habría alguien esperando para hablar, y vi que estaba solo. Tampoco me sorprendió, dada la hora. Emprendí mi regreso a casa sin más, pensando en la infructuosa llamada. ¿En serio había marcado mal? Tal vez anoté mal el número aquella vez, y una cosa llevó a la otra. De ser así, tendría que encontrar una forma de obtener el número correcto, ¿pero cómo? Pensé que podría buscar algún familiar o amigo, pero la idea me pareció medio invasiva. Nunca conocí a nadie de su entorno, sería raro que un día me les aparezca para pedirles su número.

Seguía tratando de conjeturar un plan cuando llegué a casa, pero en cuanto me puse el pijama y me acosté, me desligué completamente. No me había dado cuenta de lo cansado que estaba, así que dejé que el sueño me acunara. Encontrar a Valeria sería tarea para mi yo del futuro.

Publicado la semana 22. 31/05/2020
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Al parecer, el teléfono existió de verdad, sino pregúntenle a mi amiga influencer. , Hay muchas referencias en este texto, puntos extra si las encontrás.
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